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Navidad en las alturas

Hace ocho años, cuando fue rescatado en el Parque de los Nevados por campesinos de la zona, José Iván Cano se hizo una promesa que cumple religiosamente en cada Navidad: ascender a esas cumbres para llevar juguetes y un poco de felicidad a los niños de la región. Este año, lo acompañamos.

Fotografías: Federico Ríos / Texto: Nelson Sierra G.

20 de diciembre de 2008 - 05:00 p. m.
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El frío es insoportable, respirar es más difícil. Ya han pasado dos días desde que una tormenta de nieve y una brújula averiada lo sacaron del camino. Estuvo perdido en parajes solitarios, la hipotermia lo hizo alucinar y, en algún momento, llegó a pensar que si ensillaba a un conejo podría salir de aquel lugar que sentía que era suyo. Una mala jugada del destino lo había llevado a las orillas de la muerte.

Sus piernas ya no resistían más y, después de horas y horas de deambular por el Valle de la Laguna Negra, José Iván Cano, un joven montañista pereirano, por vocación, se rindió. Supo que si cerraba los ojos tal vez no tendría fuerzas para abrirlos de nuevo. Perdió la batalla y decidió darle rienda suelta a su último sueño. De un momento a otro sintió que algo salado y caliente se metía en su boca, recorría su garganta, penetraba en su estómago y, poco a poco, ese calor empezó a invadir todo su cuerpo. “Qué extraña sensación de muerte”.

Trató de abrir los ojos esperando encontrar el dichoso túnel del que todos los que han visitado la muerte hablan. Pero se sorprendió al ver la figura de un hombre que sostenía una vetusta cuchara. Lo acompañaban dos pequeños, quienes sentados sobre la improvisada cama vigilaban al enfermo. “Mijo, usted qué hacía por allá aguantando frío”, le dijo el campesino mientras le brindaba otra cucharada de caldo de papa. No era otra alucinación. Jaime Obando, un campesino que deambulaba por el valle en busca de una vaca perdida y acompañado de sus pequeños hijos Carolina y Daniel, lo encontraron y llevaron a un viejo rancho decorado con cacharros, que para José Iván fue y seguirá siendo el paraíso. Al segundo día, ya recuperado, el joven emprendió su viaje y, eternamente agradecido, prometió su pronto regreso.

Han pasado ocho años. Son las siete de la mañana y José Iván, junto con tres amigos, regresa por la ruta al páramo de Santa Isabel, donde estuvo a punto de perder la vida. La travesía arranca desde el retén de Brisas, conocido como el punto de entrada al Parque los Nevados, luego de enjalmar a Niña y a Prima, dos viejas mulas encargadas de llevar la valiosa carga. Año tras año, desde que fue rescatado, a través de la fundación EcoAndes, que creó a manera de agradecimiento, retorna porque quiere velar por el bienestar de los habitantes del encumbrado páramo.

Después de 35 horas de caminata y de pasar por temperaturas bajo cero, ampollas en los pies, calambres y escasez de oxígeno, Pedro Machete, un campesino de la zona y dueño de las mulas, anuncia al grupo que llegaron. En medio de las montañas se vislumbra un pequeño rancho perdido en el paisaje. A medida que se acercan reconocen a dos pequeñas que esperan ansiosas en la puerta. Ellas quieren salir corriendo a saludar, pero la prudencia que caracteriza a los habitantes del páramo les congela sus piernas. Florentino Pinilla, un viejo campesino conocido en la región, les da la bienvenida: “Yo pensé que con la caída de las pirámides el Niño Dios no iba a tener platica”.

Las risas rompen el hielo, las niñas abrazan a los visitantes y el acto de descargar las mulas no da espera. Los rostros de las pequeñas, enrojecidos por el frío del páramo, se iluminan. Los costales viejos están llenos de juguetes. Una tonelada y media. Es la carga que esta fundación, creada por estos montañistas con vocación de reyes magos, se encarga de repartir a los niños que habitan por las veredas del páramo, para que la alegría nunca falte en esta fría Navidad. Ya no está Jaime Obando, quien murió ahogado en la laguna del Otún hace un año, pero para los habitantes de la región permanece su legado. La vaca nunca apareció.

Por Fotografías: Federico Ríos / Texto: Nelson Sierra G.

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