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A finales de enero pasado, y protegidos por delegados de los gobiernos de Venezuela y Noruega, llegaron los voceros de las Farc a La Habana. Después de complejos procesos de “extracción” de las selvas y las montañas colombianas, se instalaron en la isla para iniciar, de manera formal y secreta, los diálogos que permitieron la firma del documento conocido como Acuerdo General para la Terminación del Conflicto.
Los primeros fueron Andrés París y Ricardo Téllez (Rodrigo Granda). Fueron los encargados de adelantar, por encargo de Alfonso Cano, los primeros contactos con Alejandro Éder y Jaime Avendaño. En 18 meses se encontraron tres veces: en La Horcheta y Río de Oro, en Colombia, y Barinas, en Venezuela. Allí los guerrilleros aceptaron la propuesta de los delegados del presidente Juan Manuel Santos de fijar en La Habana la sede preliminar.
No fue fácil. La desconfianza era el mayor obstáculo y las imágenes de la Operación Jaque estaban frescas en la cabeza de los guerrilleros. Pero después de consultas de lado y lado, París y Téllez confiaron en la palabra del presidente Santos, exigieron un protocolo de seguridad y firmaron documentos con delegados de los gobiernos garantes. La primera gran prueba de fuego para las partes fue superada cuando los subversivos aterrizaron en Cuba.
De inmediato, los enviados de los hermanos Castro los recibieron y les asignaron una de las casas de protocolo, un complejo de elegantes y cómodas viviendas que antes de la revolución albergaron a las familias más pudientes de la capital y que después pasaron a manos del gobierno. Con el paso del tiempo fueron adaptadas para recibir a las delegaciones internacionales que visitaban a Fidel y para sus amigos personales. Gabriel García Márquez, por ejemplo, tiene una de las casas más lujosas de la urbanización, llamada El Laguito.
El complejo consta de 120 casas. Cada una es distinta y tienen desde una, hasta seis habitaciones. Y como en cualquier hotel hay casas sencillas y otras “cinco estrellas”, con mayores lujos y piscina. Para los desplazamientos fuera del complejo, el gobierno cubano ofrece una camioneta con conductor para cada grupo. Este sistema también garantiza seguridad a los habitantes de la urbanización, ya que nadie ajeno a la lista de invitados puede entrar a ella.
Rodeadas de jardines, un lago con flamencos, garzas y patos, las casas ofrecen comodidades cinco estrellas: aire acondicionado, servidumbre las 24 horas del día, café, frutas, jugos y comida de primera.
Después de comprobar que las garantías que ofrecía el gobierno cubano eran suficientes, llegó el momento de extraer a Mauricio Jaramillo y Sandra Ramírez, a mediados de febrero. Nuevamente firmaron protocolos y los países garantes prestaron su ayuda para completar la delegación fariana e instalarla en La Habana.
Con los equipos completos, arrancó la discusión de la agenda. Como sucedió durante los diálogos con el Eln, entre 2001 y 2005, los cubanos dispusieron que las Farc ocuparan una casa y el gobierno otra. Separadas, pero cercanas, la logística garantiza que las delegaciones no estén en contacto permanente, pero que a la vez puedan desplazarse para las reuniones bilaterales. Ha sido costumbre que los encuentros se roten de casa para que guerrilleros y funcionarios se alternen la sede.
“El interés que Fidel Castro tiene en el proceso de paz de Colombia se nota en el esmero que pone para que todos estemos cómodos”, dijo en su momento un delegado que por el gobierno pasado participó en las negociaciones con el Eln. Y aunque hoy el comandante no esté presente, las condiciones siguen siendo las mismas.
Tal vez la gran diferencia en esta nueva oportunidad está, precisamente, en que ya no estará Fidel visitando las delegaciones para comprobar que están cómodas o para ayudar a distensionar un momento difícil, como sí sucedió durante los contactos con el Eln. Siempre iba de noche —cuentan quienes estuvieron— y a veces solía invitar a los delegados del gobierno a su casa de gobierno a la madrugada.
La historia
Desde 1999, cuando el presidente Andrés Pastrana declaró oficialmente abierta la negociación con el Eln, Fidel Castro ofreció sus buenos oficios para facilitar los encuentros entre las partes. Su ascendencia entre los elenos (grupo que desde su nacimiento se declaró procastrista) lo convirtió en ficha clave para desatascar varias veces las negociaciones.
A finales de 2000, cuando La Habana se convirtió en sede de las negociaciones que por desconfianza entre las partes no se pudieron desarrollar en territorio colombiano, Castro designó un equipo de funcionarios del Departamento de América Latina de la Cancillería para atender los requerimientos de los colombianos. Tres hombres de su confianza se dedicaron a contactar a los guerrilleros del Eln que utilizaban a Cuba como una de sus sedes internacionales y al embajador de Colombia en ese momento, Julio Londoño Paredes, para ajustar detalles.
En estas casas se han escrito los más importantes capítulos de las negociaciones con el Eln. Se firmaron acuerdos como el reglamento para la zona de encuentro después de casi un mes de diálogos en diciembre de 2000 y luego, en noviembre de 2001, se selló la reanudación de los contactos después de una ruptura de varios meses con el pacto de un cese de hostilidades.
Entre la guerra y la paz
Mientras las Farc disponían de 42 mil kilómetros en Caquetá y Meta para negociar con el gobierno y además movilizar sus hombres, abastecerse, descansar, resguardar secuestrados, Ramiro Vargas y Óscar Santos, miembros del Comando Central del Eln, intentaban en Cuba tener su propia “zona de encuentro”.
En abril de 2002, poco antes de que se acabara el gobierno de Andrés Pastrana, se intentó nuevamente la firma de un acuerdo, aunque no se concretó. A estas alturas, las Farc ya se estaban replegando para soportar la arremetida de lo que sería el Plan Patriota. En agosto de ese año y recién posesionado, Álvaro Uribe envió a su comisionado Luis Carlos Restrepo, quien fracasó en concretar un proceso de paz.
En 2005 se retomaron los contactos. Esa vez, con la compañía de Gabriel García Márquez y de los facilitadores de Noruega, Suiza y España, se hizo una nueva ronda de conversaciones sin éxito. Ahora son las Farc las que han hecho varios llamados para que el Eln se integre a estas conversaciones. No hay certeza de cuándo entrarán los elenos. Mientras tanto, los seis voceros farianos están repasando parte de la historia que sus colegas ya vivieron en Cuba.
Esta es la segunda vez que las Farc aceptan dialogar con delegados del Estado fuera de Colombia. Desde el fracaso de los diálogos de 1992, en Caracas y luego en Tlaxcala, el secretariado de este grupo se había empecinado en exigir conversaciones en el país. Pero la ecuación en lo militar es diferente y es evidente que las derrotas que han sufrido pusieron a las Farc a negociar ahora y en Cuba, a riesgo de quedarse sin una nueva oportunidad para hacer lo que siempre han soñado: política.