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Vuelve el Diablo a Ríosucio

El Carnaval de Ríosucio es una de las fiestas populares más antiguas del país que tiene su origen en la vereda de Sipirra, en el suroccidente de Caldas.

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Juan Miguel Álvarez
08 de enero de 2011 - 10:00 p. m.
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UNO. “¡Diablo!… ¡Diablo!… Ya viene, ya llega… ¡Llega el carnaval!”. De fondo, el hilo musical de la flauta traversa de una chirimía trepa raudo a lomo de viento las calles empinadas de Ríosucio, Caldas. Carcajadas, pitos, pólvora, coplas, rimas, baile, teatro, matachines, arlequines, enmascarados, condes de capa y colmillo, seres alados, brujas, magos y guarapo, sobre todo guarapo. Días de ebriedad total.

“Al guarapo le decimos guaro, a secas”, me explica William Díaz, ríosuceño de facciones indígenas, 50 años, que masca palabras con leve acento caleño. “Vos te imaginás: en jornadas normales cada uno de nosotros bebe dos o tres botellas diarias. En pleno carnaval, llegamos a doblar esa dosis, que es la mínima”.

El guaro es un licor hecho de jugo de caña panelera. Luego de hervido, este jugo se nutre con la mata y se pone a fermentar durante unos tres o cuatro días. La mata es una mezcla de arroz y harina de pastelería, algunas veces con un chorro de vino; es lo que da el sabor entre ácido y amargo y facilita el desarrollo del hongo embriagador.

Sipirra, vereda a cinco minutos del casco urbano de Ríosucio y lugar del resguardo Embera Chamí Cañamomo-Lomaprieta, es la zona de su origen. La mayoría de las tres mil familias que la habitan fabrica el licor para consumo propio. Un puñado lo destilan para la venta. Las Guapacha, dos hermanas que bordean los 60 años, tienen el reconocimiento de ser las mejores. De poca estatura y piel terracota, viven en casas contiguas al comienzo de una cima arbolada de café. Entre las ramas se divisa Supía, pueblo colindante. A sus clientes les ofrecen dos kioscos —vigas de guadua, techo de paja—, juegos de mesa, crucigramas y el guaro más efectivo de la región.

 “¿Sabés por qué es el mejor?”, me pregunta William Díaz pero él mismo responde: “por el amargo, si el amargo es fuerte, rápido te da en la cabeza; si el guaro es dulzón te lo tomás como juguito y no pasa nada”. Cada una de las Guapacha produce semanalmente unas cincuenta botellas de 750 mililitros. Ahora, en días de Carnaval, han duplicado la cantidad.

DOS. El Carnaval de Ríosucio es una de las fiestas populares más antiguas del país. Sin consenso sobre la fecha exacta de su creación, la gente está de acuerdo en que la celebración de la unión entre La Montaña y Quiebralomo en 1819 fue el inicio.

La historia oficial explica que estos dos pueblos, separados tan solo por una calle, mantenían rivalidad por la tierra. Quiebralomo Real de Minas, fundado por mineros centroeuropeos, procuraba el control de la extracción del oro. La Montaña, siglos atrás asentamiento de Emberas Chamí y a comienzos del XIX ya colonizado por mestizos, defendía su parte del negocio. Lo que quedaba de Emberas se hacía matar por su hábitat natural. Los párrocos de cada pueblo lograron detener el enfrentamiento y unir a las dos regiones en una sola llamada Ríosucio, bajo amenaza de condena eterna en el Averno si las gentes volvían a liarse. El Diablo se erigió así como garante de paz. Más tarde, 1847, la danza ancestral de los Emberas con la que tributaban a los dioses de la tierra fue acogida por la gente de Ríosucio como fiesta propia. La suma de estos encuentros y desencuentros entre razas y culturas evolucionó hasta convertirse en el actual carnaval, con el Diablo como máxima representación.

Hoy, los habitantes de Ríosucio defienden la imagen mefistofélica de su fiesta ante el purismo cristiano: “que no es un diablo bíblico”, “que no es la figura de maldad condenada por Dios a vivir en el infierno”, “que Ríosucio no es un municipio satánico”. Julián Alzate, jefe de prensa de esta versión del Carnaval, me dice que la idea de que en este pueblo se honra al Diablo no deja de ser incómoda. “Es común que al Carnaval de Ríosucio se le llame Carnaval del Diablo; eso ha hecho que en repetidas ocasiones sectas satánicas vengan al pueblo buscando un espacio”. Y aunque no deja de ser anecdótico, la confusión ha tenido otras consecuencias. Por ejemplo: en el carnaval 2009 la organización decoró la casa cural con un bello diablo de cachos, colmillos, cola y trinche que pendía de las chambranas del balcón del segundo piso y que ocupada más de la mitad del frente de la edificación. El párroco no le vio problema, conocía la tradición folclórica del asunto. Sin embargo, no se salvó del llamado de atención que le hizo la Diócesis de Risaralda —aunque Ríosucio es municipio de Caldas, su párroco depende de la autoridad eclesiástica del departamento vecino.

Para este año, la decoración de la casa cural es una máscara veneciana de dos metros de altura, cruzada por telones de colores amarillo, verde y blanco, los de la bandera del pueblo. En su interior, subyace la imagen de un diablo risueño no mayor de 30 centímetros, con unos cachos, también, diminutos. Pareciera que su autor, Víctor Hugo Vanegas, no hubiese querido arriesgar otro llamado de atención.

Vanegas es uno de los artesanos más hábiles del pueblo para hacer máscaras carnavaleras. De las paredes de su taller cuelgan diversos modelos de rostros demoniacos, desde 30 mil pesos en adelante. “Lo que más le gusta a la gente son las máscaras que tienen cachos, muchos cachos”, me dice. “Me puedo dar el lujo de decir que me gano la vida poniendo cachos”. Para hacerlas, usa yeso, icopor, latex, porcelanicrón, resinas y papel maché. “Hay máscaras que hago con molde; hay otras de las que solo hago un motivo y que llegan a costar unos 200 mil pesos porque nadie más las lucirá en Carnaval”.

TRES. Don Simeón Trejos es uno de los más tradicionales y entusiastas cuadrilleros del Carnaval. De 59 años, se gana la vida como electricista, ya reparando a domicilio, ya instalando redes en casas recién construidas. Inició su vida carnavalera hace más de 30 años, como acompañante de la cuadrilla que lideraba su jefe, don Sigifredo Gutiérrez, dueño de una ebanistería. “Una tarde un integrante de esa cuadrilla dejó tirado el disfraz, como si no se lo quisiera poner más. Yo me lo puse y desde ahí me volví cuadrillero”.

La primera cuadrilla que don Simeón ideó y junto con sus amigos le dio vida se llamó Caballeros del rey Arturo. Lancelot, Tristán, el rey Arturo y demás miembros de la mesa redonda desfilaron por las calles de Ríosucio. La de este año se llama Orejas del Averno y son disfraces de animales y demonios con las orejas tanto o más grandes que la cabeza.

El grupo tiene catorce cuadrilleros, ocho de ellos tan veteranos en el Carnaval como don Simeón. “Muchos han querido ser parte de este grupo pero nosotros no invitamos a todo el que quiera, sino al que veamos que puede hacer parte”, me dice. “A cada nuevo cuadrillero lo bautizamos: estallamos pólvora, hacemos un desfile y celebramos una reunión especial. Invocamos una oración para que el alma carnavalera de los cuadrilleros muertos reviva en la de los nuevos. Luego, al aspirante se le advierten las condiciones para hacer parte del grupo, se le echa un trago de chirrinchi o tapetusa [aguardiente con escasa destilación] en la cabeza, se le da el atuendo, se le toma juramento. Después, se le rodea con un anillo de fuego en el piso y recibe el sermón carnavalero del brujo de la cuadrilla. Ese ritual cala en el aspirante”.

Don Simeón aprendió a elaborar toda clase de atuendos para el Carnaval. Cuando era niño, la gente armaba las estructuras y esqueletos con cañabrava, bambú y esterilla de guadua. Años después, comenzaron a usar alambre, espuma y papel kraft —el que parece cartón pero más delgado, muy usado en esta región para envolver panela—. Esta técnica fue la que aprendió don Simeón: el papel lo rasga en trozos, lo humedece, lo unta de colbón y pega trozo a trozo sobre la espuma hasta completar ocho capas, grosor que alcanza la consistencia de una corteza. “La idea es que sean materiales livianos para que el atuendo no pese mucho”, dice.

Don Simeón tiene tanta experiencia haciendo disfraces carnavaleros, que la organización le pide que asesore a cuadrillas que apenas empiezan. Por ejemplo, tres meses atrás comenzó a asesorar a la cuadrilla Enjambre en Carnaval para que elaboraran sus disfraces de abejas. “Se trata de bajar costos”, me explica. “Si cada cuadrillero fabrica su propio disfraz, se evita el costo del trabajo. Los materiales de cada disfraz de abeja pueden valer unos 300 mil pesos; en cambio si lo mandan a hacer, cada atuendo puede valer unos 800 mil pesos”. Javier Taborda, el líder de las abejas, agrega que la motivación no solo es económica. “Muchas cuadrillas han venido copiando los materiales de los disfraces de otros carnavales como el de Barranquilla y el de Río de Janeiro: mucha lentejuela y mucho brillo. Don Simeón es la de las pocas personas que siguen disfrazando a las cuadrillas de la manera más tradicional. Como siempre se ha hecho aquí”.

Bien de interés cultural

El Carnaval de Ríosucio, Caldas,  fue declarado a finales de 2006 como “Bien de interés cultural de carácter nacional”, por el Ministerio de Cultura.

Se celebra cada dos años, en número impar, durante seis jornadas. Siempre pegado del día de Reyes Magos. Este año va del 7 al 12 de enero.

El Diablo —un muñeco de más de tres metros de altura— entra a la fiesta desde la noche del segundo día, el pueblo le hace calle de honor, lo recibe con pañuelos y rimas alegres y burlonas. Cada año hacen un Diablo distinto que queman cuando la fiesta culmina.

Las cuadrillas del Carnaval

Para este carnaval 2011 se inscribieron setenta cuadrillas. Cada una va amenizada por un pequeño grupo musical: trompeta, percusión, guitarra. Algunos, incluyen acordeón.

Las cuadrillas desfilan de manera organizada y en los tablados interpretan la coreografía, que es la suma de movimientos acompasados y el canto de letras con rima y métrica exacta.

 Además de los tres tablados en los que se presentan, las cuadrillas deben visitar trece casas de familias carnavaleras, previamente escogidas por la organización.

Por Juan Miguel Álvarez

 

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