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Una vida para los otros

La familia Torres Ramírez, padres y diez hijos, han rescatado a niños de la calle. Los llevaron a su casa y los criaron como hermanos, los atendieron en el Cartucho y el Bronx. Ahora tienen una fundación para salvarlos de la droga y el abuso.

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Gloria Castrillón
20 de julio de 2013 - 02:59 p. m.
La familia Torres Ramírez./Luis Ángel  y  Ricardo Torres
La familia Torres Ramírez./Luis Ángel y Ricardo Torres
Foto: LUIS ANGEL
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Antes de que naciera cada uno de sus 10 hijos, don Álvaro Torres le pedía a Dios que ese ser que venía en camino fuera un luchador. Adoraba los niños. Lo había descubierto muy joven cuando vivía con María, su mujer, en un inquilinato en el centro de Bogotá y veía que los hijos de las cabareteras pasaban el domingo encerrados mientras sus mamás descansaban. No soportaba que esas criaturas estuvieran tiradas en un patio y un domingo cualquiera se los llevó al parque. Y fue feliz. De tal manera que cuando empezaron a llegar sus retoños disfrutaba comprando balones, guantes de boxeo y cuanto juguete pudiera para pasarla con ellos.

Trabajaba muy duro. Le había tocado decir que era conservador —cuando en realidad era un santandereano gaitanista medio revoltoso— para conseguir trabajo en la capital después de salvarse de la violencia partidista. Le tocó ver la pobreza de los campesinos que, como él, huían a la ciudad. Gracias a sus “manos santas”, como las llama, aprendió el arte de transformar la madera y resultó ser un gran ebanista. Así levantó su hogar.

La plegaria fue escuchada. Uno a uno los hijos de don Álvaro fueron aterrizando en este mundo y aprendieron lo único que les pudo enseñar: servir a los demás. Nunca hubo sermones ni declaraciones de principios. Sólo ejemplo. Al comienzo parecía un juego; consistía en tener un hermanito nuevo. El primero salió hace poco más de 30 años de un contador de agua, en la calle 20 con carrera 3ª, frente al Hotel Niágara. El niño tendría 10 años, se había metido ahí atraído por el calor de los primeros baños turcos que funcionaron en Bogotá. Se llamaba Ricardo.

Entre todos le prepararon una cama, le arreglaron ropa y lo llevaron al colegio. Pero cada vez había más niños en la calle. Huían de sus casas porque les pegaban, porque no había qué comer, dormían en los andenes arropados con periódicos y los carteles que anunciaban los estrenos del cine y las peleas de lucha libre. Así que a Ricardo se sumaron otros hermanitos.

Don Álvaro, de 86 años, no sabe a cuántos “hijos” de la calle albergó en su casa. A todos intentó reunirlos con sus familias. No siempre lo logró, pero hoy cuenta orgulloso que varios de ellos todavía lo visitan y le llevan sus hijos y le cuentan de sus nuevas vidas. Y recuerdan cómo armaban brigadas en las noches para buscar al que volvía a la calle buscando pegante o marihuana, o cómo se tenían que levantar en la madrugada a abrirle la puerta al que llegaba a deshoras.

Sus hijos de sangre crecieron, mientras veían que la droga iba transformando la sociedad. Ya no sólo eran niños, a la calle llegaban adultos de todas las edades y estratos sociales. Y ya no consumían pegante o marihuana, había pepas, coca, hongos, bazuco, heroína… No bastaba con llevar niños a su casa, legalmente no era viable. Había que actuar de otra manera.

Alberto, el hijo mayor de los Torres Ramírez, tiene hoy 54 años. Fue testigo de cómo el prestigioso barrio Santa Inés, donde vivían las familias poderosas, se fue convirtiendo en una ‘olla’. Lo llamaron el Cartucho. Se fue llenando de indigentes y consumidores de droga, de ladrones y delincuentes de todos los pelambres ante la mirada impasible de las autoridades. Organizó a sus estudiantes de comunicación social de la Universidad Tadeo Lozano para llevar ropa y comida, para hacer brigadas de aseo y salud para los habitantes de la calle.

A medida que sus hermanos crecían los iba llevando al Cartucho. Con su papá recogían regalos para los niños en Navidad y disfraces para el Halloween. Capacitaron y organizaron a las mujeres para que trabajaran y no robaran. Y se dedicaron a atender la enorme población infantil que crecía de puertas para adentro en esas enormes casas convertidas en oscuros y sucios inquilinatos. Pero no conseguían apoyo económico.

Angustiado porque nadie tenía plata para atender a los niños de la calle, Alberto se fue a París, en 1995, a buscar recursos para una fundación que acababa de crear con sus nueve hermanos. La llamaron “Ponte en mi lugar”. Arrendaron una casa en el Cartucho para hacerles talleres de lectura y arte, actividades diferentes al consumo y el delito.

“Los niños no buscaron ni eligieron esa vida y el Estado lo único que les ofrece es crimen y droga”, decía Alberto en su presentación, al tiempo que contaba lo que su familia hacía en Colombia. En lugar de donaciones recibió una oferta de trabajo para atender a los consumidores de droga que llenaban las ciudades europeas. Aceptó. Vio que mientras aprendía, podría enviar su sueldo a la fundación y conseguir más recursos.

Hoy es uno de los expertos más consultados en Europa en reducción del riesgo, la política que la Unión Europea adoptó desde 2004 para que sus Estados reconozcan el consumo de drogas como un problema de salud pública.

Dirige Step, un centro de atención para usadores de droga en La Goutte d'Or, barrio de distrito 18 de la capital francesa que atiende a 160 personas al día y que forma parte de una red de centros que tiene más de 1.600 empleados en Francia y que es dirigida por Eric Pliez, una eminencia mundial en el tema.

Las contribuciones de Alberto en la atención de usadores de droga son invaluables. Al ver que los consumidores de crack tenían las manos llenas de callos, con vejigas infectadas por las quemaduras y cortadas, creó un kit con elementos desechables, esterilizados y seguros. Era la mejor forma de evitar que los muchachos se contagiaran con VIH o hepatitis C. En 2002 el gobierno francés apoyó su idea y ordenó distribuirlos de manera gratuita para heroína, crack y cocaína. La experiencia fue replicada en otros países europeos.

Ha asesorado la creación de las salas de consumo controlado de drogas en Brasil, Portugal y España. Es consultor internacional y su centro es visitado por expertos de todo el mundo que quieren aprender de su trabajo. Su última idea fue la creación de los apartamentos terapéuticos. En París funciona uno. Es un hotel al que van los usadores que han superado una etapa de la rehabilitación. Allí tienen habitaciones individuales y lugares comunes donde pueden consumir droga bajo la supervisión de personal médico, tal como funciona en las narcosalas.

Vladimir tiene 39 años y aunque soñó ser biólogo marino, se dio cuenta de que la psicología social le serviría más en su empeño por sacar adelante la fundación. Entró al Cartucho y al Bronx poco después de cumplir los 18 años y aprendió cómo funciona la calle, sus códigos, sus jerarquías.

Desde que Alberto se fue a París se puso al frente de la fundación y consiguió, junto con sus hermanos, una casa en La Candelaria para darles un hogar de paso a los hijos de habitantes de la calle y una opción de vida diferente al abuso sexual, al consumo de alcohol y drogas, a la prostitución y al delito. Con el tiempo se dieron cuenta de que no podían arrebatarles los niños a sus padres. Así que optaron por un modelo distinto.

Sin dejar de ir a la calle a asistir enfermos y curar heridos en las ‘ollas’, abrieron la fundación para que los niños asistieran a clases de refuerzo escolar, talleres de arte y, a la vez, pudieran hacerles un seguimiento pormenorizado: registrarlos, escolarizarlos y vincularlos al sistema de salud. Crearon un sistema de padrinazgo para que los donantes, que nunca son suficientes, garanticen la educación de los niños. Son varios los ejemplos de jóvenes que se graduaron de bachillerato y universidad, y lograron cambiar el destino que tenían marcado: vivir y morir en la calle.

Varias veces al año Vladimir viaja a Europa a conocer de la mano de Alberto las políticas más novedosas para la atención de consumidores. Ya graduó la primera promoción de 35 jóvenes del colegio de La Candelaria en un diplomado sobre reducción del riesgo, proyecto piloto en América Latina. Está convencido de que con suficiente información los jóvenes están menos propensos al consumo.

Por Gloria Castrillón

 

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