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Yo no tengo a quién perdonar

Pedir perdón no es sólo el reconocimiento de haber hecho un daño y aceptar una culpa, es también prometer que el acto reprobable no se repetirá.

Luis Fayad

14 de marzo de 2016 - 11:57 p. m.
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He pedido y he rogado perdón desde que dejé de ser joven y los recuerdos empezaron a acumularse con preguntas sobre los años pasados. Son pocas las ocasiones y mi ruego no lo oigo sino yo, pero lo hago con intención sincera, lo que quizá pueda traerme el perdón, y he aprendido que lo mejor es no dar motivo para pedirlo. Pedir perdón no es sólo el reconocimiento de haber hecho un daño y aceptar una culpa, es también prometer que el acto reprobable no se repetirá. Puede ser a una persona, por buenos sentimientos, por amor o por amistad, o a una comunidad, como se acostumbra en política, con arrepentimiento o como estrategia para promoverse en una posición nacional o internacional.

Yo pido perdón en silencio con el recuerdo de las veces que he gritado o alzado la voz delante de niños o de adultos, ocasionando heridas morales por el mal ejemplo que he dado y por la desilusión que les hice sentir a las personas que estaban conmigo, y deseo lo imposible, que el tiempo vuelva atrás para corregir ese momento. He pedido perdón por mi bien, para librarme de mis propias represalias todos los días. Les pido perdón a todos los que procuré hacerles un bien y todo me salió mal.

No creo en el perdón que se pide por virtud, con la obediencia que ordenan los textos sagrados, ni el que se pide por bondad, creo más en el perdón que se pide por norma humana, y en el que más creo, el que va cargado de una contrición llena de dolor, es en el perdón que piden los suicidas.

En el soliloquio de “esto no me lo perdono” no hay consuelo, yo pido perdón por la injusticia de juzgar mal a los demás, por no haberle echado una mano a un amigo y por actos menores que me hacen pensar que la culpa que me atribuyo es más grande que el mal que he provocado y que bastaba con pedir disculpas sin llegar a la autoflagelación espiritual.

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No recuerdo a quién he perdonado, sé que no tengo nada que perdonar, los agravios y las ofensas de que creo ser víctima no pueden ser más que fantasías mías y me entrego al olvido para apartarme de antipatías que me desconsuelan. Perdonar no es olvidar, es convenir que no se devuelve el daño, y yo no tengo a quién pedirle una reivindicación. Perdono a mis enemigos por provecho propio, para recibir de ellos el ánimo que da un émulo y tener conciencia de que son mi espejo, y por vanidad, por saber que no soy el bondadoso que sólo tiene amigos. Me perdono a mí mismo por haberme acusado sin ninguna compensación, porque el perdón que uno se otorga trae un alivio personal.

Procuro definir el perdón y cuando lo confundo con la justificación lo pido por el que no sabe lo que hace, como el rencoroso que nunca recibió un beso y el envidioso al que la envidia se vuelve contra él. Para absolverlos no recurro al perdón porque no son culpables, como tampoco lo son, aunque se les aplique un castigo, el pobre que roba pan porque está en su derecho y el indocumentado que sale a buscar paz y sabiduría en tierras que no son las suyas.

Durante los diálogos entre el Gobierno y la guerrilla se ha oído en Colombia la palabra perdón relacionada con la de olvido. Para llegar a un acuerdo que conduzca al final de esa parte de la violencia, las víctimas, parientes de los que murieron, deben dar su perdón y su olvido, lo que garantiza que no devolverán el perjuicio que sufrieron en los años del conflicto. Pero al dar el perdón para avalar un cese al fuego, la palabra olvido debe tener una aceptación sólo personal o se opone a la historia como ciencia y a la base de sus principios, que es no romper la memoria de los acontecimientos sino mantenerla, recobrarla con estudios para aclarar el origen de los daños sociales, no ocultar los malos manejos políticos y crear una calidad de vida en la que no se repitan.

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Por Luis Fayad

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