“Las palmas están tristes porque no tienen hijos”, dice con agobio Gabriel Jaramillo, director de la oficina de Asistencia Técnica Municipal de Murillo, Tolima, al mirar a lo lejos el paisaje, donde un conjunto extraordinario de palmas de cera adorna el panorama.
Desde Murillo, a 2.900 metros de altura, recorriendo 32 kilómetros por carretera destapada hasta llegar al corregimiento de El Bosque, en la zona periférica del sector de Montaña Fría, zona amortiguadora del Parque Natural de los Nevados, el horizonte es embellecido por la presencia de las espigadas plantas.
Son unas 10 mil, en una extensión de cinco mil hectáreas. La preocupación es porque no han vuelto a nacer palmas. Las que todavía viven son viejas y no han podido esparcir su semilla, debido a que su entorno se ha visto afectado por la tala de bosque y de rastrojo, ambiente donde germinan.
El problema no es de ahora. Hace 100 años, cuando llegaron los primeros colonizadores a Murillo, derribaron el monte y desprendieron la maleza. Fue en ese momento cuando la vida de las palmas de cera, el árbol símbolo de Colombia comenzó a peligrar.
Desde la misma época, cuentan habitantes de la zona, igual que en otras partes del país donde existe la palma, se han usado sus cogollos para hacer los ramos de Semana Santa, lo que ha valido diversas campañas por parte del Gobierno Nacional, la Iglesia y varias ONG, entre ellas Proaves, que han luchado por llegar a las comunidades para concientizarlas del daño que causan.
Ancestralmente se raspaba el fuste o tallo que permitía producir un combustible casero para hacer fogatas, después para hacer casas, cercos, canales y otros usos domésticos. No obstante, estas aplicaciones son buenas siempre que la palma haya cumplido su ciclo vital.
Otro punto que ha llevado a la palma a estar en esa condición es que el ganado y los caballos usan la semilla como alimento.
Para Gabriel Eduardo Echeverry, funcionario del Parque Natural de los Nevados, la pérdida de la palma de cera sería nefasta para la subsistencia del loro orejiamarillo, porque esta pequeña ave hace allí sus nidos y además es dispensador de semilla.
¿Cuál es la solución?: la comunidad de Murillo y la Administración Municipal tienen claro que aunque en el país se han liderado varias acciones para la preservación de la palma, el mejor recurso para su supervivencia es mantenerlas dentro de un cerco.
“Esto impide varias cosas: que la maleza, que es donde ella nace, sea apartada de la planta y que las semillas no sean devoradas por los animales, especialmente caballos y vacas que se acercan a comerlas”, afirma Echeverry.
Por esta razón, la Oficina de Asistencia Técnica de la Alcaldía de Murillo, acompañada por líderes de la comunidad, preparan un proyecto que presentarán al Ministerio del Medio Ambiente, a través del cual buscarán recursos para obtener los elementos que se requieren para construir los encerramientos.
Sólo se necesitan 150 mil pesos por palma y podemos comenzar con mil”, dice Gabriel Jaramillo, quien convoca a ambientalistas y Gobierno Nacional a iniciar esta campaña a lo largo de la nación.
Héctor Botero, líder de la comunidad, señala que hacer campañas para que la gente no haga ramos de Semana Santa es sólo un paso, pero no es la solución.
“El remedio está en que se reproduzcan, lo que no está sucediendo”, afirma, y reitera que lo más importante es que las palmas no se queden solas, que puedan ver crecer a sus hijos a su lado y después morir tranquilas.
A través de la ventana de su vivienda en El Bosque, único corregimiento de Murillo, Fabiola Céspedes, una habitante de la zona, ha sido testigo de cómo se ha diezmado la palma. “No la protegemos, no tanto porque no la valoremos sino porque no sabemos cuidarla”.
“No sabemos cuánto tiempo les queda a las palmas, pero sí sabemos que es urgente que procreen para que no se acabe esta riqueza natural”, indica Gabriel Jaramillo, quien cada vez repite… “las palmas están tristes, no las dejemos acabar”.
Exclusiva de los Andes colombianos
La palma de cera es una palmera de imponente belleza, extraordinaria fortaleza y legendaria longevidad. Fue escogida como Árbol Nacional de Colombia por la comisión preparatoria del III Congreso Suramericano de Botánica, celebrado en Bogotá en 1949. Posteriormente fue adoptada oficialmente como símbolo patrio por la Ley 61 de 1985. Su presencia, aunque se encuentra principalmente en Salento (Quindío), también está en los municipios de Roncesvalles y Anaime (Tolima) Nariño, Santander y la región Andina. Sólo se encuentra en lugares que sobrepasan los dos mil metros del nivel del mar y tarda 85 años en dar frutos. En 2001 se lanzó una campaña que ha ido generando cambios de actitud en las comunidades para que no utilicen esta palma en Semana Santa sino especies alternativas.