La guerra llegó como la maleza, viviendo a despensas de la tierra fértil y devorando los mejores frutos de la labranza, asfixiando la semilla hasta marchitarla. Eran los tiempos en que la vida perdió su valor. La muerte se apoderó de los caminos; con la luz del día se paseaba por los senderos, en las noches entraba a los ranchos sin avisar, era un depredador disparando balas indiscriminadamente, asesinando labriegos a diestra y siniestra. La confrontación entre los actores armados, acabó con la vida de campesinos indefensos que estaban aferrados a sus tierras en la vereda La Salina de Mongua, Boyacá.
Los que no teníamos armas éramos los enemigos de los que andaban con armas, el conflicto fue contra los desarmados, dice Tobías Suárez, un campesino de la vereda La Salina, sobreviviente de uno de los episodios más sangrientos de la confrontación armada que se vivió en esta región al oriente del departamento, y que terminó atrapado con su familia en medio del fuego cruzado. Este labriego, su esposa e hijos han tenido que vivir con los efectos de la guerra, que son como heridas que no cicatrizan del todo. Para poder escapar de la muerte, tuvieron que abandonar su tierra y perderlo todo. Años después de haber huido, volvieron a su finca para tratar de recuperar lo que nunca vuelve, el tiempo perdido.
Sin embargo regresaron, y luego de doce años persisten en algo que cobra un valor importante, no volverse a separar de su tierra.
Más campesinos de esta región huyeron despavoridos; en su éxodo, siguen buscando una nueva vida lejos de su pequeña patria; algunos no soportaron estar tanto tiempo fuera y volvieron, otros también han intentado regresar y no lo han logrado, pero, unos labriegos ya definitivamente nunca más volverán de su destierro
Tobías Suárez, un campesino de contextura recia y manos fuertes, vio cómo la confrontación armada; entre la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc-ep y la Fuerza Pública, sobrepasó los linderos del campo de batalla, así la guerra se convirtió en una avalancha que sepultó a muchos vecinos y amigos, quienes fallecían de forma violenta, con disparos de fusil disminuyó la población. La única manera de defender la vida era el exilio: salir corriendo, abandonando todo lo que les costó construir acumulando años de trabajo. “Para la guerrilla éramos sapos, para el Ejército éramos guerrilleros” dice Tobías, para explicar la tensión en la que vivieron los habitantes del sector Sirguasá.
Los pobladores de esta región, aprendieron a reconocer las modalidades de guerra y las acciones de los perpetradores según las señales de muerte que dejaban. Cuando los campesinos aparecían muertos a un lado de los caminos, y sus manos estaban amarradas, se sabía que la guerrilla era la que había acabado con esa vida. Si los muertos aparecían vestidos de camuflado y con armamento, era el Ejército que los había ejecutado y los hacía pasar por guerrilleros. Ellos relatan que así le pasó a don Fabio, un campesino que salió a fumigar la papa. Luego apareció muerto, muy lejos del lugar donde tenía su cultivo, estaba vestido con prendas militares, y fue presentado oficialmente como una baja en combate. Otros dos campesinos corrieron la misma suerte. Eran los tiempos de las ejecuciones extrajudiciales que practicaron algunos militares para mostrar los resultados operacionales contra la subversión y organizaciones armadas ilegales. Luego se llamaron ‘falsos positivos’, para los medios de comunicación. En esos momentos aún no se conocía esa modalidad de violencia y crimen de guerra, llevada a cabo por agentes del Estado.
Los habitantes relatan que, cada vez que venía la guerrilla había un muerto. Antes de acabar con la vida de un labriego, a quien señalaban de pasar información al ejército, lo amarraban de manos y del cuello, lo paseaban por los caminos, para que todos se enteraran del castigo que iba a recibir. A veces, los dejaban amarrados todo un día a un árbol donde lo podíamos ver, luego le disparaban. “Los niños presenciaban estos asesinatos” dicen los pobladores.
La atmósfera en esta zona rural era muy densa, había mucha presión, tenía que ver con el temor de morir en cualquier momento. Era un tiempo de desespero, de incertidumbre, de no saber qué hacer, para donde irse, a quién pedirle ayuda, si ni siquiera se podía confiar en las autoridades o en los agentes del Estado. Para conservar la vida era mejor no salir a trabajar en los cultivos, se tenía miedo de toparse con el Ejército. Y, también era mejor no cruzar palabras con las tropas, para no ser señalados por la guerrilla de ser colaboradores de la Fuerza Pública. Igual sucedía con los alzados en armas. Las familias se encerraban en los ranchos para evitar cualquier trato, por pequeño que pareciera, con los guerrilleros, y no ser señalados por el Ejército de ser auxiliadores de los insurgentes.
Otra de las situaciones que se debían sortear era el día a día. La cotidianidad en este caserío del sector Sirguasá cambio de forma brusca. Para movilizarse al casco urbano, o a los cultivos, o simplemente para conversar con los vecinos, se convirtieron en angustiosos desplazamientos. La Fuerza Pública hacia presencia con retenes o puestos de control, donde terminaban ejerciendo presión sobre los habitantes; una de las situaciones más incomodas era pasar los mercados o víveres para alimentarse, según los militares estaban auxiliando a la guerrilla. Los sitios controlados por los uniformados también eran usados para interrogar a los campesinos, y no siempre lo hacían de forma respetuosa. Luego del maltrato sicológico con insultos, groserías y un trato humillante, tanto a mujeres como a hombres, eran señalados de ser subversivos. Los militares les advertían que iban a limpiar la zona de guerrilleros. En las noches los campesinos tuvieron que hacer cambios en sus hábitos, muchas familias preferían dormir fuera de los ranchos, por temor a que aprovechando la oscuridad cualquier actor armado llegara a terminar con sus vidas. Lo hacían como un mecanismo de defensa, pues ya habían escuchado que, había ocurrido en otras zonas aledañas y era mejor tomar medidas preventivas.
“Muchas veces tuve que dormir con mi familia metido entre el monte, cuando ya se oscurecía”, cuenta Tobías, con su tono de voz grave, que baja de intensidad porque recuerda esos momentos difíciles. Lo menciona porque en las noches llegaban a los ranchos los actores armados, pero no se sabía si era ejército o guerrilla.
Pero, la Fuerza Pública no hacia presencia de forma permanente en la región, y ahí comenzaba de nuevo la tensión. Luego de retirarse por algún tiempo mientras eran relevados por otras tropas, de inmediato llegaba la guerrilla, y entraban con furia. Los alzados en armas llegaban avisando que iban a ajustar cuentas con los sapos, que ya sabían quién había hablado con los militares, hasta llegaban al extremo de amenazar por haber vendido una gaseosa o una botella de agua, como le ocurrió a una mujer que tuvo una tienda en esta zona rural.
Los pobladores comenzaron un éxodo en silencio, a cuenta gotas, las primeras familias que huyeron del lugar nunca se despidieron, ni de sus familiares o vecinos. Así empezaron abandonar la región, de forma discreta y en total silencio. “Nos dábamos cuenta porque el que anochecía no amanecía”, según un dicho de los campesinos.
Tobías recuerda el día que huyó con su familia para proteger la vida de su esposa y de los pequeños. Fue de noche, salió sin avisar a nadie. Ocurrió después de la muerte de Javier un muchacho que acusaron de colaborar con el ejército. La guerrilla les ordenó hacer un círculo, en medio estaba el cadáver. “así van cayendo los sapos” dijo un guerrillero para advertir que seguirían matando a los colaboradores que ayudaran al enemigo, lo harían hasta acabar con todos los sapos. Antes de esa ejecución, habían matado a dos campesinos, en menos de ocho días. Uno de ellos fue amarrado a un árbol y le descargaron casi todo el proveedor de un fusil, le empezaron a disparar desde los pies hasta llegar a la cabeza. Los campesinos que presenciaron la brutal escena, escucharon dieciocho veces los disparos.
Ya no era solo la incertidumbre de lo que ocurriría con la suerte de su familia. Tobías no iba a exponer a su esposa y los hijos a permanecer más en esa situación, y por eso sentía, angustia, y desconfianza; más cuando a nadie le podía hablar de sus temores de seguir viviendo en un lugar donde la vida valía tan poco y se perdí tan fácilmente. Es que uno solo se puede defender, pero, ya con la familia es otra cosa, dice el labriego.
“Durante varios días caminamos evitando los caminos principales, hasta llegar a Mongua” explica el campesino Suárez, quien tuvo que dejar todo lo que había construido en muchos años de duro trabajo. “Ni siquiera hubo tiempo de despedirme de mi rancho y de mi tierra” relata.
Al finalizar el 2004 esta región de tierra tan agradecida que multiplica la siembra, estaba casi deshabitada, con los dedos de la mano se podía contar las familias que se quedaron. Los pobladores conscientes del riesgo de habitar en una zona donde se libró una confrontación armada sin límites y sin el mínimo respeto por la vida, no tenían otra opción. Los habitantes han dicho, que antes de ese año, vivían allí por lo menos unas quinientas personas entre adultos y niños. Hasta hoy, menos de la mitad se han atrevido a regresar.
En esa época el conflicto armado en Colombia entre la guerrilla de las Farc y la Fuerza Pública, llegaba a una etapa de alta intensidad y, los actores armados no veían en sus planes de guerra, la derrota.
Las Fuerzas Militares tenían la misión de recuperar esta región de La Salina, zona donde históricamente hacia presencia la insurgencia, su ubicación a dos horas de Mongua y a una de Labranzagrande, antiguo camino de herradura y paso hacia los llanos orientales, la hacía un sector clave para la estrategia militar de los frentes 28 y 38 de las Farc. También, hacían presencia alzados en armas de los frentes José David Suárez, y Adonay Ardila Pinilla del Ejército de Liberación Nacional, Eln. Este corredor estratégico, también de gran importancia para la economía de guerra, o financiación de las guerrillas, era utilizado para el traslado de los secuestrados a los campamentos de la subversión, la mayoría en el piedemonte llanero. En esta región oriental de Boyacá, se llevaron a cabo cientos de combates. Los pobladores recuerdan que en un día había hasta cuatro enfrentamientos armados, ni en las noches dejaban de sonar las ametralladoras.
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El destierro para Tobías y su familia era solo el comienzo de lo que más adelante tendría que soportar fuera de su tierra, el conflicto no solo había traspasado el límite del campo de batalla, ahora los efectos de la confrontación armada lo perseguían a donde fuera, parecía que huir no le permitía escapar de la guerra. Vendría otra etapa dolorosa para la cual nadie que haya vivido en las zonas de guerra está preparado: la estigmatización.
Este labriego no solo fue una víctima de desplazamiento. Los habitantes de Mongua lo colocaron en el lugar de un victimario, haciendo un juicio desmedido y parcializado por el hecho de habitar en una zona de conflicto armado.
“llegaron lo salineros, ahí llegaron los guerrilleros” murmuraban en el pueblo, lo hacían en voz baja y a veces sin disimular, recuerda Tobías.
Ahora sin saber a quién pedir ayuda, con el rechazo de los paisanos, el hombre responsable de la familia, decidió no volver a su propiedad, y tener un nuevo comienzo, empezar de cero. La decisión más difícil, ni siquiera la de salvar la vida y la de sus hijos le costó tanto, esto fue lo más doloroso, porque dejar su tierra y el patrimonio le abrieron un boquete en su sosiego y le afectaron la salud. En este punto Tobías hace una pausa, ese momento difícil de su vida no lo ha olvidado, es un capítulo que no ha podido cerrar, y parece que traerlo al presente le causa sufrimiento. Toma aire, y vuelve a la conversación.
“En tres meses se me fue cayendo el cabello, el que me quedó se puso blanco, la barba también se llenó de canas, se me aflojaron las muelas, me enfermé de los nervios”
Tobías dice que a él nunca le dolió nada, lo cuenta para tratar de explicar el dolor que causó en ese momento la impotencia; sin poder hacer nada, sin ninguna ayuda de las autoridades, el pensar que no volvería su finca y verse con su familia en una situación de desamparo.
No dejaba atrás sólo un rancho y las tierras que labró, dejaba un proyecto de vida. Trabajó los años de su juventud para comprar su hacienda donde sembrar, en donde recoger las cosechas le darían una tranquilidad económica en el futuro, con la convicción que al llegar a la etapa de vejez, o cuando no se es productivo laboralmente, no tuviera que sacrificarse más, sin embargo la guerra le arrebató sus mejores años de trabajo, estaba sorprendido que al despertarse un día, él y su familia ya no tuvieran nada. En ese momento se acercaba a los cuarenta años.
Comenzó desde ese día un peregrinaje por varios municipios, donde fue empleado, a veces, montó su propio negocio, con lo cual pudo sostener a su esposa y con sus cuatro hijos pequeños, que iban creciendo lejos de la vereda La Salina, donde lo habían tenido todo. Este exilio, lejos de su tierra duró casi once largos años para la familia de Tobías.
Con la obligación de arrendar espacios pequeños para vivir en las cuidades, sabiendo que tenían su propiedad amplia, fueron sobreviviendo “Es mejor ser patrón y mandar en lo de uno”, dice y se detiene en este momento para afirmar que, cuando se tiene una propiedad y está acostumbrado a mandar, no es fácil ser el empleado de alguien.
Tobías se soñaba despierto con su finca, extrañaba el correr del agua, abrir el broche de la cerca, caminar por los surcos en los cultivos, abonar las maticas, pisar la tierra negra, hasta extrañaba al perro que venía a recibirlo y acompañarlo. El clima que para este corajudo campesino es “apenas”, y trata de explicar por que: “no hace frío, no hace calor”, y suspira…la vereda La Salina ha sido el Paraíso.
Pero la enorme distancia de la zona de conflicto no significaba que los efectos de la guerra lo habían dejado de perseguir. En varias ocasiones la guerrilla de las Farc, le envío mensajes en los que le advertían que ya no volviera nunca más a su finca y Tobías les respondía siempre los mismo: “pues que echen la tierra que más les quepa en los morrales a ver si se la pueden llevar toda, porque buena tierra si es”.
No era la primera vez que Tobías contradecía las órdenes, una vez dejó de asistir a una gran reunión que convocó la guerrilla, en otra oportunidad intercedió con otros campesinos ante los alzados en armas para que no mataran a un labriego que llevaban amarrado rumbo a su ejecución.
Pasaron nueve años en los que deambuló con su familia de un municipio a otro sin poder encontrar la paz que si le podía dar su pedazo de tierra. Tobías se decidió a regresar. En este momento recuerda ese día y sube la voz : “ no me importó si me iban a matar, ya no tenía miedo, no quería morir fuera de la tierra que me costó tanto trabajo conseguir”.
Un amigo estaba buscando un socio para sembrar tomate, Tobías no lo pensó y aceptó el reto y sacó un préstamo en un banco. Lo primero que encontró fue su rancho a punto de caerse, sin puertas, las cercas caídas totalmente y sus predios llenos de maleza. El Ejército había utilizado la vivienda abandonada como un refugio. Durante dos años trabajó duro para sacar adelante su proyecto. Las primeras cosechas fueron favorables al menos unas dos mil matas dieron sus mejores frutos, pero, las siguientes dieron perdidas. La cosecha que se esperaba de unas doce mil matas se perdieron por las plagas que dañan los cultivos del tomate. Tobías explica que todavía sigue pagando el crédito del préstamo.
“Entre más duro es el porrazo, más duro debe ser la levantada” dice el campesino, con fuerza, así hablaba el señor Suárez, el padre de Tobías, es una frase que siempre recuerda en los momentos difíciles, como han sido los golpes que le propinó la guerra.
Para Tobías la familia es la que la ha dado la motivación y en la que ha encontrado las ganas para seguir adelante. Tratando de buscar una solución para darles un futuro a sus hijos, que la finca sea muy prospera como siempre lo ha soñado y pagar sus deudas, llegó otra nueva oportunidad. Un proyecto se sembrar café.
Sin ser una tierra de tradición para la siembra de este grano, muchos campesinos se animaron a plantar café en sus fincas, en un proceso que ha llevado unos cinco años, en los cuales 80 familias conformaron una cooperativa.
La siembra del café ha sido para estos habitantes el nuevo proyecto para sacar adelante sus familias y aprovechar al máximo la fertilidad de esta tierra que da lo que se siembra, según dicen los labriegos. Con el apoyo de varias administraciones municipales y el asesoramiento del gremio cafetero, los agricultores han masificado la siembra de este grano
La cooperativa se llama Asocasim, Asociación de Cafeteros de Sirguasá, Mongua, y su producto empacado y que se ha venido comercializando se llama, café La Salina.
Esta iniciativa ha acogido a treinta familias que fueron desplazadas por la violencia armada y que ven en esta siembra la forma de hacer una resistencia pacífica al conflicto que se ha vivido en esta zona.
Fui de los primeros en sembrar café en mi finca y en animar a mis vecinos para que hiciéramos realidad este proyecto, no ha sido fácil, pero vamos saliendo adelante. En Japón conocen el sabor del café que aquí se siembra. Dice Tobías con orgullo.
Además de la cooperativa de cafeteros, en el casco urbano de Mongua, se hace el siguiente proceso de tostar y moler el grano. Cuando los visitantes llegan al parque de este municipio lo primero que perciben es el olor a café que sale de un costado de la casa cural, donde empacan el producto listo para ser comercializado.
Tobías hace una pausa en su narración, que le ha costado, porque prefiere no hablar del pasado que lo mortifica, sobre todo porque afectó a su esposa e hijos, de quienes prefiere no referirse para protegerlos.
“Siento miedo al ver a un hombre armado y vestido de camuflado”, ante ese recuerdo añade que, cuando ve a los militares o policías, se pone nervioso, imagina que lo van a atacar o hacerle daño con las armas, relata el campesino. Su mirada ahora se pierde, pasa saliva, se muerde los labios y sigue narrando que nunca ha hablado de ese tema, de los miedos que durante mucho tiempo tuvo que soportar sin poderle contar a nadie, sobre todo a su familia para evitar que pensaran que él era débil ante la situación que estaban atravesando. También cuenta que las noches eran insoportables porque no dormía tranquilo. Sentía angustia por el destino que estaba llevando su esposa e hijos, fuera de su tierra.
Volví cuando me enteré que esta región ya no tenía tanta presencia de la guerrilla, aunque con temores, trabajé durante dos años solo y cuando vi las condiciones de tranquilidad volví a traer a mi esposa, pero a mis hijos mucho después, explica el labriego. Ya era el comienzo del 2013. El conflicto había cambiado su dinámica por el proceso de paz que se estaba llevando a cabo entre el Gobierno y las Farc. Los armados no hacían tanta presencia en la región, por lo menos no se volvieron a presentar combates.
Tobías se alista para salir de su rancho, va al cultivo de café, para llevar el almuerzo a dos hijos que ahora le ayudan en la finca. Antes de salir ayuda a dos funcionarios de Instituto Geográfico Agustín Codazzi, que hacen un trabajo de actualización catastral de límites y predios en Boyacá. Tobías es reconocido por su liderazgo en la región. La conversación se ha interrumpido por ahora. Pregunta por ‘guardián’ un perro criollo de pelo rubio que va a cumplir un año en la finca. Cuenta que el día de ayer una culebra ‘Talla’ le mordió la pata izquierda. Se está recuperando, ha mostrado señales de vida a un ataque que es mortal, porque es una culebra muy venenosa, afirma Tobías. Los habitantes del rancho se tranquilizan porque lo ven moverse debajo de la mesa del comedor. Ya pasaron 24 horas, ya pasó lo peor, guardián va a sobrevivir, dice Tobías. En esta región de una exuberante belleza natural, es también un lugar hostil.
El labriego continúa con sus tareas habituales del campo, lleva una manguera para lavar el grano que han recogido y al regresar al rancho, descarga un bulto en una malla para que el café se vaya secando.
En la noche se reúne con sus dos hijos, el único hombre, una joven que ha vuelto y su esposa, las otras hijas estudian, una hace la carrera de Agronomía, la menor está terminando el bachillerato.
Luego de comer, Tobías colorea el dibujo de un gallo, es una terapia que le ayuda a entretenerse. Mientras se las arregla para ir ayudando a sus hijo a llenar un crucigrama. Su hija le va explicando que de acuerdo a la fuerza con la que colorea el dibujo se conoce el carácter de una persona. Tobías interroga a su hija para saber si es fuerte o débil, la hija le sonríe. “Siento un zumbido en los oídos” cuenta para decir que no se ha podido curar de la afectación que han tenido sus nervios, y más porque no ha podido olvidar, no ha podido enterrar el pasado, no es fácil, siempre lo repite, por todo lo que ha ocurrido. Tobías pide que le den el remedio para calmar su dolor y se va a dormir.
Antes del amanecer, Tobías es el primero en levantarse, se escuchan las pisadas por el rancho construido en madera. Amanece en el caserío de Sirguasá. Al frente de la vivienda está la montaña de la Periquilla, que marca uno de los límites del páramo de Pisba, abajo corre el río Cravo Sur. Por la carretera, que va Labranzagrande, se ven unas casa de madera y muy pocas de cemento. Los pocos habitantes se dirigen a los cultivos de café o a cuidar el ganado. Por la misma carretera que es transitable cuando no llueve, muy pocos estudiantes van al Escuela, unos 25 niños. Hace 15 años asistían más de 60. La situación no ha vuelto del todo a la normalidad.
Al lado del rancho de Tobías todavía esta plantado el árbol de arrayán, donde la guerrilla amarraba a los labriegos que iba a ejecutar, cuando los campesinos pasan por ahí, tratan de no verlo, tal vez para olvidar.
Tobías se ha vestido muy elegante, con un sombrero barcino, de esos que usan los llaneros, va para una reunión de cafeteros. Antes de irse dice que el tiempo que se va no vuelve, aunque lo más difícil ha sido perdonar a sus victimarios, pero tampoco ha podido olvidar todo lo que el daño que le hicieron, sobre todo lo que tuvo que soportar su esposa que ha estado siempre su lado, y también a sus hijos, a quienes quiere darles más, ellos, los niños que ya se crecieron y que luchan por salir adelante. El campesino se aleja en una moto que conduce su hijo, guardián que ya sobrevivió, levanta la cabeza para ver a donde van. A pesar de todo, Tobías vive en su paraíso, en La Salina. Aquí caigo, aquí me levanto, dice para animarse ante la adversidad.