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Niño torero colombiano triunfa en Quito

Como sucedió dos meses atrás en Bogotá, Guillermo Valencia volvió a rendir a sus pies a una de las aficiones más exigentes de Suramérica. Esta vez fue la de Quito, que se sorprendió de principio a fin con la aparición del niño torero de Popayán.

Rodrigo Urrego Bautista / Quito - Ecuador

25 de octubre de 2009 - 03:58 p. m.
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Esta vez no hubo orejas. Esos trofeos se los llevó una espada que no encontró sitio. Pero el toreo fresco y colorido de Valencia fue la nota destacada de la segunda novillada de preferia en la plaza de toros de Iñaquito.

Su nueva conquista no fue fácil. Primero, la incertidumbre de haber viajado desde Cali en bus, y no saber si el traje de luces blanco y oro, que había alistado para la ocasión, lo iba a lucir. 

Una ley ecuatoriana, que impide que menores de 16 años “trabajen”, fue el primer obstáculo que tuvo que superar, en los despachos, pero con argumentos taurinos.

El paseíllo llegó. Guillermo lo hacía con seriedad. Era su primero en una plaza de primera categoría en un país ajeno al suyo. Pero su corta estatura y su seguridad en las primeras apariciones, cautivaron a un público, en principio incrédulo por la facilidad con que dominaba su capote.

Por eso puso la plaza ‘boca abajo’ en el primero de su lote. Un novillo de Albacerrada (encaste Saltillo), el más pesado de la jornada (317 Kilos), que imponía pero que tuvo buenas cualidades para que el colombiano las explotara.

No importó el viento que ondeaba su pequeña muleta como una bandera. Guillermo plantó cara, unas veces en los medios, las otras al abrigo de las tablas. Pero siempre dominó con facilidad e incluso con alardes de seguridad que subrayaron su tauromaquia, como esa serie de muletazos por bajo, mirando al tendido, que no escatimaba esfuerzos en ocultar la emoción.

La espada fue su asignatura pendiente. Varios fueron los intentos hasta que el novillo se rindiera. No importaron los dos avisos para que el público se levantara y ovacionara al niño que les había hecho sentir tanta emoción.

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Pero tan solo fue el preámbulo. El sexto fue un novillo de Mirafuente (procedencia El Torreón) que tenía ilusionantes hechuras. Tan pronto salió a reconocer el ruedo, Guillermo fue a buscarlo, y muy cerca de las tablas, y andando para atrás, lo recogió con la sabiduría de quienes tienen las primeras lecciones superadas. Luego, con laz zapatillas firmes, lo ‘acarició’ con suaves verónicas y lo despidió con una media que tuvo, de nuevo en el desparpajo, su sorprendente cualidad.

La plaza ya estaba rendida a sus pies. Pero Guillermo, antes de cambiar el tercio, de fue a los medios e interpretó unas bonitas chicuelinas, a las que le puso broche con un vistoso lance que parecía convertir su capote en una serpentina. El público, puesto de pies, empezó a dejar salir de sus gargantas, tímidos gritos de ‘¡Torero, torero!’.

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Brindó la muerte al embajador de Colombia en Quito. Y se fue presuroso al centro del ruedo. Allí, Guillermo citó al novillo que se arrancó con alegría y gran velocidad. Y apenas llegó a su jurisdicción, asomó la muleta por su espalda, en un pase cambiado que repitió inmediatamente y que levantó de nuevo los tendidos, como si estos dependieran de un resorte.

Las series en redondo que vinieron a continuación, tuvieron alegría, temple y buenos remates. Una faena que el público de Quito vivió con mucha emoción. El epílogo vino con muletazos por bajo, y de nuevo con detalles del torero como mirar al tendido.

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El triunfo parecía descontado. Cuando cambió la pequeña espada de madera por la de verdad, los tendidos de Iñaquito se silenciaron. Guillermo se perfilaba ante un novillo que parecía no entregarse. Faltó cabeza fría. Y por eso el público desprendió hasta tres exclamaciones propias de la decepción. Llegó un aviso, antes del encuentro crucial. Al público pareció no importarle los fallos, y por eso pidió con gritos y pañuelos el premio de la oreja.

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Sin embargo, y ajustándose a la categoría de la plaza, el palco presidencial no asomó el pañuelo blanco. La vuelta al ruedo estuvo jaleada por los gritos que ya no eran tímidos. Y parte del público se tiró al ruedo para tomarse una foto, o simplemente saludar o tocar al niño que no paró de causarles admiración.

El torero colombiano alternó con los ecuatorianos Nicolás Montúfar (silencio y vuelta al ruedo) y Carlos Lárraga (silencio y vuelta al ruedo), este último, que sufrió varios achuchones, fue el triunfador numérico de la tarde, pues la empresa le regaló un sobrero en séptimo lugar al que le cortó una oreja.

Por Rodrigo Urrego Bautista / Quito - Ecuador

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