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El día que decidí unirme al Ejército, no tenía ni la más leve sospecha de que allí encontraría mi vocación. Lo hice al principio por cumplir un requisito, quizá por probarme a mí mismo y también ante mi familia. Pero la disciplina, los lazos de amistad que allí se establecen y, ante todo, el honor de estar defendiendo una Nación, hoy me hacen creer con firmeza que, si de nuevo me dieran a escoger entre quedarme en Bogotá o montarme al bus que me llevó a Tolemaida ese día de 1994, optaría por lo segundo.
Perdí mis piernas el 2 de septiembre de 2004, mientras hacía operaciones de registro para el batallón Héroes de Güepí, en el Caquetá. La noche anterior habíamos combatido con la guerrilla del bloque Sur, frente 14 de las Farc, que tenía dos secuestrados, que eran nuestra prioridad. Terminamos con un soldado herido en un antebrazo. A las 6 de la mañana la orden fue reunir las bajas, tener al soldado listo y hacer un registro para la evacuación. Después de una hora, los tres hombres que iban conmigo y yo llegamos a una pendiente, y decidimos parar y devolvernos. Entonces, estalló la mina. Cuando abrí los ojos, tenía el fusil en el pecho. Estaba hecho añicos. Todo era humo y confusión. Levanté el torso para buscar con la mirada al Gato o al Flaco o al cabo, y entonces vi que no tenía la pierna izquierda y que estaba sentado sobre la derecha. El Gato vino a mi lado, sin medio pie, mientras el cabo se levantaba a gritar para luego desplomarse por las heridas internas. Se oyeron tiros y luego las voces de los soldados que vinieron a auxiliarnos. Entonces levantaron al Flaco, que gritaba como podía, sin la mandíbula. Eso, que pareció una eternidad, seguro no duró más de cinco o seis minutos.
Caí doce días en coma, vivo por la destreza del enfermero Yate, que nos salvó a los cuatro. Me desperté en Bogotá, ya sin piernas. Entonces supe que tenía que sacar fuerzas por mi familia y mis tres hijos, que en ese momento eran unos bebés. Soy padre soltero. Logré mi primer cometido al salir del hospital antes de mi cumpleaños, que es el 26 de septiembre. A los dos días de haber sido dado de alta, ya les estaba reclamando a mis familiares por qué me regalaban sólo camisas y pantalonetas. ¿Dónde estaban las medias que por tantos años habían sido el obsequio predilecto? El chiste quizá no les causó tanta gracia como a mí. De a pocos, con esa chispa, me fui reencontrando con una de las cosas que más me gustaban en la vida: el deporte. Pero esta vez no era micro o atletismo, sino la hand bike, que pronto me llevó a completar la maratón de Miami, ondeando la bandera de Colombia al llegar a la meta.
Hoy soy sargento primero del Ejército, tengo 39 años y completo 22 de ellos en la Fuerza. Soy deportista de alto rendimiento, estudio octavo semestre de lenguas modernas en la Universidad Javeriana y trabajo como coordinador en el centro de rehabilitación inclusiva para militares heridos. Es una labor en la que, con la Corporación Matamoros, buscamos la inclusión educativa y deportiva de los militares en tratamiento médico.
¿Por qué perdonar a quienes me arrebataron las piernas y experiencias como enseñarles a mis hijos a patear un balón? Cuando uno porta el uniforme, sabe de los peligros y asume una responsabilidad. Más aun, haberme estancado en ese hecho me hubiera impedido lograr todo lo que he alcanzado. Se puede perdonar, pero no olvidar. No puedo olvidar que no tengo piernas, así como una madre tampoco puede olvidar a su hijo secuestrado o muerto, incluso por personas que olvidaron el significado de ser militar. Olvidar sería aceptar lo que pasó.
Perdono por mis hijos, para que no haya herencia de rencores sino una verdadera reconciliación, que es una tarea de todos: víctimas, victimarios, Estado y cada ciudadano. Sueño con ir algún día con mi familia al lugar donde perdí las piernas, para mostrarles, cuando haya paz, que todo es diferente y que lo que me pasó fue por una causa. Sueño también con el día en que la labor del Ejército no sea esta guerra, sino ir en busca de las necesidades de los colombianos y por ejemplo ir a enseñar idiomas en los lugares que por décadas han estado privados de la educación. Y no soy el único que piensa así, no soy el único que diría “sí” a hacerlo todo otra vez, como cualquiera que ama su profesión. Ser militar es un honor.