27 Feb 2020 - 1:03 a. m.

"Los de abajo": la historia del barrio El Polo contada por Sylvia Duzán

En este texto, la periodista, asesinada hace 30 años, cuenta cómo nació uno de los barrios más emblemáticos de la capital. Desde el primer interés de Independiente Santa Fe por adquirir el predio del Polo Club hasta la venta definitiva al Banco Central Hipotecario. Esta es la reproducción de un artículo publicado el xx de xxx en la revista xxxx.

Sylvia Duzán / Texto publicado en 1994

Este barrio bogotano existe desde hace 25 años. Sus habitantes emigraron en busca de las playas de la Pepe Sierra y Unicentro, pero el Polo sigue firme, igual. Sus pandillas van a Nocturna, al Almirante o a La Castellana. Idénticas, sus casas tienen como puerta principal un garage. Las rejas como jaulas de zoológico, bolitas, rombos, figurines, la magia del punto liso y el crochet. Cada calle es un posible parque donde se puede jugar fútbol o cambiar monas. Las zonas verdes, bien cuidaditas, los montículos miniatura, los urapanes de siempre; tiendas de roscón viejo que ven pasar todos los días los uniformes de cuadros azules del colegió Alfredo Binet.

Abundan las peluquerías (Linds, Polo, Nohra, Anny, Jorge V, José y Gladys), las panaderías Buccarelia, modestos centros comerciales que no convencen, negocitos familiares... allí está todo. Si atraviesan la 80 encuentran los talleres de Santa Sofía; no hace falta salir de aquel triángulo conformado por la avenida 78, la autopista y la carrera 30 que se prolonga hasta la 92.

Por estar al otro lado de la autopista, su estrato social no es seis sino cinco. Sus habitantes, seres que no pudieron habitar el Antiguo Country o el Lago, son médicos y empleados; intelectuales nómades, familias con cuatro hijos que estudian en los colegios de calendario A, gente de Dodge 1.500 modelo 75, de Polaras y lunas de miel en Aruba, categoría social del rico pequeño burgués.

Es el barrio moderno por antonomasia; un sector monótono, acusado de haber quebrantado la estética urbana, con una comunidad que en cada octubre organiza piquetes, un padre septuagenario que lleva a los niños a conocer Europa y a la Virgen del Pilar.

Vivienda de clase media, media alta

Existe desde que el Polo Club vendió sus terrenos al Banco Central Hipotecario en 1956. El club de cachacos, al borde de la quiebra, ofreció en venta sus 24 fanegadas de la 85, y el Banco Central Hipotecario fue el mejor postor.

En ese año, el Banco Central Hipotecario estaba enfrascado en la construcción de vivienda económica, casas sólidas, diáfanas, estables como las de las urbanizaciones de Veraguas y El Campín. La idea de un barrio de clase media uniformado rondaba constantemente las cabezas de muchos arquitectos, que por ese entonces padecían de la fiebre del urbanismo moderno; más de uno anhelaba resolver el problema de vivienda en forma masiva, con bloques inmensos de supermanzanas, fachadas corridas, ventanas de lado a lado, pilotes y concreto sin ningún tipo de ornamentación, a la manera de Le Corbusier. El barrio Polo Club de Bogotá, ideado sobre estos terrenos cenagosos y húmedos, no iba a tener parangón.

El Banco Central Hipotecario hizo el levantamiento del terreno. Basados en la entrada al Club y los dos accesos propuestos desde la autopista, Samuel Vieco y Eduardo Pombo —los arquitectos del Banco— diseñaron un barrio con centro cívico, redes peatonales internas, zonas verdes comunes, sin la manzana tradicional. En su lugar, además de las supermanzanas de 150 por 150 metros, existiría un espacio público (la calle), otro semipúblico, cubierto, lleno de columnas y voladizos, y otro privado que era la casa. “Los lotes —dice Vieco— eran grandes y no podíamos pasar de cierto presupuesto; por lo tanto, era bien importante que las casas pudieran crecer en el futuro”. Se aspiraba a una integración espacial de las viviendas a través de una gran zona pública cubierta a lo largo de todo el barrio.

La carrera 24, entrada principal a la urbanización, se trazó exactamente sobre la antigua entrada al Club y el Banco subdividió el terreno en dos tipos de lotes: las casas piloto de dos pisos, construidas por la firma Ricaurte, Carrizosa y Prieto, ocupaban lotes de 6,50 x 22,75 metros. La firma Drews y Castro construyó las casas de tres pisos en lotes de 9,75 x 27,50 metros. El centro cívico, la capilla, los locales comerciales, el mercado, el teatro y la escuela se le encomendaron a Germán Samper.

En 1958 se adjudicaron 218 casas (dos pisos) de la primera etapa. Un año después, otras 206 viviendas se ofrecieron en el mercado, a precios que variaban entre $60.400 y $74.484. Treinta apartamentos dúplex, construidos por Salmona y Guillermo Bermúdez, primer experimento de propiedad horizontal, costaron $89.000 por unidad y $2’510.074.53 en total.

Las primeras casas quedaron con el primer piso libre por el frente, cubierto, con una zona de juegos semipública, llena de carros, de juegos para niños y tanques de gas. A los pocos días, los propietarios enrejaron el primer piso y el Banco ordenó las rejas para todas las casas siguientes. Así, las zonas públicas y privadas de las viviendas quedaron sin diferenciar.

En el 62 se construyó el colegio Alfredo Binet. La comunidad, aislada del perímetro urbano, vio crecer la Droguería Ultramar, el mercado El Polo, la remontadora San Blas; don Libardo Calle puso su panadería en la transversal 22, para vender pan blandito y roscón. El caricaturista Chapete paseaba por las tiendas tomando cerveza y llegaba la familia del candidato Galán. Del centro cívico proyectado, solo quedó un Carulla, la cancha de básquet y la capilla San Luis Beltrán. Esta iglesia de muros que exaltan los acabados rústicos, con el concreto de estructuras aparente, fue ocupada por el padre Siervo de Jesús Cruz, un cura que iba a producir el barrio de clase media más afecto a la misa en Bogotá.

Muchas parejas recién casadas, boyacenses de pura cepa, santandereanos y empleados de banco deseosos de ver crecer a sus hijos en un campo de fútbol tranquilo, se lanzaron a comprar casas por medio de cédulas hipotecarias o crédito de vivienda, ya que las solicitudes rebasaron la capacidad. Los nuevos vecinos se conocían, pero no se saludaban. Sin tener la futura intimidad de los condominios de Entre Ríos y Maranta, de los interiores A, B, C, D, F, una que otra vez, se pedían el azúcar y la sal.

Destino de abajo

Con el paso del tiempo se hizo común el chiste de que los del Antiguo Country tenían que poner una tapia para que no se subieran los del Polo. La autopista se había convertido en un termómetro social. Estar abajo de ella implicó no pertenecer al norte rico de los hamburgers y la 15, ser el vecino rico de clase media de los barrios populares que crecían a lo largo de la 24 y el camino a Suba.

Hoy el barrio, aislado del perímetro urbano, limita al oriente con el Antiguo Country. Al sur con Santa Sofía y Juan 23. Al norte con La Castellana. Al occidente con los barrios populares de Sevilla y los Andes; siete plazoletas y un polideportivo en los alrededores de la parroquia, son su haber. La Pastelería Danesa trajo los conos de barquillo y crema que llegaron primero a la capital. Muchos de sus habitantes fueron ascendidos de puesto y se fueron en pos de un futuro menos uniformado. Hoy viven en las playas soleadas de Unicentro, pero siguen yendo a la misa del padre Cruz. Otros, individualizando sus fachadas con ventanas españolas y arañas de mentira, se quieren salvar del común.

Sus viviendas, con cuartos de renta y ampliaciones progresivas, con los pisos de arriba convertidos en talleres de textiles o academias de ballet, no han roto el sistema de conjunto, y el barrio, mal que bien, sigue planteando una idea de continuidad.

La reciente apertura de la avenida 92 lo integró en algo al perímetro urbano. Lo único emocionante en este barrio de “gente como uno” es su reciente atmósfera de inseguridad. Los campos de juego y sus lavanderías Hilton Palace ya no tienen la seguridad que antaño brindaba la república independiente del Polo. Cada semana la Defensa Civil oye de apartamentazos cuya cuantía no supera el millón. Por eso las casas de vigilancia, agencias sin nombre, han federalizado el barrio con rejas enormes y letreros de “No pase”; por $4.000 —según denuncias este es el monto que se cobra en cada casa vigilada—, los niños juegan otra vez tranquilos en sus mini-repúblicas estrechas de urapanes, ajenos a esa urbe de cacos, de gente que envidia sus monaretas y los balones Mikasa de fútbol.

Polo Club de Bogotá

El Polo Club ocupó los terrenos del barrio La Magdalena entre calles 39 y 35 y carreras 13 y 20 desde 1897 hasta 1923. En ese pasto vecino del Hipódromo de La Sabana, los Sanz de Santamaría, los Cuéllar, los Samper jugaban ese juego de reyes que enfrentaba a equipos de cuatro componentes cada uno, montaban su caballo y con un mazo se empeñaban en meter un gol. Las juntas directivas de sus empresas eran citadas por medio de un aviso en el periódico El Tiempo y conseguían licencias de US$5.000 para importar los materiales del exterior.

En 1923, el Club compró los terrenos de don Alejandro Córdoba que quedaban al norte de Chapinero. En las catorce fanegadas se erigió la sede del Club. Al oriente, se veía el ferrocarril del norte, que iba hasta Zipaquirá. Por el occidente y el sur, el camino a Suba; Rionegro era el límite de la municipalidad de Suba.

En los años 30, una fuerte plaga de gusanos de chisa (larva de cucarrón) se comió el campo del Club de Polo y los polistas celebraron su torneo en Mosquera. Por esa misma época, la última urbanización al norte de Bogotá era el barrio El Nogal (hasta la 74); grandes globos de terreno como el Country Club y el parque Gaitán rodeaban el Polo Club. Los barrios de Santa Sofía, Rionegro, Providencia y San Felipe eran proyectos de papel. Los rieles del ferrocarril del norte se levantaban. La futura avenida 30, constituida en el eje ferroviario del ferrocarril del nordeste, poco a poco definía la conformación de un triángulo entre la autopista, la avenida 78 y el ferrocarril.

Aunque a mitad de los años 40 el Polo compró otras catorce fanegadas para construir el nuevo campo de polo, en 1949 el Club pensó seriamente en la idea de vender la sede: la invasión de kikuyos y chisas estaba debilitando el campo y el primer interesado en comprar —que nunca llegó a concluir nada— fue el Independiente Santa Fe.

El plan piloto de 1951 consolidó la urbanización de Bogotá hacia el norte. La autopista del norte, paralela a los terrenos del Polo, valorizó la zona; el Country Club y el parque Gaitán dejaron sus terrenos adyacentes a Chapinero, pues Bogotá ya llegaba hasta la 92.

De $3, que costaba la vara cuadrada del terreno del Polo en 1949, se aumentó a $8 en 1953. El impuesto de valorización ascendió a $97.360 pagaderos a año y medio, costos que el club no pudo pagar. Negándose a cobrar una cuota extraordinaria a los socios, el Club tuvo que pedir un préstamo al Banco de los Andes. En 1954 la situación financiera de la institución estaba tan deteriorada, por las cuentas de valorización pendientes, que estuvo a punto de vender por bajo precio sus tierras a la Universidad de los Andes, al Instituto de Crédito Territorial y a la Policía Nacional.

En 1955, finalmente, el Banco Central Hipotecario se presentó como comprador, negociando a $8,75 la vara cuadrada, siempre y cuando el Polo pagara la valorización. Por unanimidad, el 7 de septiembre, la junta del club aprobó la venta de las 23 fanegadas al mejor postor, quien desarrollaba programas de vivienda económica en varias ciudades del país.

El presidente del Banco, don Ernesto Michelsen, padre de Jaime Michelsen, y la junta directiva del Polo Club, presidida por don Bernardo Herrera, firmaron la escritura de venta por $2’113.510, suma que fue pagada de contado con cheque de gerencia dos meses después.

La compra de los terrenos incluía dos grandes lotes, uno de nueve fanegadas y otro de catorce, donde se hallaban las dependencias, además de la vía de acceso al club y dos futuras entradas a la autopista.

El Polo Club se fue con sus caballos a la finca de Tibaitatá. Muchas de las decisiones tomadas para la ciudad son el resultado de presiones e intereses particulares, que no tienen nada que ver con la planificación.

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