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El lunes 10 de agosto a las 7:00 a.m., Katherine Chavarro se alistaba para ir a la Mina de Sal en Zipaquirá; tenía su uniforme puesto: chaqueta gris, pantalón azul, botas de seguridad, junto con su casco de color amarillo; bajaría 180 metros para llegar a su trabajo como administradora de la tienda Arcasal, donde los turistas se llevan figuras donde la sal es la protagonista.
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Cuando llegó a la entrada de la mina, todos estaban afuera: sus compañeros y los mineros. No había turistas porque ellos ingresan después de las nueve de la mañana.
Tiene seis años de experiencia trabajando en el complejo subterráneo; dice que bajo la tierra, en el corazón de la mina, se ignora un movimiento telúrico: “No se siente, uno se entera por la alerta del celular y, lógico, me preocupé por mi mamá, pero ella está en la superficie; aquí adentro hay mucha calma”, dijo Katherine a El Espectador.
Antes de ingresar el pasado lunes, a la mina entraron los encargados de seguridad, de mantenimiento, brigadistas, para chequear toda la estructura. Aquel día, triste para Colombia, la roca de sal permaneció intacta.
La gerente de la Mina de Sal de Zipaquirá, Yenny Páez Sabogal, sostiene que, aunque en la profundidad no se siente el temblor, se tiene un plan de contingencia y de evacuación: “El verdadero desafío de un destino como la Catedral de Sal es lograr un equilibrio entre recibir al mundo y preservar aquello que hace único a este lugar”.
Agrega que la estrategia de sostenibilidad no solo busca atender al visitante contemporáneo, sino garantizar intacta la mina. Tan solo durante el 2025, superó los 706.000 visitantes, consolidándose como un referente del turismo cultural y religioso en América Latina.
¿Por qué no se siente el temblor en las minas?
Flover Rodríguez Portillo, director ejecutivo de la Asociación Colombiana de Geólogos y Geofísicos de la Energía (ACGGP), aseguró a este diario que cuando tiembla, su mirada se dirige inmediatamente hacia abajo. “No es que las ondas sísmicas no lleguen a una mina por estar bajo tierra. Llegan y la roca se mueve. La diferencia está en cómo se experimenta ese movimiento”.
El experto explica que, en la superficie, los suelos blandos amplifican ciertas frecuencias, haciendo que los edificios respondan dinámicamente. Por el contrario, en las entrañas de la tierra, la respuesta cambia.
“En una excavación subterránea desarrollada dentro de roca competente, la estructura está confinada por el macizo rocoso y tiende a acompañar más su deformación”, explica el experto.
Aunque la percepción sea diferente a la de la superficie, esto no quiere decir que no se puedan ver afectadas. Rodríguez advierte sobre el peligro de las falsas equivalencias: “El principio general puede aplicar, pero no podemos extrapolar directamente el comportamiento de una mina de sal a todas las minas de carbón”. La seguridad depende del contexto geológico y del diseño geotécnico de cada operación.
En Nemocón, cerca de Zipaquirá, hay otra mina de sal a 80 metros que también es visitada por turistas. El gerente Jorge Alberto Salgado Forero indica que “por ser mina de sal, el domo salino que la conforma tiene unas propiedades elastoplásticas, a diferencia de otras minas”.
Esta particularidad geológica permite que la estructura actúe como un inmenso amortiguador natural, añade. “El efecto salino lo que hace es absorber las vibraciones que produce la tierra. Esta es la razón técnica por la que resulta más seguro encontrarse en las entrañas de la mina que en la superficie urbana”.
Por ello, la mina de Nemocón siguió abierta a turistas desde ese mismo lunes del terremoto. “No tuvimos ningún problema de desprendimientos o algún tema de agrietamiento”, aseguró Salgado.
¿Qué pasó en los mares?
El pasado lunes, a la hora del terremoto, un buque de más de 50 000 toneladas entraba por la bahía de Cartagena. Carlos Polanía, oficial de la Armada de Colombia en uso de buen retiro, era el piloto práctico del barco; una norma internacional exige que quien conduce la embarcación en su ingreso al puerto de destino debe ser un capitán formado y certificado para estas maniobras.
Sostiene que no sintió el temblor. “Los buques que transitaron por el área del puerto de Cartagena en el momento del terremoto no registraron ningún evento, ya que el movimiento no tuvo afectaciones por lo lejano del epicentro. Si el evento telúrico hubiera tenido lugar cerca de Cartagena en el suelo marino, es posible que se hubieran presentado marejadas”.
Polanía recordó, sin embargo, cuando era comandante de un submarino de la Armada en el Pacífico colombiano y el mar se movió diferente. “En una ocasión, en un patrullaje en cercanías de la isla Gorgona, el submarino registró un movimiento ondulatorio cuando estaba a 200 pies de profundidad. Esto fue causado por un terremoto en el suelo marino y, por nuestra formación de submarinistas, supimos cómo enfrentar la novedad y seguir navegando en la profundidad”.
Al respecto, Carlos Alberto Andrade Amaya, capitán de navío en la Reserva Activa de la Armada y oceanógrafo físico, asegura que “los sismos tienen efectos similares en el suelo marino como en el suelo terrestre. El sedimento se levanta del suelo y el movimiento es transmitido al agua”.
Sin embargo, para el capitán Andrade, la mayor amenaza no reside en las corrientes profundas, sino en el impacto sobre la superficie. “El efecto más importante es la deformación de la superficie del mar que produce una ola que se transmite desde el origen hacia las costas y que se conoce como tsunami”.
Dice que, al analizar la vulnerabilidad del territorio colombiano, es indispensable trazar una línea divisoria entre sus dos mares. La costa pacífica convive con un riesgo inminente y constante, producto del choque tectónico directo, ejemplificado en fallas activas como la de Murindó.
El Caribe, por el contrario, tiene otra dinámica geológica. “Es una zona relativamente benigna para estos fenómenos debido a que las placas tectónicas no se enfrentan, sino que se deforman al interactuar de manera más oblicua”, señala el investigador.
No obstante, la costa Caribe se ha visto afectada por sismos como el de 1834, que afectó a Santa Marta y Barranquilla. “Este es un fenómeno natural que puede ocurrir en cualquier momento y, con una zona costera cada vez más ocupada, es una de las amenazas que hacen parte de los riesgos reales”, advirtió el capitán Andrade.