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Fue en su adolescencia cuando Alejandra Maya comenzó su transformación para convertirse en lo que siempre quiso ser: mujer. Por eso, se marchó de su casa, ubicada en París, un barrio periférico de Bello (Antioquia), y se fue vivir al centro de Medellín. Allí la abrigaron la droga, la delincuencia y la violencia. Hoy, tras un proceso de resocialización, trabaja en el Concejo de la capital antioqueña.
En sus veinte años de vida, Maya se ha transformado dos veces. La primera vez fue cuando tenía trece, era 2012 y lo apostó todo para tener más progesterona en su cuerpo. Empezó a dejarse crecer el cabello, consumir pastillas y ponerse inyecciones para planificar, “con el fin de que crecieran las mamas y las caderas y reducir la testosterona… ¡cómo la odio!”, cuenta entre risas mientras se toca el cabello, que tiene pigmentos amarillos.
“Desde chiquita fui muy femenina. Incluso, los médicos se habían dado cuenta de que yo tenía más hormonas femeninas que masculinas. De hecho, ellos le dijeron a mi mamá que, probablemente, durante la etapa de crecimiento podía cambiar la orientación sexual y efectivamente eso sucedió”, comenta.
Para alcanzar su objetivo resolvió abandonar su hogar, donde vivía con su madre, la única persona de su familia con quien no perdió contacto. Algunos días pasaba las noches en el Parque Bolívar, un lugar que se caracteriza por la presencia de habitantes de calle, y otros, cuando conseguía dinero, en un hotel cercano. En ese entonces nada era seguro, ni su vida, ni la ciudad.
Un golpe bajo
“Dormir en una calle del centro de Medellín —guarda silencio— es lo más triste que a un ser humano le puede llegar a pasar. Sientes que tu dignidad está en cero, sientes peligro y miedo. Fueron malas decisiones, pero no me arrepiento de ellas, no puedo llorar sobre la leche derramada. Por necesidad hice muchas cosas, pero nunca herí a ninguna persona”, asegura Alejandra.
En medio de las dinámicas propias de los centros de las capitales colombianas, Maya se sumergió. Probó la droga, y casi no pudo salir de ella. Se enfrentó en riñas, que le dejaron algunas cicatrices. Sufrió discriminación por ser transgénero. Y una experiencia le abrió los ojos para replantearse la vida, aunque atravesaba una depresión que la llevó a realizar varios intentos de suicidio.
El 27 de octubre de 2018, una amiga, que también era trans y vivía en la calle, le contó que creía que habían matado a Federico*, quien durante un tiempo fue su pareja. “Eso fue lo más duro que viví en la calle —suena su celular, que tiene como tono un fragmento de un reguetón de moda. Lo silencia—. La muerte de él para mí fue muy difícil, no creía que lo había perdido. Eso me llevó a hundirme más en el consumo de sustancias, en la depresión. Me volví más agresiva, más impulsiva”, recuerda.
Luego de esa noticia le llegó otra que le dio un poco de paz: él estaba en la Clínica Soma, también ubicada en el centro de la capital de antioqueña, y ahí lo estaban interviniendo quirúrgicamente. Entonces corrió hacia el hospital con la esperanza de verlo y, si era el caso, despedirlo. Sin embargo, a los minutos le dijeron: “La puñalada le alcanzó a perforar el corazón”. “No lo pudieron salvar. Yo me quería morir —suspira profundamente¬—, fue un golpe muy bajo”.
Maya evoca que ese día salió del hospital a consumir más drogas, a llorar y a lamentarse. Tocó fondo, estaba en el abismo. No obstante, le habló a Dios y le oró: “Si no me das la oportunidad de transformar mi vida, entonces dame la oportunidad de dejar de vivir porque ya no aguanto más”. Así, a los 18 años, en el hueco más profundo, de acuerdo con ella, vio la luz.
Segunda transformación
Hace tres semanas, Alejandra Maya salió de una de las Granjas Somos Amigos, ubicada en Barbosa (al norte de la capital antioqueña), una iniciativa del municipio de Medellín que brinda herramientas a habitantes en situación de calle para que adelanten su proceso de resocialización. De acuerdo con la Alcaldía, cerca de 1.350 personas fueron atendidas diariamente en esos lugares, con alimentación, hospedaje y atención psicosocial, entre otras ayudas, desde su creación, en 2016.
De la existencia de ese lugar se enteró en la Casa de la Diversidad, un espacio de la Secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos para la comunidad LGTBI. Ahí llegó en busca de ayuda porque estaba muy enferma y le dijeron que, pese a que no le podían dar la mano directamente, había un sitio donde atendían a personas que tenían casos parecidos al suyo, que, según el último censo serían entre 3.500 y 3.800 los habitantes de calle en Medellín. Esa información le cambió la vida.
“En la granja estuve 18 meses. Terminé el bachillerato y empecé a hacer cursos del SENA, los profesores iban y nos instruían. Del mismo modo, asistíamos a grupos psicoterapéuticos y hacíamos deportes, entre otras actividades. Hubo momentos en los que recaí, pero luego entendí que eso hace parte del proceso y lo admito, me gustan las drogas, pero no lo que traen en mi vida y eso es lo que me detiene. Lo comparo con una persona que le encanta comer, sin embargo, no le agrada engordar, entonces, ¿qué hace? Se controla”, manifiesta Maya.
A punto de acabar su resocialización, conoció a Luis Bernardo Vélez, quien fue secretario de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos de Medellín. Él estaba en la granja, realizaba una visita ocasional. “Me puse a hablar con ella y le pregunté si había avanzado en la resocialización y respondió que sí. A la vez, hablé con los directivos y me dijeron que ella ya no estaba en situación de consumo, que era muy propositiva y que tenía muchas ganas de salir adelante”, comenta Luis Bernardo, actual presidente del Concejo de Medellín.
Las referencias que le dieron y la actitud de Alejandra fueron suficientes para que Vélez la invitara a ser parte de su equipo si ganaba una curul en el Concejo. Sin pensarlo, ella dijo que sí. Dios le estaba enviando la oportunidad de transformar su vida: “Él y su poder nunca me abandonaron”, asegura Maya.
Así fue. El político que le prometió algo que cambiaría su rumbo se ganó una curul en el cabildo medellinense y a los pocos días de su posesión, y de ser elegido como presidente de la corporación, la llamó. Hoy, Alejandra trabaja en el Concejo, es la secretaria de la Unidad de Apoyo del concejal.
Sus tareas son principalmente administrativas, y consisten en organizar citas y reuniones, estar pendiente de la agenda de Vélez y revisar correos, entre otras.
“Lo que pasa es que Alejandra tiene una doble perspectiva: estuvo en situación de calle y es una chica trans, hace parte de esa comunidad que tiene múltiples barreras para que les den oportunidades. Adicionalmente, en Inclusión tuve la oportunidad de trabajar con Juliana, una joven trans, que está allí desde hace dos años en atención al ciudadano, está terminando su profesión como trabajadora social y ya está ubicada laboralmente”, agregó el cabildante.
Maya tiene como objetivo hacer una tecnología en auxiliar administrativo en el segundo semestre del año. También proyecta estudiar Comunicación social, Trabajo social o Psicología para ayudar a la gente. Ahora, espera que reabran la Casa de la Diversidad para materializar los proyectos que tiene en mente.
Además, ha recuperado sus redes de apoyo, ha vuelto a hablar con su familia y, especialmente, a desarrollar su “teflón”. Cuenta que cuando va por la calle le gritan comentarios ofensivos y discriminatorios por ser trans. Sin embargo, también afirma que ya no es capaz de devolverse para responder. “Yo me acepto, los demás verán. Seguiré con mi vida, pues soy yo quien les puede dar el poder de que gocen con mi dolor”. Ahora ella no le pertenece a la calle, sino a sí misma.