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Falleció el abogado externadista Rogelio Castillo a los 99 años

Uno de los pocos afrocolombianos en el litigio ante las altas cortes de su época.

Fundación Color de Colombia

07 de enero de 2026 - 10:25 p. m.
Rogelio Castillo Candelo se movía con propiedad en ámbitos conservadores del aparato judicial.
Foto: Cortesía
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Nacido en Buenaventura en 1926, hijo de un obrero, fue abogado externo del Banco Cafetero y del Banco Popular, y litigante ante las altas cortes.

Se ganó el respeto de los abogados encumbrados en círculos cerrados del país y de los intelectuales de café en la Bogotá del siglo pasado.

Se tenían que emplear a fondo los magistrados ponentes y había votos con aclaraciones en sentencias por acciones públicas que interponía Castillo Candelo.

No le rehuía a asuntos que movilizaban al gobierno. Por ejemplo, impugnó ante la Corte Suprema de Justicia el instrumento jurídico con el cual la Nación pagaba extrajudicialmente las reparaciones por la explosión del 7 de agosto de 1956 en Cali.

Siempre vestido de forma impecable, no dejaba de ir a los cafés donde algunos intelectuales negros reflexionaban a viva voz, entre ellos Manuel Zapata Olivella.

A Rogelio Castillo le brillaban los ojos al recordar que su natal Buenaventura era “muy liberal”, pero no compartía del todo los análisis de los contertulios. Alguno lo llamó “el inglés”.

Laurence Prescott, el académico afroamericano que estudió y difundió a los poetas Candelario Obeso y Jorge Artel en Estados Unidos, contaría décadas después que una vez descubrió cómo Rogelio les correspondía la ironía.

Pagaba la cuenta de todos y no les decía. Ni a Prescott, que era su amigo cercano.

Castillo Candelo se movía con propiedad en ámbitos conservadores del aparato judicial y de grandes compañías, pero era un iconoclasta.

No solamente con los contertulios intelectuales, sino con todos los presidentes, para quienes tenía afilados comentarios. Si un presidente no le gustaba, no aceptaba invitaciones a eventos con él.

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Su determinación en la vida había sido motivada por su padre: “mijo, que su vida no sea tan dura como la mía”. Así que salió de pantalones cortos rumbo a la Normal de Cartago, “y aquel año nos graduamos otro niche y yo”.

Cuando El Bogotazo por el asesinato de Gaitán, en 1948, Rogelio ya estaba en Bogotá. La suya no sería la única alma de un joven negro de estirpe liberal en busca de su destino que la Universidad Externado de Colombia acogería.

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Fue vendedor de trajes para ayudarse con los gastos. Se graduó y comenzó a acumular una gran biblioteca. “Abusé de mis ojos”, se lamentaba cuando ya no podía leer.

Leía mucho (alguna vez hizo demostración de conocimientos enciclopédicos en un concurso de televisión) y escribía artículos de opinión ocasionalmente.

Era iconoclasta consigo mismo: si veía una foto suya de orador, decía que estaba cantando, y sobre su carácter de rara avis en determinados ámbitos profesionales del Derecho decía que “le había tocado”.

Fue Prescott, investigador connotado de archivos, el que encontró publicaciones de Rogelio de distintos años, de las cuales este no se acordaba. “Por algo será”, anotó.

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Se fue un colombiano lúcido para quien era tan natural bromear sobre sí mismo como ponerse serio ante las fallas de integridad de los gobernantes.

Por Fundación Color de Colombia

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