Las amenazas de la mafia, al menos en Colombia, se pagan con sangre. Y fue por esa sentencia no escrita que apenas llegó el correo electrónico firmado por las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (Agc) en el que lo declaraban como objetivo militar, Juan García salió disparado de su cabaña en la costa de Urabá horas antes de que el grupo de sicarios llegara a rematarlo y se encontrara sólo con sus escoltas.
Esta vez tuvo suerte el ex asesor político de Carlos Castaño y luego de Freddy Rendón Herrera, alias El Alemán, en el proceso de paz de Justicia y Paz del bloque Élmer Cárdenas (Bec). Ya no lo quieren en esta zona por sus constantes denuncias sobre el abandono en que están los desmovilizados paramilitares por parte del Gobierno y la poca seguridad que existe en la región para atajar el floreciente negocio del narcotráfico. “He pisado muchos callos”, reflexiona Juan desde un lugar más seguro en Colombia.
“Nos prometieron una base antinarcóticos, un batallón de alta montaña y puestos de la Policía y no han cumplido”, dice García para explicar la zozobra en que están ahora los proyectos de caucho y pimienta de los ex paramilitares. “Hace unos meses llegó la gente de Don Mario y se llevó de los proyectos a más de 150 hombres”, reclama.
Con otras caras, pero con el mismo temor, este tipo de testimonios se repiten con insistencia en todo el recorrido que hizo El Espectador en la zona del Darién. Parece descabellado, pero aquí hay personas que hablan en voz baja del caos y del temor reinantes. Uno de estos personajes es una autoridad local de un pueblo costero que está sentado en su oficina, y revela: “Los urbanos vestidos de civil controlan todo lo que ocurre aquí, sin importar que el Ejército o la Policía haga presencia”.
Arriba, en la serranía boscosa de la frontera, también ejercen su influencia los hombres de Don Mario. Nos encontramos con sus anillos de seguridad, pelotones de 40 hombres repartidos estratégicamente que pasan por esos caseríos de gente muda. Se mueven rápido por toda la selva como para no perder el ritmo y no dejar estela en un territorio marcado por la guerra en las últimas décadas.
Hasta hace dos años esta comarca de selvas y pantanos era dominio de su hermano menor, El Alemán, quien en 10 años expulsó a las partes altas de la cordillera al frente 57 de las Farc y provocó el desplazamiento de miles de personas. Ahora, desde finales del año pasado, pasaron a manos de Daniel Rendón, quien encontró en el Darién un vacío de poder y el mejor sitio para instalar los cuarteles de su organización.
Según el testimonio de algunos lugareños que prefieren el anonimato a la hora de hablar, Don Mario utiliza la estructura militar y política que el Bec dejó en los pueblos y veredas, por lo que la gente no sintió la ausencia y actuó como si nada hubiera cambiado. Además, con los incentivos económicos que ofrecen los gaitanistas, el mejor sueldo de la guerra (desde 700.000 hasta 10 millones de pesos mensuales), el nuevo bloque —con gente venida de todo el país— impone tanto la ventaja militar por sus nuevos AK-47 como el temor por sus acciones violentas y muertes selectivas.
También conocido con el alias de El Paisano, Daniel Rendón se mueve por allí a través de un corredor que va desde Antioquia por el sur, hasta la frontera con Panamá en el norte. Aunque en todo ese pasillo tiene más de 400 hombres bien armados y repartidos estratégicamente, él convive con una pequeña comitiva de cuatro escoltas que lo arropan siempre, incluso cuando anda por los lados de Antioquia y Córdoba, sus áreas más familiares.
En sus campamentos hay varios anillos de seguridad, casi sin comunicación entre ellos para que no cunda el rumor de su paradero. Allí tiene una señora que le cocina con los sabores del campo, los mismos de la casa de sus padres en su natal Amalfi, donde conoció a los hermanos Castaño Gil.
Pasa las noches en alguna casa campesina de adobe o en un campamento móvil debajo de los árboles, o en las quebradas más profundas. Cuenta una fuente cercana a su pasado, que él se ríe de su precaria situación al decir que no necesita más riquezas, pues sus mujeres e hijos gastan lo suficiente como para incurrir en más desembolsos. Sin embargo, desde sus tiempos como ilustre ganadero, Rendón todavía conserva algunos caprichos como los relojes caros y la atención médica constante por el miedo a las picaduras de un mosquito.
Nadie más tiene contacto con el hombre. Sus escoltas de confianza son los que manejan las órdenes que bajan a la tropa y se demoran un tiempo en llegar a su destino, lo que hace que sus mandos medios sean díscolos y ejecuten acciones sin previo aviso. El Espectador pudo comprobarlo en varios pueblos del Urabá chocoano, donde los jefes urbanos de la organización andan más preocupados de los negocios con lanchas rápidas que de su papel político en la zona.
Si a la falta de comunicación se suma que la tropa viene de distintas corrientes —varios de sus comandantes más importantes son ex combatientes de las autodefensas o del Epl— las Agc en realidad son un engendro militar de cinco cabezas difícil de controlar. Según el amenazado Juan García, quien es hermano del asesinado ex comandante del bloque
Metro Rodrigo García, alias Doble Cero, la intención de esta organización es repetir la fórmula de franquicia que se utilizó en Santa Fe de Ralito para vender bloques en todo el país por varios millones de dólares. “Lo que la gente llama grupo de Don Mario —explica el asesor— puede tener varias cabezas como una asociación de intereses, incluso contrapuestos”.
De ahí que el nuevo patrón del Darién no quiera repetir los errores de Pablo Escobar, que por cierto vino a esta zona en un Renault 4 a cambiar lápidas robadas por cigarrillos Marlboro de contrabando. Don Mario se desliza entre esos campamentos móviles en la manigua y sólo utiliza notas de papel, al estilo de los padrinos sicilianos, para dar órdenes y manejar los hilos. Por la experiencia fatal del capo de Medellín, descartó los celulares y los equipos de comunicación. A veces graba casetes y se los manda a “un cercano”.
Los que conocen a El Paisano lo califican como un zorro en las esferas del narcotráfico y un hombre curtido en la guerra. La gente habla entonces de que lo vieron cerca de Necoclí, en San Juan, en Arboletes, en el lado antioqueño y cordobés de esta historia, donde antes de la guerra que le han declarado las autoridades, él se movía sin problemas. Y esto le da un aire de leyenda y un blindaje que lo protege del bloque de búsqueda creado recientemente por la Policía para su captura y de algún soplón que quiera la recompensa de 3 mil millones de pesos que dan por su cabeza.
En su historial de conflictos, sin contar sus andanzas en el Llano junto a Miguel Arroyave, sólo ha tenido un percance, en octubre de 2008, cuando un pelotón de sicarios enviado por Los Paisas —la otra banda sicarial con poder en la región y cercana a Diego Murillo, alias Don Berna— quiso aniquilarlo, pero sus hombres los desarmaron y los retuvieron por varios días hasta entregarlos a una comisión humanitaria.
En este trance, que salió a la luz pública por medio de un video de 27 minutos, tuvieron mucho que ver dos de sus comandantes de confianza, temidos por su pasado guerrillero: Giovani y Magyver. Entre ambos se reparten el manejo y el entrenamiento de la tropa y los negocios de prostíbulos, préstamos y narcotráfico en Antioquia. Y son el primer escudo a superar por las autoridades si quieren derrumbar el imperio del capo, el cual crece cada día y que ahora intenta mostrar una tintura más política.
Quizá del pasado guerrillero de estos personajes y otros menos visibles viene la influencia de este híbrido llamado Autodefensas Gaitanistas de Colombia, que por cierto ya no tiene el sello antisubversivo de los ex bloques del desaparecido Carlos Castaño. Las mayores peleas de los gaitanistas las han dado contra otras bandas descolgadas del proceso de paz con el Gobierno, por control de territorio. De hecho, poco se dice en el discurso de las Agc sobre ser un grupo antisubversivo
“purasangre”. Incluso en las partes altas del Darién, en el límite panameño, algunos campesinos dan fe de las buenas relaciones del frente 57 de las Farc con los gaitanistas.
De ahí que esta alianza, no santa sin duda, les da elementos de juicio a las autoridades para declarar a Don Mario como jefe de una banda de delincuentes y no como un grupo marginal de paramilitares, más allá de que para sus propósitos inmediatos este último disfraz le otorgue grandes beneficios inmediatos.
Por ahora, en esta jungla se siente seguro. Escondido y protegido por el frente comandando por alias Becerro. Un territorio estratégico porque, de paso, le permite imponer su ley en los negocios ilícitos del Golfo de Urabá, que le inyectan el capital que requiere para mantener el poder de su organización y hacerle frente a la persecución del Estado.
Guerra a muerte por Urabá
Desde que Don Mario copó el vacío de poder dejado por su hermano menor, El Alemán, luego de someterse a la Ley 975, de Justicia y Paz, empezó una disputa con otras bandas que querían dominar la región del Golfo de Urabá para sus negocios de narcotráfico. Primero llegaron Los Rastrojos, desde el Valle del Cauca, mientras el frente 57 de las Farc daba golpes certeros en afluentes selváticos del Chocó, donde el negocio es la extracción de madera y la minería de oro. También se aparecieron por la zona las Águilas Negras y Los Paisas, pero ninguno de ellos pudo superar el poderío de los ‘gaitanistas’ para apropiarse de la llamada mejor ruta de coca hacia Estados Unidos.
Luego de su consolidación, en los últimos tres meses la guerra ha sido contra las autoridades policiales, con un reporte de varios heridos y muertos de ambos lados. Según el comunicado de su organización, es mentira que Don Mario ofrezca dos millones de pesos por cada policía muerto. Un allegado al grupo criminal dice: “Simplemente en su expansión de territorio, con presencia de tropa, los nuevos comandantes se tienen que enfrentar a la Fuerza Pública”.