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La manzana de la discordia

Esta crónica fue escrita después de los sucesos del 19 de abril de 1970.

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Juan Gossaín
04 de julio de 2010 - 09:30 p. m.
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El 2 de mayo de 1946 el liberalismo ganó, pero perdió. En las urnas, con los votos obtenidos por Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán, ganó las elecciones. En la práctica, por un abismo irreconciliable que separó a los dos candidatos, perdió el poder.

Aquella noche de mayo, victoriosa la candidatura única conservadora de Mariano Ospina Pérez, Turbay se reunió con algunos pocos amigos en su residencia. Decepcionado, derrotado, frustrado, lanzó a la voracidad de las llamas de la chimenea sus más importantes documentos políticos, sus cartas más íntimas, sus mejores notas. Es uno de los momentos de mayor dramatismo de la historia contemporánea de la política colombiana.

Hoy, en aquel mismo sitio —que antes perteneció al doctor Fabio Lozano Torrijos— funciona la Embajada de México en Bogotá. El domicilio forma parte de uno de los sectores urbanos más curiosos del país: la que podría llamarse “La Manzana de la Discordia”, porque en ella —comprendida de las calles 36 a la 39, entre la Avenida Caracas y la carrera 15— se han sucedido hechos como los que se narran a continuación.

El 13 de junio

La primera vez que el doctor Laureano Gómez estuvo viviendo en aquella manzana, lo hizo exactamente al frente, calle de por medio, de donde reside desde 1961 el general Gustavo Rojas Pinilla. El 13 de junio de 1953, consumada la caída del presidente Gómez, Rojas ordenó su salida del país. De “La Manzana de la Discordia” marchó el mandatario directamente al aeropuerto de Techo.

Al regresar algunos años más tarde al país —firmados ya los acuerdos políticos de Sitges y Benidorm, y restablecida la normalidad— volvió al sector residencial de donde había partido. Allí estuvo hasta su muerte.

Algunos metros más allá de la casa de Laureano Gómez estaba la de Gilberto Alzate Avendaño. Y Alberto Lleras Camargo, en una época en la que decidió retirarse temporalmente de las actividades públicas, adquirió la parte de un edificio situado entre las calles 37 y 39 de “La Manzana de la Discordia”, en donde permaneció dedicado a las tareas intelectuales, rodeado de un vecindario que le era copartidario y amigo o adversario enconado, según el caso.

Lo cierto es que aquella zona, por rara coincidencia, se fue llenando de personajes.

Rojas llega a la manzana

Año de 1961. El general derrocado el 10 de mayo de 1957, acababa de cumplir la condena impuesta por el Senado de la República, en uno de los más sonados casos que recuerda la historia judicial colombiana. En libertad, el general Rojas Pinilla hizo saber que estaba dispuesto a radicarse en “La Manzana de la Discordia”, lo que produjo una reacción desfavorable del vecindario. Diligencias fueron y vinieron, hojas de papel sellado que pasaron de mano en mano, declarándolo persona no grata.

Pero, al fin y al cabo, algunos familiares del ex presidente Gómez no sólo se negaron a firmar los memoriales, sino que convencieron a los demás de lo absurdo que es impedirle a un ciudadano que viva donde a bien lo tenga.

Durante diez años, todo marchó normalmente. Nadie tenía una sola queja de los nuevos integrantes de la comunidad. Hicieron amigos que los visitaban o los invitaban a almorzar con ellos.

Pero, he aquí que se aparecen las elecciones de 1970, y vuelve —peor que nunca, más agria que en cualquier otro momento— la discordia de la manzana.

Cunde la alarma

Los problemas comenzaron desde 15 días antes de las elecciones del domingo pasado.

La morada del general, convertida en jefatura de debate, cuartel de propaganda y sede de reunión de sus adeptos, desquició la tranquilidad del barrio, con gritos, arengas, estrépito de automóviles y amplificadores incluso en las más altas horas de la noche.

Aunque centinelas particulares vigilaban la entrada —un amplio portalón de estilo antiguo, a cuyos pies descienden las graderías de marmolina y se alzan las columnas pseudoclásicas—, y guardas vestidos con ruanas de tres colores y viseras con la imagen del general deambulan de día y de noche por los salones interiores —adornados con monumentales cuadros de artistas desconocidos y arañas de vidrio— las discusiones a viva voz, los vítores callejeros y el excesivo entusiasmo de los anapistas alarmaron a los residentes de “La Manzana de la Discordia”.

Gran parte de ellos optaron por abstenerse de pasar frente a la casa de la familia Rojas —donde residen, además del general y su señora, sus hijos Carlos y María Eugenia y su yerno Samuel Moreno Díaz—, y hasta les prohibieron a sus hijos salir a la calle después de determinadas horas.

Pero no termina ahí, ni mucho menos, la historia de “La Manzana de la Discordia”.

El martes veintiuno, ocurridos los incidentes callejeros que dieron lugar al implantamiento de la legalidad marcial, y una vez librada orden de captura contra varios dirigentes de la Anapo, firmantes de un comunicado que el Gobierno consideró abiertamente subversivo, el Ejército se tomó en una operación relámpago las cuatro esquinas y las calles que convergen a “La Manzana de la Discordia”, con el fin de impedir la salida o el acceso de cualquier persona a la residencia del jefe anapista.

Otra vez ese sector volvía a ser noticia, no ya porque sacaran de él el cadáver de Laureano Gómez, ni porque en una de sus edificaciones quemara Gabriel Turbay sus documentos, sino porque, al sitiársele fue declarada “zona militarizada”.

“¡Al fin podemos dormir!”.

Soldados, camiones y policías custodian hoy “La Manzana de la Discordia”.

Pero, como lo dijo un vecino cuya casa está a cuatro puertas de la...

Por Juan Gossaín

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