13 Oct 2018 - 12:00 p. m.

En Granada, Antioquia, luchan para que la memoria no se caiga a pedazos

El Salón del Nunca Más agoniza de olvido. Su techo y sus paredes están desmoronándose. Con una colecta digital, líderes del municipio esperan recuperarlo.

Paulina Tejada @PauliTejadaT

Una fotografía pegada en la pared congela el rostro de su hermano. Es lo único que aún le queda de él a Gloria Ramírez, tras 16 años de buscar respuestas. Un 26 de octubre fue desaparecido, al igual que la mayoría de las 237 personas cuyas fotos acompañan la de él en el Salón del Nunca Más, que, a falta de lápidas y verdades, se convirtió en el cementerio simbólico de Granada, Antioquia.

Allí el recuerdo, el duelo y el perdón llegan con cada visitante, con las flores y las cartas que se depositan en una especie de cuadernos bitácoras que están junto a los rostros en la pared. “Papá, te estamos extrañando mucho. Ya hace años que no te vemos, pero en las fotos te miramos. En agosto cumplo mis 11 años. Estoy gordita y mi hermanito tiene los nueve años que hace que te mataron. He aprendido tantas cosas, que ni me acuerdo. ¿Ya leíste la carta de día del padre?”, le escribió hace casi una década Paola a su papá, Nicolás Albeiro Quintero, víctima de homicidio. En esos papeles quedaron registrados los consejos que le pidió cuando se enamoró por primera vez y el anuncio del inicio de una nueva familia.

A María Celina Naranjo, que fue líder comunitaria de la vereda La Quiebra, la evocan vecinos y amigos como un “modelo de mujer, milagro y fraternidad”. Su nieta le repite sagradamente cada año en su cuaderno: “Mamita, te quiero mucho. También a mi tía Berenice, que está en el cielo contigo, y a mi tío, que no lo pude conocer. Que Dios bendiga a todos los que están allá arriba, a todos los angelitos, como ustedes tres. Espero que te gusten las flores blancas y rojas. Viviana”.

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Así hablan una a una las bitácoras que guardan saludos, anécdotas, frases de dolor y preguntas. Con el tiempo, el Salón del Nunca Más se convirtió también en el lugar para reconocer el pasado y reconciliarse con él a través de talleres y encuentros comunitarios.

Quizá como forma de rendirle tributo a su hermano o simplemente de reafirmar el valor de la memoria de su municipio, Gloria Ramírez lleva, desde su inauguración en 2009, manteniéndolo en pie. Lo ha hecho a pulso, en un trabajo incansable junto a las demás integrantes del Comité de Reconciliación y la Asociación de Víctimas Unidas por la Vida (Asovida). Sin embargo, asegura, el lugar se está cayendo pedazo por pedazo: “no tenemos los recursos para recuperarlo y tememos que, sin un espacio físico para recordar nuestra historia, se haga difícil construir la verdad”. 

A pesar del apoyo que tuvo hace casi diez años de parte del Cinep - Programa por la Paz, el Programa de Las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) y la Personería Municipal, el Salón parece haberse convertido hoy en una ruina anunciada. Sus paredes de tapia están desmoronándose y el techo cayéndose. Las humedades amenazan con destruir el material, como las fotos, los textos, relatos, archivos y demás exposiciones que recuerdan hechos violentos que sacudieron las montañas granadinas durante el conflicto armado. La tinta se ha corrido en algunos documentos, incluso, condenándolos al olvido.

Luis Carlos Manjarrés, curador del Museo Nacional de Memoria Histórica, se refirió hace poco a la decadencia del Salón insistiendo en que “una manera de silenciar las comunidades es permitiendo que los espacios de memoria pierdan su fuerza”.

Ana María Bustos, voluntaria del recinto, explica que le han “escrito a más de 50 entidades y ninguna accedió a ayudar. Si bien algunas le dieron vida al salón, la responsabilidad de conservarlo vivo ha recaído en las víctimas”. Esto, a pesar de que la Ley 1448 de 2011 establece que es el Estado el que debe “propiciar las garantías y condiciones necesarias para que la sociedad (…) pueda avanzar en ejercicios de reconstrucción de memoria como aporte a la realización del derecho a la verdad”.

Ante esta situación, recientemente uno de los visitantes, de origen extranjero, sugirió realizar una colecta digital para recoger dinero. “Si Humberto de la Calle lo hizo, ¿por qué nosotras no?”, pensaron las integrantes de Asovida.

Por eso abrieron una cuenta bancaria para recibir las donaciones y crearon su fondo en el portal Vaki. “Los recursos recogidos serán destinados únicamente a la actualización y renovación del Salón, así como al apoyo económico de algunas de nuestras mujeres guías, quienes durante 10 años han invertido parte de su vida a la construcción de este espacio de reivindicación”, señala la página web.

Hasta ahora, de una meta de 100 millones de pesos, se han recogido solo 2 millones. Menos de 50 personas han aportado a la causa y el reloj avanza. Falta alrededor de un mes para que se cierre la colecta y Asovida insiste en la importancia que tiene el lugar para este municipio, en el que, según el Observatorio Nacional de Memoria y Conflicto, se estima que 460 personas fueron víctimas de asesinato selectivo, 2.992 de desaparición forzada, 59 de asesinatos en 10 masacres, 98 de secuestro y 50 de violencia sexual.

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“Las víctimas no están detrás del televisor en forma de cifras. Las víctimas estamos haciendo denuncia pública, estamos construyendo paz en el territorio, estamos luchando con todo para sanar, elaborar y perdonar, sin importar los uniformes que nos hicieron víctimas”, insiste Ramírez con determinación.

“Eso solo se logra con el poder de la imagen, porque cuando se ven los ojos, el pelo y la ropa de quienes hoy no están por culpa de la guerra es que se genera un verdadero espacio para la empatía, la pedagogía y la sensibilización. En últimas, eso busca el Salón, decirle Nunca Más a la guerra y al olvido, y siempre sí a la paz. Por eso no lo podemos dejar morir”, concluye.

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