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El padre César Darío Peña García tenía 43 años de edad y 17 de sacerdocio cuando fue secuestrado por las Farc el 15 de marzo de 2004. Toda su vida en la Iglesia la ejerció en sitios donde habitaban la pobreza y los grupos ilegales: el municipio de Sopetrán, los corregimientos de Santa Ana en Ituango, Puerto López en El Bagre, Ochalí en Yarumal y El Raudal en Valdivia.
Según su madre, María Lucila García, su hijo era un hombre dedicado a su comunidad y eso ya le había traído problemas con la guerrilla. “Cuando estaba en Ochalí tuvo que salir de allá porque las Farc decían que él les ayudaba a los pobres y ellos no estaban de acuerdo”. Pese a salir amenazado por el frente 36, el vicario de la Diócesis de Santa Rosa de Osos, a la cual pertenecía el padre Peña, lo envió al corregimiento El Raudal en Valdivia, donde también operaba el mismo grupo subversivo. “Él me decía que allá estaban la guerrilla y los paramilitares. La situación era complicada, pero él estaba resignado. Nosotros no entendíamos cómo el vicario Jairo Tamayo, conociendo la situación y que la guerrilla lo había sacado de Ochalí, lo mandó a trabajar allá”, relata su madre.
Año y medio permaneció el padre Peña con su labor pastoral en El Raudal. El lunes 15 de marzo de 2004, a las 7 de la mañana, llamó a su mamá para despedirse de ella como era costumbre. “Me dijo que se iba para una vereda a dar misa y volvía el jueves. A él le tocaba ir 6 ó 7 horas a lomo de mula para atender a las comunidades. Me dijo que me llamaba el jueves cuando volviera”.
Sin embargo, la llamada nunca llegó, su mamá llamó varias veces a la parroquia en busca de información, pero nadie sabía nada. El domingo 21 de marzo llegó al pueblo el asistente del padre, quien confirmó que la guerrilla se lo había llevado.
Dos semanas después, las Farc le enviaron una carta al vicario Jairo Tamayo, el único pronunciamiento que hicieron sobre el caso. “En la carta le decían que tenían al padre, que los antecedentes hablaban del porqué y que no lo buscaran, que no lo iban a encontrar”.
El padre Elkin Pérez, amigo del sacerdote, se arriesgó e ingresó a la zona donde las Farc lo habían secuestrado. Según doña Lucila, lo único que le dijeron fue “por donde entró, vuelva a salir”.
Desde ese momento, nada más se supo del padre César Darío Peña, su madre le envió una carta al Papa Juan Pablo II, quien el 4 de mayo de 2004 le pidió a las Farc que lo liberaran. Pero ni el mensaje del Sumo Pontífice, ni las marchas, ni las campañas en internet dieron resultado. Doña Lucila se unió a las Madres de la Candelaria y cada viernes en el atrio de la iglesia en el Parque de Berrío, en el centro de Medellín, pedía que alguien le informara acerca de su hijo.
Pasaron siete años, dos meses y ocho días, doña María Lucila recibió la llamada del fiscal que por fin le daba noticias de su hijo, aunque no eran las que ella esperaba. “Me dijeron que habían exhumado los restos de mi hijo en la vereda Tierra Fría. Le encontraron el cleriman y todo apunta a que es él. Sin embargo, me van a hacer las pruebas de ADN. Eso para mí es muy duro, porque yo tenía la esperanza de que llegaba vivo, pero por lo menos puedo darle cristiana sepultura”.
El hallazgo del padre
Según conoció El Espectador, la Unidad de Justicia y Paz en el año 2008, a través de la asociación Manos por la Paz, que trabaja en las cárceles Bellavista e Itagüí, recibió la información suministrada por dos exguerrilleros del frente 36 de las Farc, quienes entregaron la ubicación de la fosa a cambio de beneficios de ley. A pesar de tener las coordenadas, la diligencia no había podido realizarse debido a la presencia de minas fantasmas, minas antipersonas y grupos ilegales en la zona.
A principios de mayo, el fiscal de exhumación encargado de la diligencia preparó todo para ingresar al sitio descrito por los guerrilleros. “Pedimos apoyo a la Brigada XI para el traslado del personal en helicópteros, apoyo del Batallón Rifles y el grupo de desminado y el sábado 14 de mayo se inició el desplazamiento del personal”, le explicó a este diario el fiscal.
El martes 17 de mayo llegaron a la vereda Tierra Fría y fueron hostigados por los grupos ilegales que operan en la zona. “El miércoles a las 4 y 30 de la tarde logramos llegar hasta la fosa, pero debido a la lluvia nos tocó acampar en el lugar. El jueves a las 7 y 30 de la mañana exhumamos los restos. El viernes salimos hasta el sitio Altos del Conejo, donde nos iba a recoger el helicóptero, y de nuevo nos hostigaron. Por fortuna no hubo lesionados”.
Después de tantas dificultades, los restos del padre Cesar Darío por fin se encuentran en el laboratorio del CTI en Medellín, a la espera de su plena identificación para ser entregados a su madre. “Mi esposo murió hace 20 días y cuando estaba muy enfermo llamaba a César, él quería tener noticias antes de morirse y se fue con esa tristeza. Que los perdone Dios por tanto dolor que nos han causado a las madres a las que nos han arrebatado nuestros hijos”.