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LA VISITANTE NOCTURNA
En la sala de partos Socorro Sánchez pedía a gritos que salvaran al niño -al que llamaría Efrén-, que no lo dejaran morir. Lloraba y gritaba que era su primer hijo, que no importaba su vida pero que al niño no lo dejaran morir. Luego de una cirugía complicada, tortuosa, vivieron la madre y el hijo. Tendrían que pasar una semana en el hospital -el Universitario San Vicente de Paúl de Medellín- o hasta cuando el doctor lo dispusiera. Sería una semana larga, tediosa, imborrable para Socorro. En una habitación de hospital, horas después de haber parido, conocería a una mujer, a una bruja -diría luego- que casi la deja sin respiración.
La verdad es que a la señora Socorro no le gusta hablar ni del parto ni del hospital ni de esa mujer. Eso fue cuando tenía 18 años -hoy tiene 58-, ¿para qué recordar? Vive en la vereda San Ignacio, corregimiento Santa Elena, ciudad de Medellín. Hoy habla desde su cocina, estrecha, limpia, con un cuchillo pequeño que maneja con toda destreza para cortar las verduras del almuerzo.
"La mujer tenía unos cuarenta años de edad", atinó a decir, tímida. Dijo también que su pelo era desgreñado; que tenía la piel manchada, con moretones y rasguños; que era alta, morena, de pelo negro y pecosa; que tenía tres meses de embarazo y varias amenazas de aborto. La mujer lloraba, se lamentaba cada segundo de su desgracia y Socorro la escuchaba y la consolaba. La mujer era depresiva, silenciosa. "No era confiable, decían las enfermeras, que tuviera cuidado con ella, que estaba loca. Yo no les hice caso. Me convertí en su amiga. ¡Cuánto me costaría!".
El último día, antes de salir del hospital, la vecina de la habitación se despidió de Socorro. "¡Ay! Me va a hacer mucha falta, usted es mi única amiga. Pero tranquila que yo la voy a visitar, ¿dónde es que usted vive? ¿En Santa Elena? Entonces espere mi visita por allá". Le prometió una visita y al siguiente día le cumplió.
Ya en casa
El llanto incesante del bebé, un llanto lejano, la despertó. El niño no estaba en el rincón de la cama, reposaba en el suelo ahogado en unos sollozos desesperados. No alcanzó a advertírselo a su esposo, que dormía a su lado, porque un bulto pesado se le posó en el pecho. Le cortó el habla. La respiración. En ese bulto oscuro Socorro dice haber reconocido el rostro de la mujer del hospital.
"Llegaba, tomaba al niño y lo hacía llorar. Después sentía que me sacaba de la cama y me llevaba de un cuarto a otro. Le cogí pánico a la noche, a dormir. Algunas veces me sentaba con el niño terciado para que ella no lo cogiera, pero así también se me venía el bulto encima y me quitaba al bebé". Suena desesperada. 40 años después. El niño fue bautizado y ese fue el santo remedio para que la mujer no volviera a apartarlo del rincón de la madre. Pero a ella la seguía visitando y todos pensaban que no era la vecina del hospital, sino Socorro la que estaba loca.
-Eso debe ser sugestión suya -le repetía doña Ana Flórez Hincapié, su madre, con la esperanza de que Socorro reconociera que la pesadilla estaba en su mente.
-No, mamá, yo la veo a ella patente, a la mujer del hospital.
El remedio
Cuando llegaba la noche, Socorro tomaba a Efrén entre sus brazos y se sentaba en una mecedora a esperar, sólo a esperar, mientras su esposo y su madre la acompañaban en silencio. "Estábamos todos a su lado, hablando de cualquier cosa, cuando de un momento a otro Socorro empezaba a gritar: ‘Ahí viene, ahí viene, miren por dónde viene', decía señalando hacia arriba -cuenta su madre-, pero nosotros no veíamos nada". "Yo sentía el chillido de un gato y sabía que ella iba a entrar, que se me iba a montar en el pecho. Sólo la sentía yo. No importaba si estaba acompañada, sólo la sentía yo".
Después de cada visita Socorro amanecía más pálida, más flaca, más enferma. Así la recuerda su mamá: flaquita, flaquita, loquita, loquita, viendo mujeres voladoras en pleno día. "Yo pensaba que se me iba a morir".
La pesadilla terminó al poner una imagen de San Ignacio -el santo que retira los espíritus malos, según Socorro- detrás de la puerta de la habitación. "¡Glorioso San Ignacio! Ya que tan elevado estáis en el Cielo... combatiendo a los enemigos de la Iglesia... alcánzame la divina piedad". Repetía ella. También dibujó una cruz con sal a la entrada de la casa y puso varias agujas con la punta hacia afuera en las puertas. Todo para impedir la entrada de la mujer, de su bruja. Nunca volvió. "No más preguntas. No quiero hablar más de eso".
LAS DUEÑAS DEL CAMINO
Una quebrada juguetona
Doña María Auxilio Vásquez Ramírez, de 70 años, salió de misa al mediodía un domingo de cielo despejado. Cruzó la carretera y se introdujo en el bosque para ir a su casa.
El resbaladizo sendero que comunica al sector Los Vásquez, de la vereda Mazo, con la capilla Santa Ana, está cubierto por pinos pátula y lo atraviesan dos quebradas. Son 45 minutos de camino que más de cuatro generaciones de la familia Vásquez han recorrido desde hace cien años. A veces el paisaje que parece imperturbable se transforma ante los ojos de quienes creen conocerlo de memoria. Los campesinos explican el fenómeno fácil: "Brujas juguetonas que enredan el monte".
María Auxilio pasó junto a los árboles de siempre. Cuando iba a bajar hacia la quebrada El Hoyito vio desde lo alto que el pequeño arroyo, al que estaba acostumbrada, se había convertido en un caudaloso río que arrastraba arbustos y troncos a su paso. "¡Cómo me iba a imaginar que una bruja me confundiría el camino a plena luz del día!", le comentó la más anciana de los Vásquez a su hijo Roberto.
Por fortuna ese domingo usaba sudadera y tenis. Decidió meterse a la quebrada y luchar contra la fuerza del agua para atravesarla. "Padre Bendito, no dejes que nada me pase", dijo y bajó resuelta a lanzarse. Cuando llegó a la orilla, la corriente embravecida se diluyó y volvió a ser un silencioso hilo de agua. Todo alrededor lucía limpio y seco. La bruja no había dejado rastro de su juego.
-¿Qué quería esa bruja, amá?, le preguntó Roberto.
-Quizás estaba enamorada de mí y quería tenerme sentada un rato pa mirarme.
Por parrandero y bebedor
María Auxilio Vásquez y su esposo Alfonso Parra, de 73 años, tienen nueve hijos y una recua incalculable de nietos y bisnietos. Todos forman parte del clan familiar Los Vásquez, fundado hace un siglo por el papá de María Auxilio. Las brujas los han rondado desde entonces.
Aseguran que los enredos del monte son un castigo de sus dueñas para los hombres parranderos, como Juan Manuel Parra Vásquez, de 41, el único hijo del clan que no se ha casado porque todas las novias lo dejan "por borracho", como él mismo afirma. Fuma y bebe tapetusa -destilado de melazas fermentadas de cereales- "sagradamente".
Hace seis años, mientras caminaba de regreso a su casa por el bosque en medio de la noche, después de una "fiestica donde unos parientes", una mujer que él jamás había visto le salió al paso. La joven -alta, hermosa, vestida de blanco como una virgen- empezó a bailar dejándolo boquiabierto. La aparición se tambaleaba cantando: "Hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás... Si tus pretendientes quieren que me muera, yo te lo aseguro que los burlaré...".
El hechizado salió de la parálisis, intentó esquivarla, pero ella, levitando, se posaba frente a él una y otra vez. Dieron vueltas sobre el mismo eje hasta que el hombre cayó dormido. Tres horas después se despertó, estaba perdido. "Cuando eso pasó yo tenía una noviecita, Patricia. Pero conversaba con otra que se llamaba Neila. Seguro a Patricia le chocó que yo me fuera de fiesta", presume el enamoradizo.
Regalos del bosque
María Auxilio conoce bien las ofertas del bosque: hierbas, musgo, leña... oscuridad, ruidos, embrujos. Una vez, 20 años atrás, se adentró en él buscando gajos de sarro -helecho que utilizaban para el follaje de los arreglos florales-. Cuando tenía suficientes ramas salió a un potrero abierto a amarrarlas con cabuya. Al terminar, levantó la mirada y se vio envuelta entre bejucos y una espesa maleza. Buscó la luz del cielo, pero las frondosas copas de los árboles, que aparecieron de la nada, no le dejaron ver el sol. Estaba inmovilizada.
Diez minutos después se abrió un estrecho camino, dio unos pasos y reconoció el lugar. Estaba a un par de curvas de su casa. "Después del susto la bruja me regaló un atajo, para que no me cogiera la tarde", cuenta María Auxilio confundida, pero también agradecida. Dice que contó con la suerte de ser una de las pocas personas a quien una bruja embolata para acortarle el camino.