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“Canta el llanero si tragándose el camino cual centauro majestuoso, se encuentra con el jilguero. ¡Ay, mi llanura!, embrujo verde donde el azul del cielo se confunde con tu suelo en la inmensa lejanía. En la alborada el sol te besa y del estero al morichal, hienden las garzas el aire, que susurra en las palmeras, un canto de libertad”.
Hermosas, como cada frase de esta canción, se imaginaba el maestro Arnulfo Briceño Contreras las sabanas eternas del Llano colombiano. Sí, tenía que idealizarlas en su mente porque, en 1967, cuando compuso este tema, el cucuteño no conocía la Orinoquia y de ella sólo tenía referencia a través de los libros que leía, o del joropo que escuchaba en las emisoras venezolanas que sintonizaba en la capital de Norte de Santander.
El pasado 11 de junio, cuando se cumplieron 20 años de su trágico fallecimiento en un accidente aéreo, fueron muchos los metenses que lo recordaron con cariño, ya que gracias a Briceño este departamento tiene en ¡Ay mi llanura! uno de los himnos más conocidos del país.
A pesar de que desde 1979 era considerado como himno del Meta, en 1990 El Espectador lideró una encuesta nacional para ratificar si esta canción debía continuar siendo himno y la respuesta fue arrasadora: 90% de los participantes votaron positivamente.
Pero curiosamente el primer grupo musical de Briceño fue vallenato, según recuerda Isaac Tacha, compositor llanero y uno de sus grandes amigos.
“Se llamaban Los pequeños vallenatos y lo formó en 1951 junto con su amigo Alfredo Gutiérrez. Ambos se convirtieron en la revelación del momento y realizaban presentaciones en colegios y teatros donde pagaban tres centavos para verlos”, recuerda Tacha.
Debido a que el padre de los Briceño había fallecido, Arnulfo, muy joven, debió hacerse cargo del soporte económico de la casa. No obstante, antes de terminar su bachillerato se casó con su novia Oliva Vera, con quien tuvo 9 hijos.
Ellos heredaron la vena artística de su padre, pues son músicos y docentes. Su hijo menor, Emmanuel Alejandro, es tecladista en la banda de Juanes desde hace siete años.
“Tenía sólo 12 años cuando murió, pero en ese corto tiempo que compartí con él fue mucho lo que aprendí. Inicialmente me enseñó a tocar el piano. Lo que más recuerdo era la dedicación y pasión que tenía por la música, podía pasar horas en su estudio componiendo. El resto del tiempo lo dedicaba la familia”, recordó Emmanuel Alejandro a El Espectador.
El amor por su familia lo llevó a esforzarse el doble, ya que a la par de asegurarles un futuro, siguió carreras universitarias de derecho y licenciatura en música.
A quién engañas abuelo, Hato Canaguay, Sierra La Macarena y la famosa Misa Para Coros en Sol Mayor, que se interpretó durante la visita del papa Juan Pablo II a Bogotá en 1986, formaron parte de su repertorio. La creación de himnos lo llevó incluso a componer el del diario El Espectador, cuando Guillermo Cano era su director. Luego de su asesinato, Briceño le hizo una canción especial.
Su último viaje lo realizó el 11 de junio de 1989 cuando, emocionado, iba a presentar el himno de Tame (Arauca). Luego del accidente aéreo, “Briceño quedó vivo e incluso ayudó a algunos heridos a ubicarlos en mejores lugares, entonces explotó uno de los motores y un fragmento lo golpeó fuertemente en la cabeza, causándole una gran hemorragia”, recuerda el periodista Juan Manuel Chaparro, quien realizó una biografía del compositor.
Finalmente, recostado sobre unas rocas, su sangre quedó en el suelo llanero al que siempre le cantó.