6 Sep 2020 - 2:23 a. m.

“El Aro, hoy, es pura tristeza y desolación”

Gustavo Adolfo Torres era coordinador de juntas de acción comunal en el corregimiento de El Aro, municipio de Ituango (Antioquia), en octubre de 1997 cuando 200 paramilitares mataron a entre 15 y 17 personas después de torturar a algunas, violaron a las mujeres y robaron sin que el Ejército lo evitara.

El 22 de octubre de 1997, ¿en dónde se encontraba y qué hacía? ¿Cuáles eran sus ocupaciones?

Estaba en el corregimiento de El Aro, zona rural de Ituango, a dos días de camino de este municipio, por trochas de herradura. Vivía en El Aro y tenía un contrato de prestación de servicios con la Alcaldía de Ituango como promotor de desarrollo de las juntas comunales. Me encargaba de organizar y coordinar las juntas tanto de El Aro como del corregimiento de Santa Rita. Antes había sido secretario de la Inspección de Policía de Ituango, pero a partir de 1996, y debido a una ordenanza del gobernador Uribe Vélez, se suprimieron estos puestos en el departamento y se les había dicho a las alcaldías que asumieran esa carga presupuestal. Por eso trabajaba con el municipio.

¿Cuánto hacía que vivía en El Aro y con quiénes? ¿Cuántos años tenía entonces y cómo estaba compuesta su familia?

Nací, fui criado y había vivido siempre en El Aro hasta el momento de la masacre. En el año 97 tenía 39 años. Hoy tengo 62. Con mi trabajo había logrado levantar dos casitas. En una de ellas vivía con mi esposa y nuestros hijos. En el pueblo también vivía otra parte de mi familia: mis hermanas y hermanos, mis primos y otros parientes.

¿Cómo empezó la masacre, ese primer día de octubre de 1997, cuando los paramilitares llegaron a El Aro?

Por personas que los vieron, supimos que estaban en un sitio que se llamaba La Planta, en zona rural de Puerto Valdivia, viniendo hacia nuestro pueblo. Las autodefensas llegaron y de una vez mataron a un señor Arnulfo Sánchez, mayor de 60, que tenía una finquita ahí, al borde del camino. Siguieron hasta Puerto Escondido, en toda la orilla del río Cauca, en donde había varias lanchas que llamábamos “las Johnson”. Encontraron a un muchacho, Iván Tobón, dueño de una bodega que había construido ahí, en donde se guardaban los mercados que se compraban en Puerto Valdivia y con los que se abastecían las veredas. A él lo mataron acusándolo de guardarle mercancías a la guerrilla. Después siguieron rumbo a El Aro, pero primero entraron a la vereda Organí, en donde estaban otros dos trabajadores a quienes también asesinaron. Luego se dividieron en dos: una parte continuó por el río Cauca y la otra, por el camino de arriba, también con dirección al pueblo. Fue cuando nos enteramos de que estaban cerca.

¿Quién o quiénes les avisaron?

El Gobierno había mandado a un delegado para las elecciones del domingo 26 de octubre. Él se los encontró en el camino y lo dejaron pasar. No permitían que nadie saliera, pero sí que entraran. Él nos contó el jueves anterior a la masacre, o sea el 23. Nos quedamos con la zozobra porque, a veces, se escuchaban enfrentamientos y balaceras a lo lejos, pero no entraban a las poblaciones; llegaban hasta cierto punto y se devolvían. El viernes 24 no supimos nada nuevo. Pero el sábado 25 se oían muchos tiros y había movimiento de hombres al otro lado, por Buena Vista. Como a las 4 de la tarde entró al pueblo el grupo que venía por el camino de Ituango, comandado por uno al que le decían Júnior y poco después llegó otro grupo que venía de Tarazá, comandado por Cobra. Ese sábado, como a las 5 o 6 de la tarde, un helicóptero blanco sobrevoló El Aro. Dio varias vueltas como revisando lo que estaba pasando. Pero se fue sin prestarnos auxilio.

¿Tenía emblemas o algún distintivo que indicara a qué empresa o entidad pertenecía?

No. Solo recuerdo que era blanco.

¿Cuántos hombres armados entraron y cuántos días estuvieron en el pueblo?

Como le digo, llegaron el sábado 25 y permanecieron en El Aro también el domingo 26, día de las elecciones, y el lunes, martes y miércoles siguientes. Eran unos 200. El sábado cuando llegaron, como nos habíamos encerrado en las casas, empezaron a tocar las puertas. En donde no les abrían rápido, tiraban la puerta a puntapiés. Nos sacaron a todos y nos dijeron que nos fuéramos para el parque de la Virgen, que íbamos a tener una reunión. Cuando íbamos a salir empezó una balacera. Volvimos a las casas, pero al rato nos llevaron al parque con niños y adultos. Nadie podía quedarse en las casas…

¿Cuántos habitantes tenía El Aro y cuántas casas eran, aproximadamente?

Éramos unas 60 familias, más o menos el mismo número de casas, y entre 300 y 400 habitantes. Cuando ellos entraron al pueblo se desplegaron por las calles en medio de la balacera. Así que nadie pudo oponerse. A los pocos que estaban afuera los cogieron, los llevaron al parque primero que a nosotros y los hicieron tender en el piso, bocabajo, junto a un árbol de mango que había al lado de la caseta comunal. Sin decir palabra, les dispararon a quemarropa. En ese momento mataron a tres: Ernesto Múnera, obrero del municipio; Nelson Palacio, un finquero, y Andrés Mendoza, comerciante. Cuando llegamos a la plaza nos dijeron que ellos estaban allí porque éramos colaboradores de la guerrilla. Después de detenernos durante varias horas nos dijeron que podíamos ir a dormir a las casas. Todavía había gente tirada en el piso a la que no dejaron moverse. Mi hermano Ómar, mi primo Argemiro, el vecino Rafael Piedrahíta estaban entre ellos. Por suerte no les tocó morir ese día porque alternaban los tiros: a uno sí, al siguiente, no. Y así.

¿Cómo pasaron esa noche y qué sucedió con los retenidos de la plaza?

Las autodefensas se comunicaron con un jefe de ellas por radioteléfono. Le informaron lo que había sucedido hasta ese momento y le contaron que todo el pueblo estaba reunido. Cuando dieron la orden de volver a las casas, yo salí con mi esposa y mis hijos. Llegamos y comimos algo, pero, ¿quién iba a dormir? A los que estaban tirados en el piso los enviaron con comida y bebidas para la parte alta de la montaña en donde había más hombres. Les tocó llevarles las provisiones a los de arriba.

¿A qué horas volvieron a verlos ustedes?

A las 5 de la mañana empezaron a gritar que saliéramos como estuviéramos y nos dirigiéramos, otra vez, al parque. Cuando llegamos se inició otra balacera en el monte. Ellos recibieron noticias de que había un muerto en sus filas. Debía ser un enfrentamiento con la guerrilla. Como habían matado a uno de los paramilitares, estos se vengaron asesinando a Wílmar Restrepo que estaba en una finquita sembrando frijol, así como a un niño de 14 años y a un señor mayor que estaba con él. Entretanto nosotros, que estábamos aglomerados en el atrio, le pedimos al padre que nos abriera la iglesia. Él no solo abrió la capilla, sino también la casa cural. Hacia las 11 de la mañana hablamos con los armados y les dijimos que no habíamos comido nada. Nos dieron permiso de ir a desayunar y almorzar. Nos dijeron “vayan a votar” (era el domingo de elecciones) y lleguen aquí, a la 1 en punto.

¿Alguien votó en medio de semejante anormalidad? ¿Había mesa de votación?

Votaron unas cinco o seis personas. Uno no sabía si era bueno o malo hacerlo. Toda la tarde estuvimos en la plaza hasta las 6, cuando les pedimos, otra vez, que nos dejaran ir a las casas. Esa noche se oyeron tiros hasta el amanecer. El lunes 27 todo el mundo tenía que estar, de nuevo, en el parque a las 5 de la mañana. Como hacia las 8 me atreví a pedir permiso a uno de los que comandaban para llamar a la Alcaldía de Ituango e informarle que no podía ir a las veredas. Quien me contestó, me dijo que si podía, saliera de ahí. Colgué y le dije al paramilitar que si me podía ir. Me contestó: “De aquí no se mueve nadie”.

Esa noche de domingo, ¿volvieron a sus casas?

Nosotros sí. Pero a los profesores, hombres y mujeres, los retuvieron toda la noche en el parque. Ya tarde separaron a las mujeres, las llevaron a una casa prefabricada en donde antes había habido una escuela y las violaron. A los hombres los pusieron a llevar las provisiones para los compañeros de ellos. El lunes en la mañana, como todavía estaba en El Aro el delegado del Gobierno para las elecciones, él habló con alias Júnior. Lo dejó salir del pueblo con todos los profesores. Cuando el otro “comandante”, Cobra, se dio cuenta de que se habían ido, volvió a ordenar que nadie podía salir. Alias Júnior era de la región y me había visto en mis recorridos por la zona. Como él fue quien permitió que se fuera el delegado del Gobierno, le conté que Cobra me había impedido irme. Me dijo que organizara lo que pudiera y que cuando el otro paramilitar estuviera distraído, saliera. Eso hicimos. Nos fuimos sin nada. Todo quedó en nuestra casa que, después, fue quemada. No pudimos salvar nada.

¿En qué momento salió de El Aro? ¿Qué día y a qué hora?

El lunes salimos hacia las 10 de la mañana. Íbamos a pie y cogimos camino hacia Puerto Valdivia. Como había algunos que me habían visto viajando por las veredas, cuando estaba saliendo, uno de los que estaba haciendo vigilancia allí me preguntó que para dónde iba. Le conté que alias Júnior me había autorizado a irme y por eso me dejó seguir. Caminamos muchas horas hasta cuando llegué a Puerto Escondido. Cerca de ahí, en un punto que se llama La Florida, vi otro helicóptero diferente al del sábado. Después los vecinos que sobrevivieron me contaron que ese helicóptero aterrizó en plena plaza y descargó costales de municiones y armas. En ese mismo helicóptero se llevaron a los hombres que habían muerto en los combates de la montaña. A mi hermano lo dejaron en la plaza y cuando, el jueves siguiente, se iban, lo llevaron a él y a 16 hombres más para que arriaran el ganado que ya habían recogido en todas las fincas y que se iban a robar.

¿Cómo pudieron estar en El Aro cinco días, salir el sexto día sin que hiciera presencia nadie del Estado, de la Gobernación de Antioquia, de la Policía o del Ejército?

Nadie se apareció por allá. No había cerca ni policía ni ejército. Los paramilitares se retiraron el jueves, pero se llevaron a toda la gente del pueblo. Todos iban revueltos, paramilitares y vecinos, a pie. Adelante iba el ganado arriado por los hombres que las autodefensas habían seleccionado. Antes de salir de El Aro prendieron fuego a todas las casas. Las dos mías quedaron completamente destruidas, en ruinas.

¿Qué quedó del pueblo?

Casi nada. De las 60 casas, si acaso quedaron en pie, y maltrechas, unas 15. Las viviendas de mis hermanos también fueron destruidas. Las tiendas, todo. La más grande del pueblo, a donde todos íbamos, la del señor don Aurelio, fue incendiada por completo. A un corral con marranos que él tenía, le tiraron una granada. No sobrevivió ninguno. Y a él, una de las mejores personas de El Aro, que ayudaba a quien fuera, lo torturaron acusándolo de alcahuete con la guerrilla.

Usted y su familia, ¿llegaron a dónde y qué hicieron?

Llegamos a Puerto Valdivia y nos dieron albergue en la casa de una persona conocida. Me quedé ese lunes por la noche, pero el martes por la mañana viajé a Medelllín. No me quise quedar en la región. Solo volví a El Aro unos 15 años después.

En Puerto Valdivia, ¿había tropas del Ejército o Policía?

Sí. Allí había una base. Pero ellos no se movieron, nunca salieron del municipio. Cuentan los arrieros que cuando los paramilitares pasaron por la finca La Planta, vieron a unos militares hablando con ellos y cuando iban pasando con el ganado que traían desde El Aro y de las otras veredas, los militares desaparecieron. Cuando el Ejército llegó a El Aro, ya no había nadie y el pueblo estaba destruido.

¿Cuántos de sus vecinos fueron asesinados, que usted recuerde?

Supe de unos 15 a 17 muertos. Ninguno era guerrillero.

Dice que regresó a El Aro unos 15 años después de estos hechos, ¿qué encontró?

Pura tristeza y desolación. Las casas seguían caídas. El pueblo, en escombros. Muy pocas personas viven ahí ahora. De mi época, todavía hay unos. Fui a los sitios en donde estaban mis dos casas. Esos terrenos ya están habitados por otros. De un caserío que era tan próspero y en el que había tantos negocitos, hoy no queda nada.

Una pregunta final: ¿conoció alguna vez o tuvo noticia de un concejal de la región que se llamaba Jesús María Valle y quien fue asesinado precisamente por denunciar lo que iba a suceder y la complicidad entre paramilitares y militares de la época?

Claro. A Jesús María Valle lo conocí cuando estuvo en El Aro. Él se mantenía en Ituango porque era concejal del municipio, pero recorría las veredas y nos visitaba. En esos momentos era muy poco lo que se podía decir. Pero él sí hablaba.

¿Conoció al gobernador de Antioquia?

No teníamos esos contactos. Sí supimos que se le pidió ayuda para que esas personas impidieran lo que iba a pasar, pero dijeron que no tenían gente porque estaban en elecciones. El alcalde le pidió ayuda al gobernador. El párroco también, pero lo trataron mal. Dijeron que era sospechoso de ser guerrillero. Nosotros, la comunidad, damos fe de que siempre estuvo con nosotros, que nos ayudó y que no tenía nada que ver con guerrilla. Lo investigaron y, ¿qué le encontraron? Nada.

El rastro de la historia de las masacres de La Granja y El Aro

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, recibió en julio de 1998, la petición de dos organizaciones representantes de las víctimas, de examinar la responsabilidad de Colombia en la masacre de La Granja, corregimiento del municipio de Ituango (Ant.), ocurrida en junio de 1996, cuando paramilitares mataron a cinco campesinos a quienes sacaron de sus casas y a los que, después, torturaron y ejecutaron en la plaza delante de todos. El 3 de marzo del año 2000, la CIDH recibió una segunda petición en contra de Colombia por la masacre de El Aro, también en la región de Ituango, en hechos sucedidos en octubre de 1997 cuando unos 200 paramilitares obligaron a los habitantes a reunirse en la plaza en donde ya habían matado a tres vecinos con tiros de gracia. Varias de las víctimas posteriores fueron torturadas salvajemente antes de la ejecución. El pueblo desapareció en la práctica y aún hoy no se recupera. La Comisión acumuló los dos procesos y, finalmente envió el caso a la Corte IDH que declaró la responsabilidad del Estado, en 2006, por su inacción en defensa de las dos poblaciones y por la abierta complicidad del Ejército con los paramilitares. En 1996 y 97, el gobernador de Antioquia era Álvaro Uribe. En 2006, era Presidente de la República.

Apartes de la sentencia de 2006, de la Corte Interamericana de Derechos Humanos

Tal y como reconoció el Estado (colombiano), se comprobó que agentes estatales tenían pleno conocimiento de las actividades de terror realizadas por estos grupos paramilitares sobre los pobladores de La Granja y El Aro. Lejos de tomar acciones para proteger a la población, miembros del Ejército Nacional no solo prestaron su aquiescencia a los actos perpetrados por los paramilitares sino que también se produjeron instancias de participación y colaboración directa. Dicha colaboración entre paramilitares y agentes del Estado resultó en la muerte violenta de diecinueve pobladores de La Granja y El Aro”… “Para dar cumplimiento a la presente Sentencia, Colombia deberá… realizar inmediatamente las debidas diligencias para activar y completar eficazmente, en un plazo razonable, la investigación para determinar la responsabilidad intelectual y material de los autores de las masacres y de las personas cuya aquiescencia y colaboración hicieron posible la comisión de la misma…”

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