En cada puntada que da una mujer arhuaca al tejer, hay vida. Las mochilas nacen de un movimiento en espiral, que va de adentro hacia afuera y que encarna el origen, como un retorno simbólico al útero del que surge la vida. No es una interpretación estética, es la forma como entiende y se vive en la comunidad indígena para la que, históricamente, las mujeres han llevado sobre sus hombros la labor de ser puente entre la existencia y el territorio.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Lea también: Cine en Medellín: la escena que falta por construir para tener una gran historia
En la maternidad como en el tejido, el punto de partida es el cuidado. Un trabajo que, en la mayoría de los casos, no recibe el reconocimiento ni la remuneración justa. Es esa la premisa que hoy le da lugar a la Casa del Cuidado Ancestral Arhuaca que está en la Sierra Nevada de Santa Marta, entre los límites de Valledupar y Pueblo Bello, donde está el resguardo indígena de Jimaín.
Al lugar llegan tejedoras de las comunidades de Gun Aruwun, Sogrome, Ikarwa, Jimaín, Karwa y Simonorwa, así como a sus hijos e hijas entre los 0 y 7 años, en un circuito de cuidado que busca fortalecer su autonomía económica y el manejo de sus tiempos, que abrió desde el pasado 17 de mayo, bajo el liderazgo de la Asociación de Mujeres Constructoras de Paz JOSA, y el apoyo de líderes indígenas, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Ministerio de Igualdad y Equidad.
El tiempo, una posibilidad para las mujeres
Antes de la muerte de su madre, Alides Navarro Izquierdo compartía con ella el sueño de tener un lugar en donde las mujeres no estuvieran solas. Hoy, con 38 años y cuatro hijos, recuerda que, para entonces, la idea parecía una utopía.
Según las cifras del DANE, hasta el 2021, el cuidado no remunerado “dentro del autorreconocimiento étnico a nivel nacional, quienes más dedican tiempo al trabajo de cuidado son las mujeres indígenas con 9 horas y 14 minutos diarios, en promedio, a estas actividades, seguido de las mujeres palenqueras con 8 horas y 32 minutos”.
Por eso, tras la muerte de su madre, dice Navarro, esta nueva iniciativa da un nuevo sentido a su sueño. “Siento mucha alegría, es un espacio que realmente puede aportarnos para cumplir metas, para tocar puertas en la comunidad y fortalecer proyectos venideros como este, que ahora es una realidad”. Además, asegura que permite que los conocimientos y las prácticas propias permanezcan.
“Tiempo para trabajar, para seguir estudiando, para crear, para construir sus sueños y para seguir creciendo como seres humanos”, añade Yoraima Navarro, liderearhuacaaca, pionera de la idea de la Casa de Cuidado y fundadora del colectivo JOSA, una organización que reconoce el papel de quienes sostienen sus hogares y que, a la par, “promueve el empoderamiento de las mujeres indígenas, la preservación de los saberes ancestrales y la visibilización de su cultura a través de la comercialización de productos artesanales y agrícolas”.
La llegada de la casa
Antes de levantar la casa, visitaron sitios sagrados y tuvieron encuentros con los líderes máximos del resguardo, los Mamos. “Fue un proceso de tiempo porque al principio creían que era un espacio pensado con otros ideales u objetivos. Pero cuando se explicó que el trabajo se iba a hacer con gente y para gente de la comunidad, y que los niños también iban a aprender y fortalecer la lengua, la cultura, la música, los bailes y las tradiciones, comenzaron a ceder”, explica Aleidis Isabel Acosta, mano derecha de las lideresas, quien cumple labores administrativas.
La construcción, que tardó casi un año, avanzó con la llegada de insumos como cemento y materiales de obra, junto con donaciones de juguetes, colchonetas y colores que funcionarían para atender a los niños.
Los recursos económicos y los avales vinieron de la OIT, que puso capital semilla para adecuar el espacio; el Ministerio de la Igualdad dotó parte del material, y las autoridades del pueblo arhuaco en la Sierra aportaron el predio y la estructura inicial de la vivienda.
Le recomendamos: El desafío de proteger el principal corredor ambiental de Cali en medio del turismo masivo
El 17 de mayo pasado, madres e hijos entraron por primera vez a la casa que desde este momento también les pertenece. Sembraron palmas de coco, de las que sacan un aceite que, aseguran, aporta al desarrollo temprano de las infancias.
Además, tuvieron espacio para el arte, para el agradecimiento, para exhibir los tejidos de las arhuacas, para la palabra y el ritual tanto en lengua iku como para el español —el español costeño, precisan—.
Un proyecto piloto para replicar
En la vivienda rectangular de paredes blancas, la luz entra por las ventanas que por ahora siguen siendo unas pequeñas rejas negras. En la fachada, una pintura que representa a la cultura arhuaca en la Sierra cuida del espacio que se completa de a poco: aunque la estructura quedó lista hacia finales de octubre, aún faltan algunos elementos para su funcionamiento.
“Hay que mejorar ciertas cosas, como ponerle el piso, para que no nos quede rústico por la tierra; después de eso se llevarán las ollas, dotaciones para la cocina, además de una impresora, una cafetera, un computador para la oficina, más sillas y mesas...”, señala Acosta. Se espera que la casa quede operativa el segundo semestre de este año.
Como parte del programa Prestación de cuidados a través de las cooperativas, financiado por el Gobierno de Suecia en alianza con el Ministerio de Igualdad y Equidad, la Casa del Cuidado Ancestral Arhuaca se consolida como la segunda experiencia de este tipo en el país. La primera fue la Casa de Partería en Quibdó, donde se benefician más de 200 mujeres.
“No es simplemente llevar una estructura o un proyecto a una comunidad. La idea es hacer alianzas para que las mujeres que van a estar laborando, porque esto es un trabajo, sean remuneradas con el salario vital. Para eso se planea la alianza con el ICBF, las alcaldías y la Gobernación del Cesar, pues son entre 50 y 100 niños que podrían atenderse a la semana y se requiere del salario mínimo vital para ello”, explica Acosta.
“Sueño con que podamos llegar a las zonas más remotas para llevar una voz de aliento, para recompensar todo ese esfuerzo que vienen haciendo por décadas. Que JOSA sea una organización fuerte, que se valore el trabajo de la mujer, cambiar sus vidas: llevar la mochila lejos”, dice entre risas de victoria Yoraima Navarro, quien hoy celebra que la Casa del Cuidado Ancestral sea una realidad.