Aquel día de 1996, ella no recuerda la fecha exacta, fue el más feliz del entonces capitán de la Policía Julián Ernesto Guevara. Acompañado de su familia y bajo el paisaje que brindan las Piedras de Tunja, ese parque natural ubicado en Facatativá (Cundinamarca), un asado se constituyó en uno de los mejores días de su vida.
“Así lo quiero recordar, así de feliz como lo vi en aquella oportunidad”, señala Emperatriz Castro de Guevara, la madre del uniformado que, en un diálogo en el que fue descubriendo los escritos que él dejó -y que tan celosamente guardó hasta ahora-, reveló las intimidades de su ser querido.
La ocasión quedó grabada en la foto para el recuerdo. El capitán lucía un pantalón color café, una camisa manga larga de un tono azul oscuro combinado con naranja. A su lado derecho una cometa, al izquierdo un perro y en el centro él, posando sentado sobre una bicicleta blanca y roja hecha para niños. Ese gran momento familiar fue el último en libertad.
“Julián estaba prestando su servicio con la institución, con la Policía aquí en Bogotá, específicamente en el barrio Restrepo. Estando ahí durante un tiempo, le llegó la orden de trasladarse a Mitú, en el departamento del Vaupés”, recuerda la señora Emperatriz.
Se dirigía al infierno. Y no por las características del lugar, sino por lo que allí le aguardaba. El primero de noviembre de 1998, cerca de 1.500 guerrilleros de las Farc los atacaron, mataron a 37 policías y secuestraron a 61 más, entre ellos al capitán.
Ocho años habrían de pasar hasta que una noticia lapidaria conmovió al país. En febrero de 2006, el grupo insurgente anunció la muerte del oficial, según ellos, el 28 de enero de ese mismo año. Respecto a la suerte de sus compañeros de Mitú, esta es la hora que el coronel Luis Herlindo Mendieta Ovalle, el mayor Enrique Murillo y el sargento César Augusto Lasso (todos ascendidos recientemente), siguen aguantando en la selva. Al intendente Luis Hernando Peña Bonilla también lo dejaron morir en condición de secuestrado, el policía John Frank Pinchao se les escapó y 55 uniformados más fueron liberados en 2001.
No obstante, el 2 de julio de 2008 la verdad acerca de lo que pasó con el capitán, que fue ascendido a mayor en algún momento de su plagio, venía con el sargento John Jairo Durán Tuay, liberado durante la Operación Jaque. El suboficial, que de acuerdo con la señora Emperatriz compartió los dos últimos años de cautiverio de su hijo, relató lo acontecido. “Él comenzó a dejar de comer, no le quedaba nada de la fibra muscular sino que la piel ya le forraba los huesos. Pedimos un médico y lo que nos llegó fue una dichosa ‘enfermera’ de las Farc. Salió con las ridículas palabras de decir que mi capitán tenía paludismo sólo porque le tomó una muestra de sangre. La mejoría jamás llegó. El día 19 fue la última que lo pude ver vivo: lo bañé, le dije que si lo afeitaba y me dijo que no….charlé un rato con él. Llegó el día 20, nos encadenaron. Desafortunadamente esa madrugada de enero de 2006 jamás lo escuché…mi capitán estaba muerto”.
Según la señora Emperatriz, “para el sargento John Jairo Durán no se murió Julián Guevara, se murió su hermano. Y a él no queremos presionarlo para que nos cuente cosas, simplemente lo que espontáneamente él quiera contarnos. Para él es muy
difícil porque vio cuán grande fue el sufrimiento de Julián. Él compartió mucho con nosotros este diciembre que pasó, salvo el día 23, estuvo acompañándonos a rezar la novena”.
De todas formas, no fue lo único que el sargento trajo consigo de regreso a la libertad. “John Jairo Durán nos dijo que él sacó algunas cosas de mi hijo, pero que no sabía si allá se quedaron más”, sostiene la señora de Guevara, refiriéndose a dos cuadernos, de aproximadamente 100 hojas cada uno, que su hijo escribió durante los años de cautiverio. En ellos reposan sus anécdotas, sus clases de inglés y ruso con el ex gobernador del Meta Alan Jara, próximo a regresar a la libertad según las Farc. También lo que seducía a sus paladares, su intención de saber en qué andaba su única hija, Ana María, hoy día una joven de 16 años de edad próxima a ingresar a la universidad, posiblemente a estudiar Comunicación social. Son hojas y hojas desechas por la naturaleza en las que quedó el pensamiento de un hombre que, en medio de las circunstancias, tenía que motivar a quienes lo acompañaban en su tragedia.
“Noviembre 24 de 2000. Bueno tigre, en esta época tan dura y tan difícil para todos, quiero decirle que debe tener confianza en sí mismo y fe, esperanza y optimismo. Dentro de poco tiempo, confiando en Dios, Jesucristo y la Virgen María, estaremos todos y cada uno de nosotros en nuestras respectivas casas gozando y divirtiéndonos como locos. Pienso que esto son pruebas y designios que se nos presentan, pero debemos enfrentarlos con gallardía, con entereza y con verraquera. Y como dicen, después de la tormenta llegará la calma, después de la oscuridad llegará la luz. Dicen también que después de soportar esta prueba, pues llegará la recompensa. Seamos positivos y optimistas, no se le olvide. Capitán Julián E. Guevara Castro”, señala uno de sus escritos.
Momentos de regocijo
A pesar de la adversa situación, algunas anécdotas alimentaron el alma del Mayor. “Estos escritos tienen de todo. Un cuaderno básicamente es de inglés. De lo que aprendió con el doctor Alan Jara. Solamente en las dos últimas páginas tiene algunas de las entrevistas que él leía de revistas. En cuanto a las clases, incluso de ruso, quedó plasmado que hubo una lección que el doctor Jara le hizo repetir varias veces porque tenía muchos errores. Pero creo que iba bien, porque también aparecían las traducciones hechas por él mismo”.
Tres anécdotas llegan a la mente de la señora Emperatriz, que con alegría las evoca. “Hay escritos para la hija y para mí. Muchas anotaciones de su diario vivir, de los ejercicios que hacía, de los días que les permitían ver televisión. Pero llama la atención que hay una lista con los restaurantes que pensaba visitar, algunos hasta con la dirección. Hablaba de carnes, pescados, ensaladas, etc. Y es lógico, porque él era negado para la cocina. Era muy casero, si le tocaba arreglar el piso, lo arreglaba, si le tocaba tender las camas, las tendía. Pero en la cocina poco”.
La segunda: “Nos contó que cada 27 días les tocaba hacer el aseo porque allá todos trabajaban, inclusive el coronel Luis Mendieta (ahora brigadier general). Todos tenían que hacerle aseo a la 'casa'. Y entre paréntesis me escribía (ja ja ja)”. Y la tercera, según la señora de Guevara, es más simpática. “Mi familia me pedía que cuando le enviara mensajes le dijera que su Santafecito lindo, del que andaba siempre tan pendiente, iba a ser campeón. Pero preciso jugaba y perdía. Y para completarla, su hija Ana María le salió de Millonarios, millonaria a morir (risas)”.
El administrador
El alto oficial, quien falleció a los 43 años de edad, los 11 últimos dedicados a su carrera, manejaba una minuciosa lista de las personas que le debían dinero, de las películas que debía comprar, de los nombres de odontólogos que posiblemente le atenderían una vez regresará. “En otro cuaderno tiene los nombres de todas las personas que secuestraron en la Toma de Mitú. Quiénes estaban ahí combatiendo, hasta quiénes estaban de permiso y quiénes enfermos”.
Pero no era su única faceta. “Era muy juicioso, malgeniado, aunque estar así le duraba poco. Desde pequeñito jugaba a los policías, solía mandar y se refería a sus amigos como 'los chinos'. Siendo capitán compartía más con los bachilleres que con los de su edad, le fascinaba hablar con sus 'chinos'. A John Jairo también le decía así”.
El quinto de nueve hermanos, cinco de ellos mujeres, siempre envió mensajes de aliento a través de sus seis pruebas de supervivencia. “Los escritos, las pruebas, más que duros fueron aliviadores, ya que él nunca demostró debilidad”, sostiene su madre, al recordar que algún día se llegó a ilusionar. “En alguna ocasión me encontré en Bogotá con una señora, era la
mamá de unos muchachos secuestrados en Mitú. Me dijo, me juró, que había visto a Julián y a otros secuestrados cerca al lugar de donde se los llevaron. Según me dijo, ella estaba haciendo una vuelta en el campo cuando los vio pasar. Después de eso fuimos muchas veces con la señora María Teresa (esposa del brigadier general Luis Mendieta) a la zona de distensión. Hablamos con muchos guerrilleros, con Simón Trinidad, el que está preso en Estados Unidos, y con Iván Ríos (asesinado por sus propios compañeros). Ellos se prestaban para hablar, pero nunca hicieron nada”.
Sin embargo, ella no se rinde. “Estoy al tanto de poderme comunicar con los carceleros de las Farc, alias ‘Cesar y Gafas’. Ellos me pueden dar la ilusión, alguna pista para encontrar los restos de Julián. Aspiro a reunirme con ellos si antes no los extraditan. De pronto, con alguna pista, la Cruz Roja Internacional esté dispuesta a colaborarnos más adelante”.
Finalmente, esta mujer recuerda la manera en que su hijo percibía el secuestro, no sin antes informar que en diciembre pasado una compañía de la Policía en Ibagué fue bautizada con el nombre del oficial. “Marzo 8 de 2001. Tocayo. El destino o en suerte nos tocó afrontar esta mala situación. Lo del secuestro no será para siempre o por toda la eternidad y aunque en varias oportunidades la desesperanza nos invade, tenemos que seguir adelante con tesón y verraquera. Pronto cada uno de nosotros estaremos en casa con la gente que queremos y esto pasará como una mala experiencia. Lo importante es seguir por la senda o por el camino correcto y trazado para todos”.
Texto dedicado por el mayor a su señora madre
Este fue uno de los escritos recuperados por el sargento John Jairo Durán. En él se dirige a su señora madre:
“La rebeldía es como unas estaciones sin primavera y la rebeldía sin justicia es como una primavera en un desierto árido y desolado. La vida, la rebeldía y la justicia son tres personas en un solo ente que no admiten cambio ni separación. La vida sin libertad es un cuerpo sin alma y la libertad sin la razón, es un alma desfigurada. La vida, la libertad y la razón son tres personas en un solo ente infinito y eterno.
El amor y lo que él creo, la rebeldía y lo que ella produce, la libertad y lo que ella madura, son tres aspectos de la naturaleza de Dios y Dios es la conciencia del hombre que piensa”.