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La profesora de robótica que les enseña a los niños del Guaviare a soñar con la paz

Desde una pequeña escuela creada en 2021 en San José del Guaviare, Angie Tatiana Muñoz convirtió la robótica en una herramienta para despertar vocaciones, abrir oportunidades y cambiarles la vida a cientos de menores de uno de los departamentos más golpeados por el conflicto armado.

Jorge Quintero*

07 de septiembre de 2026 - 03:22 p. m.
Tatiana Muñoz le tocó la pandemia en el municipio. Allí comenzaron sus clases de robótica.
Foto: Misión ONU

Cuatro niños se esconden detrás de un árbol y se apuntan con palos que simulan ser armas. Otros corren detrás de un muro y se gritan entre sí, ¡‘te maté…te maté!”. Tendrían siete u ocho años. La escena la presenció Tatiana Muñoz en el año 2020 desde la ventana de su apartamento alquilado, en sus primeras semanas en San José del Guaviare.

Un día los abordó con lo único que tenía a mano: un kit de robótica que carga a todas partes desde que era adolescente. Les pidió a los niños que trajeran botellas plásticas y cartón. Con servomotores y un sensor de proximidad, las botellas terminaron con manos y pies que se movían cuando alguien acercaba la palma. Los niños del barrio Villa Andrea, sorprendidos, preguntaron cómo esto era posible y ella les pidió que volvieran el siguiente sábado. Empezó con cuatro niños y terminaron siendo setenta y cinco.

Así nació Science Bot, la primera escuela de robótica de San José del Guaviare, un proyecto que, cinco años después, cuenta con siete profesores, impresoras 3D, una sede y alumnos que se conectan desde España y Australia. El logo lo dibujó cuando tenía doce años en un cuaderno del colegio salesiano de Usme, en el suroriente de Bogotá, mucho antes de saber dónde quedaba el Guaviare. Mucho antes, también, de que alguien, allí en Usme, le cambiara el rumbo a su vida.

El aula móvil

Durante dos años, Science Bot no tuvo sede. Fue un Renault 4 rojo cargado de computadores usados. “Al Renault le decíamos ‘la amenaza roja’, pero en realidad era un aula móvil”, cuenta. Llegaban a un barrio, descargaban mesas y sillas, daban clase y volvían a cargar. Los sábados pedían prestada la Casa de la Mujer; cuando estaba ocupada, la clase se daba afuera, en la calle. Después consiguieron un local que compartían con un proyecto de danzas y les tocaba montar y desmontar todo cada día. Así llegó a comunidades indígenas, a zonas de reincorporación y veredas alejadas a las que llegaba, incluso en helicópteros de la ONU.

Con dos millones de pesos que le prestaron sus familiares, compró en Bogotá cuatro computadores de segunda mano y tres kits de robótica. En febrero de 2022 tocó la puerta del colegio San José Obrero y creó un semillero de investigación. A finales de ese año, por fin, abrió el local.

Los niños reciben clases todos los domingos en la escuela de robótica en San José del Guaviare.
Foto: Misión ONU

La escuela trabaja hoy con varios colegios de San José, incluido el Adventista Maranatha. La profesora de preescolar, Mónica Martínez, cuenta orgullosa que desde que llegó Angie Tatiana ningún niño quiere fallar a clase, porque tiene la ilusión de la robótica. “Las clases se dictan en todos los cursos”, dice, sorprendida, al aceptar que no imaginó que esto ocurriera en el Guaviare.

Sus clases llegan a lugares sin conexión a Internet, como el resguardo indígena de Barrancón, para enseñarles astronomía a los niños del pueblo Jiw. También llegan al Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Colinas, a dos horas por trocha, donde Tatiana Muñoz propuso, con los hijos de los firmantes del Acuerdo de Paz, la creación de unos invernaderos inteligentes, y les donó unos kits de robótica con apoyo de la Misión de la ONU. En cinco años, la escuela ha formado a más de 6.000 niños entre lo presencial y lo virtual. Ninguno de esos números explica lo que pasa adentro.

Los alumnos

El primer alumno fue Juan Esteban Gómez, que llegó en 2019, a los nueve años, mucho antes de que la escuela existiera formalmente y sin tener la mínima idea de robótica. Hoy compite internacionalmente con un proyecto de un mini barco robot que navega los humedales de San José y mide los parámetros fisicoquímicos del agua de la que beben comunidades indígenas: transmite los datos a una aplicación y permite identificar cambios en la calidad del agua y posibles fuentes de contaminación. “El proyecto llegó al Ministerio de Ciencia y Tecnología y Juan Esteban lo presentó en la Feria del Libro de Bogotá este año, a través del programa Colombia Robótica”, cuenta Tatiana con orgullo. Este año lo llevará también a Perú.

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Con 16 años, Juan Esteban estudia programación en el Sena, es profesor de la escuela, consejero de juventudes y dirige el proyecto Plastic Maker, que convierte plástico reciclado en filamento para imprimir desde juguetes hasta prótesis, con el que genera ingresos propios. Con esta técnica imprimió, en 3D, la carcasa del barco bautizado Wept Life.

“El Guaviare ha estado muy estigmatizado por la violencia, pero gracias al trabajo de la escuela hemos sido campeones nacionales e internacionales de robótica. Hoy estoy seguro de que quiero dedicar mi vida a la robótica”, dice Juan Esteban mientras explica que su barco robot fue creado en equipo por niños y jóvenes del Guaviare.

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La Nasa

Zully Romero empezó a ir a la escuela a los diez años. Sus padres la llevaban cada sábado desde la vereda La Libertad, del municipio de El Retorno, a hora y media por una vía que entonces no estaba pavimentada. Sus papás son mecánicos de motos y cuando no podían llevarla, ella se venía sola, de madrugada. Tatiana la exoneró de pagar los 80.000 pesos de la mensualidad.

“Era una niña muy tímida, que uno la saludaba y se agachaba”, recuerda Tatiana, hasta que zully empezó a presentar proyectos de ciencia. Uno de ellos fue una prótesis para un perro de su comunidad que había perdido una pata, con el que llegó a una competencia en México. Después fue seleccionada, entre miles de aspirantes de toda América Latina, para el programa Ella es Astronauta de la Fundación She Is, que lleva niñas a entrenamientos en el Centro Espacial Johnson de la NASA. Allí ocupó el primer puesto. Hoy tiene 16 años y estudia mecatrónica, becada, en la Universidad Militar de Bogotá.

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Uno de los estudiantes de Tatiana construyó un barco que mide la contaminación de un humedal del que beben los indígenas.
Foto: Misión ONU

“La profesora Angie Tatiana no solo transformó mi vida, sino también la de muchos niños en Guaviare. Ella y la robótica, no solo me enseñaron de tecnología: me enseñaron a creer en mí”, dice Zully, orgullosa de haber encontrado su propósito.

Antes que ella había llegado a Houston Valeria Vega, la primera niña del Guaviare en hacerlo. Después, Anaís, de la vereda La Paz, una de las zonas más complejas de orden público del municipio de El Retorno.

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“En las oficinas de Bogotá pueden hablar de paz y de conflicto, pero no lo han vivido acá”, dice Angie Tatiana. “Yo vivía en Bogotá y también decía: el conflicto armado… Pero llegué a zonas del Guaviare donde vi jóvenes con armas en la calle como si nada. Eso es vivir en conflicto. Imagínese el entorno de esos niños”. Por eso se ha vuelto, sin buscarlo, una agente de paz de su comunidad.

Su trabajo llegó hasta el Congreso de la República, donde avanza un proyecto de ley que haría de la robótica una materia obligatoria en todos los colegios del país. Ella la construyó con el representante a la Cámara Jorge Alexánder Quevedo Herrera, el único que la escuchó, dice.

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Usme

Pero a los doce años, Tatiana Muñoz, iba camino a otro destino: “Me da vergüenza decirlo porque soy educadora, pero en esa época me estaba dejando llevar por los vicios de la calle”. Al Colegio Don Bosco de Usme llegó entonces una profesora, Yeny Barrantes, que insistió en que entrara a sus clases de robótica. ‘Usted es buena, inténtelo’, le decía, hasta que Tatiana accedió. Hoy, cuando se encuentran en competencias nacionales, Tatiana le dice sin dudarlo: ‘tú me salvaste, acá estoy gracias a ti’. “A mí la robótica me salvó la vida”, dice desde la sede de Science Bot en el barrio Bello Horizonte. Desde entonces, intenta hacer con otros niños lo que Yeny hizo con ella.

A los 18 años viajó a Argentina, a estudiar robótica en la Universidad Nacional de La Rioja y luego una licenciatura en ciencias ambientales en la Universidad Nacional de Avellaneda. Al Guaviare llegó de vacaciones. Traía cinco mudas de ropa, un computador, un dron y el kit de robótica, pero le dio COVID y se quedó sin dinero para regresar a Bogotá. Sobrevivió unos meses dando clases virtuales a cuatro estudiantes argentinos que le pagaban lo justo para cubrir los 200.000 pesos que pagaba de arriendo. Ahí, en el apartamento donde vio a los niños jugando a la guerra que empezaron a cambiar su historia.

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La seguridad

Una vez, en una vereda, Tatiana hizo la pregunta con la que abre todas sus clases. No pregunta qué quieres ser —“porque ya somos”—, sino qué te gustaría estudiar. Un niño le respondió que no pensaba en estudiar, porque sabía que no iba a poder, que quería ser militar. Otro, desde el fondo del salón, le contestó: ‘pues yo voy a ser guerrillero y te voy a matar’. Escenas como esa son las que la mantienen en pie. “Quiero que tengan otras oportunidades”, dice.

“Lo que hace Angie Tatiana demuestra es que construir paz también significa ampliar las oportunidades para los niños y jóvenes de los territorios más afectados por el conflicto. Desde la Misión hemos acompañado este esfuerzo facilitando su llegada a los ETCR y a comunidades rurales de difícil acceso, porque su iniciativa ayuda a que más niños descubran que su futuro puede construirse desde el conocimiento, la creatividad, la innovación y en la legalidad”, dice Rui Flores, jefe de la Oficina Regional de Guaviare de la Misión de la ONU.

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Angie Tatiana sabe que su trabajo ha valido la pena. Aunque en las competencias nacionales los niños de Science Bot compiten con colegios de élite, que llegan con robots metálicos de última generación, y sus chicos llegan con robots de cartón y material reciclado, han ganado varias veces. Los viajes son un sacrificio para la escuela y para los padres de los niños. El dinero para viajar sale de rifas, de aportes de 200 y 500 mil pesos de empresarios locales y de la Gobernación, que los ha apoyado en algunas ocasiones.

Muchas veces no lo logra. Recientemente le llegó una invitación para llevar a un grupo de alumnos a la NASA. El viaje está financiado, pero la visa, no. Eran 40 niños que tenían cupo y hoy quedan 20: los demás se retiraron porque no tenían el millón de pesos que cuesta el trámite. Ella sigue tocando puertas. Es que la mayoría de los niños de la escuela son de bajos recursos, cuenta, al recordar a Juan Melo Piñeros, otro estudiante de 12 años que pedalea cada sábado dos horas desde la vereda El Tigre para llegar a la escuela de robótica.

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Una herramienta de paz

Para Tatiana, la robótica no es una promesa lejana de futuro. Es una herramienta para resolver los problemas del presente: un barco que mide la contaminación de un humedal del que beben los indígenas, un invernadero inteligente para los hijos de firmantes de paz, una estación meteorológica que explica por qué se están borrando las pinturas rupestres del Guaviare — de 12.000 años de antigüedad— entre el calentamiento global y los microorganismos. “Robótica ambiental, sustentable y educativa”, dice.

En una ponencia en la sede de la ONU en Nueva York, donde fue invitada el pasado mes de marzo para contar su experiencia, Angie Tatiana definió su trabajo como una metodología para la paz. Pero quizá la mejor explicación esté en lo que ocurre cada sábado en Guaviare. Mientras muchos siguen viendo este departamento a través de las noticias sobre violencia, un niño de 12 años pedalea dos horas desde una vereda para llegar a su clase de robótica. Tal vez esa sea la verdadera medida del impacto de Science Bot: no los premios, ni las invitaciones internacionales, ni los viajes a la NASA, sino la decisión de un niño —de muchos niños— del Guaviare de imaginar un futuro distinto.

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* Oficial de comunicaciones de Misión de Verificación de la ONU en Colombia. Este texto hace parte de la alianza informativa de Colombia+20 y la Misión de Verificación de Naciones Unidas en Colombia.

Por Jorge Quintero*

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