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No conocí a mi abuelo. Supe de él porque lo mencionaban en homenajes, ceremonias o misas de aniversario de su muerte. En casa siempre escuché decir que se había ido al cielo porque había peleado con personas malas. Pero cada Navidad, cuando la felicidad por los regalos del Niño Dios era lo único importante, empecé a advertir que una tristeza inexplicable se apoderaba de mi familia. Sobre todo durante la segunda novena de aguinaldos del 17 de diciembre. Aun así, en medio de un respetuoso silencio, entre lágrimas, oraciones y villancicos, supe que a mi abuelo le encantaba la Navidad.
Con el paso de los años aprendí que su trabajo era cuidarnos a través de su memoria. Cuando llegó la hora del colegio, en la voz de mis profesores fui entendiendo quién había sido Guillermo Cano Isaza. Nunca apareció en los libros que empaqué en la maleta a diario mientras pasaba de la niñez a la adolescencia, pero entendí la cruda realidad que tuvo que vivir mi familia en una época de terror, y cómo mi abuelo había muerto por defender las ideas de un periódico que nunca se cansó de advertir lo que significaba permitirle al narcotráfico que se filtrara en casi todas las actividades de Colombia.
Cuando me hice bachiller asumí que no solo las fiestas decembrinas eran nostálgicas en mi familia materna. Mi otro abuelo también estaba ausente por causas parecidas. La violencia tampoco me permitió conocerlo y solo a través de la vida entendí que murió injustamente en la misma época, defendiendo los derechos de un país asediado por el narcotráfico. En las fotos de las víctimas del Palacio de Justicia sigue apareciendo, pero pocos saben que Carlos Medellín Forero, además de magistrado de la Corte Suprema de Justicia, era educador, poeta y que su gran sueño como ser humano era ser abuelo.
No alcanzó a serlo. Su primer nieto nació cinco años después de que el Palacio de Justicia fuera arrasado por la guerrilla del M-19 y las Fuerzas Militares. A cambio de sus enseñanzas, que sí aprendí a reconocer generosamente en el Claustro Moderno, colegio que fundó y aún conserva mi familia paterna, cada noviembre se hizo obligatoria la misa en la Catedral Primada para recordar a las víctimas del holocausto. Entonces, una y otra vez crecí escuchando la voz del presidente de la Corte, el magistrado Alfonso Reyes pidiendo un cese al fuego que nunca llegó. No hay un monumento que lo recuerde. Tampoco a mi abuelo paterno.
A los 17 años decidí estudiar periodismo y entre las primeras tareas fue asomarme a los años 80 para conocer la antesala de la constitución de 1991. Entre recortes de periódicos, libros y columnas de opinión, fui asimilando el impacto que causó la violencia y la pelea, que cada quien desde su orilla, habían dado mis abuelos. Guillermo Cano Isaza con la palabra como su única opción para enfrentar al delito y Carlos Medellín Forero desde los estrados de la justicia tratando de impedir que fuera arrasado el estado de Derecho. Un destino compartido en un terrible capítulo de nuestra historia nacional.
Ya estos acontecimientos avanzan hacia su tercera década y el olvido cumple con su tarea rutinaria. El narcotráfico no ha pasado y tampoco se ha reconocido debidamente el sacrificio de aquellos que fueron pioneros en combatirlo. Llegó un 6 de noviembre más y al margen de la misa, se volvió a reeditar la eterna pelea por lo que sucedió en el Palacio de Justicia. Parece como si 28 años después no hubiera terminado esa batalla. Y ahora llega el 17 de diciembre y el nombre de Guillermo Cano reaparece para recodar a un periodista que dio ejemplo pero que la sociedad por la que murió no ha terminado de entender.
Tristeza y desaliento resumen estas horas de recuerdos. Pero también, como supieron defenderlo mis abuelas Ana María y Susana, la herencia y responsabilidad de conservar el legado y reeditar el valor. La mía es la generación de quienes nacimos en pleno narcoterrorismo de Pablo Escobar, con el paramilitarismo mostrando sus garras y la guerrilla ensañada con el secuestro. La misma que creció mientras una nueva constitución tomaba forma. Una generación que se merece la paz, pero que debe bregar por ella, y ese reto incluye un ejercicio constante de memoria para reivindicar a aquellos que dieron su vida por la justicia y la verdad.
Entre ellos, Guillermo Cano y Carlos Medellín. El primero que, a pesar de los apremios, hasta el día de su muerte tuvo claro, y así lo escribió en su último editorial, que el talante colombiano “será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta y más próspera”. Y el segundo, con suficiente sensibilidad para escribir: “Deberíamos partir cada noche al futuro y negárselo todo a la memoria. Deberíamos partir por sobre las imágenes, como el tiempo camina en nuestra sombra: tendríamos al fin un corazón mecánico o con llaves perdidas. Deberíamos partir con los rostros que alguna vez amamos”.