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Sotanas, política y fusiles

Darío Villamizar Herrera recuerda el legado de Camilo Torres Restrepo 50 años después.

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Darío Villamizar Herrera*
16 de febrero de 2016 - 01:57 a. m.
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Después de la muerte de Camilo Torres Restrepo, ocurrida el 15 de febrero de 1966, hace 50 años, ingresaron al Eln decenas de cristianos, seminaristas, sacerdotes y monjas, tanto colombianos como de otros países, convencidos de la compatibilidad entre marxismo y cristianismo. Los más renombrados fueron tres curas españoles: Manuel Pérez Martínez, Domingo Laín Sáenz y José Antonio Jiménez Comín, quienes aparecieron por Cartagena en 1967 luego de su paso por la República Dominicana de donde fueron expulsados por su labor “subversiva” de acompañamiento a los más humildes. De Cartagena también fueron expulsados y regresaron clandestinamente para entrar al Eln.
 
Para muchos cristianos en América Latina estaba claro que la opción era por los pobres. La muerte de Camilo señalaba el camino a seguir. La Teología de la Liberación fue el sustento de movimientos como Golconda en Colombia o el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de Argentina, en los que se discutía en torno a las resoluciones del Concilio Vaticano II, las jerarquías eclesiales y la Iglesia más progresista, la lucha armada y lecturas de Teillard de Chardin. Tras las huellas de Camilo muchos de ellos fueron a engrosar las filas de nacientes guerrillas en el continente.  
 
En Brasil, el 31 de marzo de 1964, con el apoyo de los Estados Unidos, los militares dieron un golpe de Estado que derrocó al Presidente constitucional João Goulart. La dictadura del general Castello Branco promovió la persecución y represión a los opositores del régimen. Los años de plomo se iniciaban. Cuatro años después se conoció la "Declaración de la agrupación comunista de Sao Paulo", una disidencia del Partido Comunista do Brasil (PC do B), embrión de la Acción Libertadora Nacional, ALN, organización  armada que dirigiera el exdiputado Carlos Marighella, considerado como “el padre de la guerrilla urbana”. 
 
Marighella supo conquistar el apoyo de muchos sectores. Un grupo de frailes dominicos con sus tradicionales sotanas blancas, integrados a las Comunidades Eclesiales de Base, participó activamente en la lucha contra la dictadura militar desde las filas de la Aln. 
 
El más conocido de ellos, Frei Betto, escribió un hermoso texto titulado Bautismo de Sangre en el que narró su papel en la guerrilla urbana junto con los frailes Oswaldo, Mauricio, Fernando, Ivo, Tito, Ratton y Magno: “Me dolió el describir con destalles la pasión y muerte de frei Tito de Alentar Lima, llevado al suicidio en 1974, a sus 28 años, debido a las torturas sufridas en las dependencias del 2º Ejército, en São Paulo. Querían obligarlo a firmar confesiones falsas y delatar a personas. No escucharon más que el silencio de aquel religioso que sabía que ‘era preferible morir a perder la vida’, como escribió en su Biblia”. Todos ellos sufrieron la persecución y torturas por parte del comisario Sergio Fleury del Departamento de Orden Político y Social (DOPS) del gobierno federal y los horrores en las cárceles de la dictadura, en especial en el Presidio Tiradentes. 
 
En septiembre de 1966, a tres meses del golpe de estado del general Onganía en Argentina, circuló profusamente el número 1 de la revista Cristianismo y Revolución que dirigía el exseminarista Juan García Elorrio. En el editorial de este primer número se leía: “¿Qué sentido tiene para los cristianos su compromiso con la auténtica Revolución? Los artículos que publicamos en este número responden claramente este interrogante. Todos provienen deliberadamente del campo cristiano. Cada uno aporta la particularidad de sus enfoques, de sus circunstancias, de las personas que los escriben o que, como en el caso del Padre Camilo, lo firman con su propia sangre. Esto es lo que pretendemos reflejar: el sentido, la urgencia, las formas y los momentos del compromiso de los cristianos en la Revolución”. La revista publicó el mensaje de Camilo a los colombianos cuando desde las montañas anunció ocho meses antes su incorporación al Eln. 
 
De las páginas de Cristianismo y Revolución surgió un año más tarde el Comando Camilo Torres en el que participaba el propio García Elorrio y varios de quienes conformarían el grupo Montoneros que se dio a conocer en mayo de 1970 con el secuestro y muerte del general Pedro Eugenio Aramburu. Durante muchos años, y hasta su asesinato por grupos parapoliciales de extrema derecha en mayo de 1974, el guía espiritual de Montoneros fue el padre Carlos Mugica que había participado en la CELAM de Medellín en 1968 y solía decir: “estoy dispuesto a que me maten pero no sé si estoy dispuesto a matar”.
 
En la Navidad de 1967 se dio a conocer en Santiago de Chile el Movimiento Camilo Torres; en la misa de Nochebuena sus integrantes distribuyeron un manifestó en el que reafirmaron la decisión de promover con los hechos el diálogo marxismo - cristianismo: “Hemos decidido reafirmar en esta Pascua nuestro compromiso hasta las últimas consecuencias con los explotados, nuestra solidaridad activa con los pueblos que luchan con las armas en la mano para liberarse de los opresores foráneos y nacionales”. Tres años más tarde, cuando fue elegido el socialista Salvador Allende a la Presidencia de la República, 80 sacerdotes coordinados por el padre Gonzalo Arroyo se comprometieron a acompañar al nuevo gobierno en la construcción del socialismo.
 
A Nicaragua llegó por esos años un sacerdote español de nombre Gaspar García Laviana. La lucha del Frente Sandinista para la Liberación Nacional, FSLN, contra la dictadura de Anastasio Somoza arreciaba y en las trincheras los hijos de Sandino coreaban en medio de los combates: “Entre cristianismo y revolución no hay contradicción”. A ellos se unió el cura asturiano y junto a miles de internacionalistas participó en numerosos combates hasta convertirse en el Comandante Martín. Pocos meses antes del triunfo sandinista del 19 de julio de 1979, su grupo fue emboscado y murió protegiendo la retirada de sus compañeros. 
 
“El somocismo es pecado y liberarnos de la opresión es librarnos del pecado. Y con el fusil en la mano, lleno de fe y amor por el pueblo nicaragüense, he de combatir hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en nuestra patria. ¡Patria libre o morir!”, señaló en uno de sus últimos escritos. 
 
La muerte de Camilo partió en dos la historia de la Iglesia en Colombia. Desde los pulpitos y en el silencio de la clausura, desde los centros de producción y en las calles polvorientas de nuestras ciudades, religiosas como la hermana Leonor Esguerra, madre superiora del Colegio Marymount, y el padre franciscano Diego Cristobal Uribe Escobar, meditaban y sopesaban los pasos a seguir en su camino de servicio a los más pobres… 
 
* Politólogo 

Por Darío Villamizar Herrera*

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