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Por las manos de Nelly Carrillo Delgado han pasado 12 millones de tabacos, suficientes como para poner a fumar al mismo tiempo a todos los habitantes de Bogotá y Medellín.
A sus 71 años, es una de las más experimentadas torcedoras de tabaco de Piedecuesta, Santander, localidad con 117.364 habitantes.
A un ritmo de 1.200 unidades por día, ella es una de los cientos de mujeres que se dedican a fabricar los tabacos y puros que surten el 80% del mercado colombiano y se exportan a países como Venezuela, Estados Unidos y España.
No fue a ninguna universidad y ni siquiera hizo el primero de primaria porque su papá la relegó. Su oficio lo aprendió observando y luego haciendo y desbaratando aquellos que le quedaban defectuosos. Gracias a sus ingresos y a los de su esposo, quien también está dedicado al tabaco, sacaron adelante a sus nueve hijos.
Su práctica es tal que con los ojos cerrados podría torcer los tabacos. El primer paso es alistar el rollo (tabaco picado), luego estirar la hoja humedecida, quitarle la vena, cortar la capa o cubierta, torcerlo, pegársela con goma, hacerle la perilla, si se quedó corta acondicionarle el “sombrero”, darle un par de golpecitos con un cuchillo de forma circular, emparejarlo dándole vueltas con las palmas de las manos sobre una tabla, luego recortarle la punta, revisarlo y sumarlo al arrume.
No tarda más de medio minuto por tabaco, así esté conversando con sus nietos o atendiendo al curioso que ha logrado colarse en su fabriquín con el propósito de ver el proceso que se ha heredado por generaciones.
Por ahora no se ha inventado la máquina que haga su trabajo, no sólo con la velocidad sino con la gracia que Nelly lo hace. Y eso la hace sentir tranquila en su puesto de trabajo en Cigarros Comandantes y Puros Galán, donde luce con orgullo una gorra que le trajeron de recuerdo de Cuba, productor de los mejores puros del mundo.
Las variedades de tabaco van desde calilla —del tamaño de un cigarrillo— al puro de exportación que aquí bautizaron en honor al primer ministro británico Winston Churchill, pasando por ‘mini’, ‘medallita’, ‘señoritero’, ‘calillón’, ‘robusto’, ‘doble corona’ —de 22 centímetros— y el ‘romo’, el más común en la tiendas y en el que Nelly es imbatible.
Ha estado durante medio siglo sentada en su butaca, torciendo y torciendo tabacos sin que hasta el momento se haya fumado uno de ellos. Ni siquiera a los que les aplican aroma de vainilla o canela, e impregnan con ese agradable olor el oscuro puesto de trabajo.
Según la Asociación de Artesanos del Tabaco de Piedecuesta, al menos 3.500 familias están dedicadas a la producción de tabacos —sin contar cultivadores, recolectores, alisadores y ‘rolleros’, un renglón importante de la economía del departamento que, sin embargo, atraviesa serias dificultades. En primer lugar, el valor de la tierra y la escasez de terrenos para construir en el área metropolitana han hecho que los extensos cultivos del pasado, combinados con caña panelera, den paso a barrios populares.
La otra amenaza son los altos precios de los abonos, en su mayor parte importados, que pasaron de 56 mil pesos en enero a 104 mil pesos en septiembre.
Sin embargo, productores como su sobrino Antonio Delgado Gómez dicen que por nada estarían dispuestos a abandonar este trabajo, en el que cuentan con la asistencia técnica del Sena y en un pasado reciente del ICA, aunque los funcionarios se pensionaron y se diluyeron más de 20 años de investigación.
Pero son conscientes de que deben, por ejemplo, emplear menos químicos para que así su producto se distinga y cotice mejor en el mercado.
“Los tabaqueros estamos detrás de la puerta, olvidados, pero la economía de Piedecuesta se mueve es por el tabaco”, afirma Delgado Gómez.
Casa por casa, así sea en un rincón del solar, se ve a las madres de familia o a los jóvenes torciendo tabacos. Incluso aquellas muchachas de porte elegante a quienes les da pena ir a una fábrica y entonces realizan esas labores en su hogar.
Nelly, mientras tanto, ya quiere disfrutar de su retiro. No sólo por su edad, sino porque el tabaco se puso “mucho caro” y las torcedoras jóvenes “friegan mucho cuando se les reclama por algún tabaco retorcido o mal cortado”.
Nunca le molestó que la llamaran torcedora, porque —admite— “en algo hay que trabajar para sostenerse uno y ningún trabajo es deshonra mientras se vea el billete”.
Y el billete se ve no sólo porque el tabaco da tres cosechas al año, sino porque muchos fumadores siguen repitiendo que el cigarrillo es el enemigo de la salud, no el tabaco porque no se aspira.