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20 Jul 2020 - 7:13 p. m.

Un vuelo humanitario convertido en show

La historia de un vuelo humanitario que más pareció una fiesta y una invitación al contagio.

Francisco Barrios / Especial para El Espectador

Hasta hace dos semanas estuve trabajando en un colegio en la esquina noroeste de Connecticut. Se trataba de un contrato de dos años que se vencería el 30 de junio y, con él, mi visa de trabajo. Después de esa fecha, tenía un mes para salir de Estados Unidos. Siempre supe que tenía que volver y así lo quería, pero cuando llegó la pandemia, en marzo, mi retorno a Colombia se complicó.

Empecé a hablar con otros amigos colombianos en Estados Unidos y a mirar compulsivamente las cuentas en redes sociales del Consulado de Colombia en Nueva York y de la Cancillería buscando el término “vuelos humanitarios” y, a pesar de leerlo repetidamente, por alguna trampa de mi inconsciente, siempre decía “vuelos imaginarios”. Se volvió un chiste con mis amigos en Colombia, que parecían más preocupados que yo por mi retorno en uno de esos vuelos.

En abril, las noticias que intercambiábamos los colombianos en el exterior eran de unos vuelos costosísimos a los que parecía imposible subirse. Se hablaba de tiquetes aéreos Bogotá-Nueva York de más de 1.000 dólares y, en las redes sociales, la gente pedía auxilio y expresaba su indignación por el alto costo y la ineficiencia de las autoridades. Yo tenía por delante dos meses de trabajo dando clases en línea, así que decidí hacer a un lado esa preocupación, mientras que muchas personas me advertían que me preparara para quedarme varado hasta septiembre, cuando se reabrirían los vuelos comerciales.

Cuando terminé mis clases, el 30 de mayo, tomé impulso para iniciar mi proceso de repatriación. Diligentemente le escribí al Consulado de Colombia en Nueva York y me registré en el portal de la Cancillería. La comunicación con el Consulado siempre fue fluida y eficiente en cuanto a los trámites, pero el anuncio de los vuelos era estresante por lo incierto.

El comunicado del 19 de junio dice: “Si bien no hay una fecha confirmada del próximo vuelo de retorno desde Nueva York, usted debe estar preparado para viajar una vez sea notificado telefónicamente por el Consulado. En caso de no aceptar el cupo, no se le garantiza la asignación en los siguientes vuelos debido al alto número de solicitudes y al limitado cupo”.

El 29 de junio recibí la llamada del Consulado en la que me notificaban que tenía un cupo en el vuelo que saldría ocho días después. El funcionario que me llamó fue diligente y amable. Mandé por correo los documentos que hacían falta y me dediqué a preparar mi salida del colegio.

Cuatro días antes del vuelo no había recibido ningún correo que explicara cómo y cuándo comprar el pasaje con Avianca, así que les escribí apremiándolos. A las pocas horas recibí un correo de la aerolínea en el que incluían un código promocional que debía digitar para poder hacer la transacción. El código no funcionó. Lo digité muchas veces y lo copié y pegué otras tantas. Nada. Entendí esto como una señal ominosa: la diligencia de la primera etapa de mi proceso había llegado a su fin. Después de reconocer su error, la aerolínea me mandó un enlace con el que finalmente pude hacer la compra. Ya tenía el pasaje, ahora tenía que llegar al aeropuerto JFK de Nueva York, tomar el vuelo y llegar a Bogotá.

El día del viaje salí de mi casa en Connecticut a las 6 am. Llegué al aeropuerto a las 8:30. Salvo por unos pocos compatriotas que tomarían el mismo vuelo que yo, el aeropuerto estaba vacío. Era desolador ver las salas de espera sin gente. Vi a algún bedel solitario con su carrito de aseo y, por los ventanales del aeropuerto, las flotas de las aerolíneas en tierra. Caminé algunos metros en ese silencio abismal hasta que un murmullo familiar me llegó. El murmullo de Colombia.

A la entrada de la sala de registro de Avianca había tres funcionarios del Consulado que nos registraban a los pasajeros con una actitud presurosa y despectiva, mientras que entre ellos recochaban. A riesgo de ser solemne, creo que la pandemia nos obliga a cierta gravedad en público, sobre todo si somos funcionarios del gobierno. Mientras que un hombre sentado en una silla confirmaba nuestros nombres en una hoja, uno de sus colegas, de pie a su lado, lo distraía, le comentaba algo, se reían. Después de darle mi nombre, me puse en la fila de espera. Todo el mundo tenía tapabocas, pero algunos no se cubrían la nariz y casi ninguno respetaba la distancia social, a pesar de las vistosas calcomanías amarillas pegadas en el piso. Tres mujeres de traje formal, que no eran pasajeras, sino al parecer funcionarias, nos tomaban fotos con el celular y charlaban entre ellas. Ningún empleado les dijo nada, ni ellas nos preguntaron si podían tomarnos fotos. ¿Eran para hacer publicidad en las redes sociales?

Me registré en la ventanilla de Avianca y seguí al control de seguridad, ya resignado a no poder mantener la distancia social. En la fila de entrada al avión, la gente se pegaba como en un vuelo cualquiera antes de la pandemia. Llegué a mi silla, me senté, y comprobé que el avión iba repleto. No había una sola silla vacía mientras que los protocolos internacionales recomiendan al menos una silla vacía entre dos pasajeros. Tan pronto como cerraron las puertas, y antes de dar los anuncios de seguridad, nos informaron que por causa de la emergencia sanitaria no prestarían el “servicio de entretenimiento”. Supongo que tiene sentido evitar el tacto de un control remoto o de una pantalla, pero ya que estábamos apretados en un avión, tal vez habríamos podido ver una película. Tampoco habría comida, agregaron.

A mi lado iban dos jóvenes que parecían tan nerviosas como yo. Sin hablarnos y ni siquiera mirarnos, sentí que habíamos establecido algún tipo de solidaridad en el miedo. Los pasajeros más viejos se paraban al baño y, mientras esperaban a que saliera la persona que estaba adentro, charlaban animadamente a pocos centímetros de distancia unos de otros. De repente, las auxiliares de vuelo empezaron a repartir bolsas con comida de paquete. Cuando ya habían terminado de repartirlas, los pasajeros las abrieron, se quitaron el tapabocas y empezaron a comer todos al tiempo. Se me vino a la mente el término “inmunidad de rebaño”, y si ahora resulta que doy positivo para el COVID-19, sé que me contagié en ese momento en el que el rebaño comió.

Cuando el avión aterrizó, el descenso fue organizado por filas y sillas, lo cual evitó la aglomeración. En los pasillos de El Dorado, los controles fueron rigurosos: nos tomaron la temperatura, y cada tanto había empleados del aeropuerto dando gel antibacterial y recordándonos la necesidad de mantener la distancia. Pero después de recorrer el largo pasillo de entrada, desembocamos en la sala de Inmigración y la sensación de protección se fue al traste: dos bafles tocaban a todo volumen “Colombia tierra querida”, y no hay que ser un experto en seguridad para saber que poner música en un recinto entorpece cualquier anuncio en caso de una evacuación y, de paso, confunde a la gente que, en este caso, ya venía crispada. Creo también que apelar al patriotismo folclórico en medio de una crisis global es superfluo e inútil.

Pasé rápidamente el control de Inmigración, cogí un taxi y me vine para una casa en el campo en la que pasaré el aislamiento obligatorio. Esa noche dormí diez horas de corrido. A la mañana siguiente le conté todo esto por WhatsApp a una amiga de cuyo impostado cinismo suelo burlarme. Tienen huevo! Que ya abran los vuelos y dejen de hacer el show, me escribió. Por esta vez le di la razón. Desde el momento en que llegué a la sala de espera de Avianca hasta que cogí el taxi en El Dorado, todo fue eso: un show.

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