A las 2 a. m. del 3 de julio de 1994, Guillermo Otálvaro, presidente de UBANAL (Unión de Barras de Atlético Nacional), ayudaba a mover en el Coliseo Iván de Bedout el féretro del futbolista Andrés Escobar, asesinado el día anterior, para que las personas que permanecían en la cámara ardiente a esa hora pudieran tener un mejor acceso.
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Ya había vivido una situación similar en 1982, cuando acompañó en el mismo lugar el cuerpo de Osvaldo Zubeldía, entonces técnico del Atlético Nacional: el equipo al que Guillermo dedica su vida. Esa noche guardaba bajo el ataúd una grabadora que usaba para registrar las entrevistas que le hacían como líder de la hinchada, y que perdió al acabar las honras fúnebres.
Sin embargo, Guillermo no creció siendo hincha, ni es oriundo de Medellín, y mucho menos imaginó que terminaría inmerso en los hitos de la historia deportiva de la ciudad. Aunque nació el mismo año que el equipo, en 1947, lo hizo en Rionegro, en el campo, muy lejos de la vida del estadio.
Su cuñado lo invitó a ver su primer partido en el estadio, Medellín vs. Millonarios, pero ninguno de esos equipos trastocó su vida. Fue el color verde el que lo atrapó cuando lo sedujo la rutina de un vecino y tocayo, Guillermo Orozco, a quien veía salir cada domingo con el cojín bajo el brazo y la bandera al hombro. A los 20 años, invitado por él, fue a ver jugar al Atlético Nacional por primera vez, y de allí nunca más salió.
Su vida de hincha empezó en la Tribuna Sol, hoy Tribuna Oriental, cuando el piso era de tierra y barro. “En ese tiempo uno se ponía cualquier camiseta verde que encontrara en los almacenes, no como ahora que los equipos tienen su uniforme oficial”, cuenta Otálvaro. En esa época, dice, se respetaban los colores: “en un clásico, ganara o perdiera Nacional, salíamos con los del Medellín a tomar cerveza y aguardiente en las carretas alrededor del estadio”.
A principios de la década de los 70, varios hinchas de su tribuna se unieron para alentar a Nacional y, liderados por Héctor “Radiolo” Jiménez, formaron la primera barra organizada del fútbol colombiano: la Academia Verde. De allí surgieron otras barras como Comando Tribuna Verde y Escándalo Verde, que se organizaron dentro de UBANAL, donde hoy se agrupan muchas de las barras tradicionales del Atlético Nacional.
“César Arango, que tenía una empresa de estampación de camisetas, nos dijo que por qué no formábamos una asociación de barras, que él traía un jugador de Argentina y se lo regalaba a Nacional en nombre de esa asociación”, explica Guillermo sobre la fundación de la organización, que, aunque nunca recibió el jugador prometido, obtuvo personería jurídica ante la Gobernación de Antioquia el 4 de diciembre de 1990.
Dentro del campo: las anécdotas de Guillermo
Con el tiempo, Otálvaro se convirtió en una figura reconocida en el estadio y en el Atlético Nacional. En la década de los 80, salían con el equipo a la cancha y mientras los jugadores entonaban el himno, la barra desplegaba las banderas tras ellos. “Llegábamos al camerino con estampas, invitándolos a que ganaran. Recolectábamos plata en las barras para el jugador nuevo y le dábamos camisetas, tenis, guayos”, explica sobre la relación con el equipo. Fue precisamente esa cercanía la que le permitió conseguir, sin saberlo, una colección invaluable.
Hernán Darío Herrera, el Arriero, le regaló su primer uniforme oficial, y después vinieron muchos más, que Guillermo repartía cada primero de enero en partidos callejeros que organizaba con la barra. “Ahora los coleccionistas dan miles de pesos, millones de pesos por esas camisetas, y yo las regalaba”, dice entre la risa y el arrepentimiento.
También forjó una estrecha relación con los periodistas deportivos. Algunos narraban partidos desde la barra y otros, como Luis Fernando Múnera, El Paisita, salían en su defensa ante la Policía cuando él interrumpía los partidos metiéndose a la cancha. Logró además un espacio en El Colombiano, donde escribía en El Rincón Verdolaga entregas como: “Que a mi hijo Julián se le quebró el brazo, que mi familia tiene problemas económicos, que la inflación está muy alta. Pero al saber que vas a jugar Majestuoso Nacional, nuestro espíritu se regocija y el solo pensar en tus genialidades futbolísticas olvidamos aquellas y otras penas”.
No fue un hincha que se quedara quieto en la tribuna y entre sus historias cuenta que, una vez “Nacional iba perdiendo dos a cero contra el Cali y yo veía que el equipo no iba a poder ganar. Entonces me tiré de la tribuna a la cancha a abrazar al arquero, que era Raúl Navarro. Un árbitro me persiguió, entró la policía y me llevaron al túnel. ¿Qué más hacía? Quería que suspendieran el partido para que no nos hicieran más goles y lo único que se me ocurrió fue ir a abrazar a Navarro”.
Entre risas añade otra anécdota similar cuando, en otro partido contra Santa Fe, el defensa Gabriel Martínez fue hacia Sapuca (el jugador brasileño de Nacional) para golpearlo. Guillermo se metió al campo para atajarlo, aunque tuviera que usar la fuerza. Otálvaro guarda el recorte del periódico local que lo registró en su sección de amonestaciones: “Guillermo Otálvaro, presidente de la Barra Comando Tribuna Verde, quien enfrentó en actitud boxística a los jugadores de Santa Fe. Dio y recibió golpes de Gabriel Martínez”.
En 1989, cuando Nacional disputó su primera Copa Libertadores, viajó hasta Bogotá en avión gracias a Gustavo Palomares, dueño de la aerolínea del mismo nombre y quien después sería presidente del club. Asegura que pudieron acompañar a los jugadores a dar la vuelta olímpica y celebrar en el camerino, pero para Guillermo lo más importante fue “tanta gente de Medellín que se fue para el Campín, donde los bogotanos nos recibieron muy bien, y fuimos allá como si estuviéramos de locales”.
Con los hinchas del Deportivo Independiente Medellín (DIM) mantuvo una relación amistosa que iba más allá de la rivalidad. El Colombiano contó, en 1996, su relación con Héctor Flórez, “Caretorta”, entonces hincha número uno del DIM: “Eran grandes amigos, porque la amistad no tiene colores ni divisas”, y recordaba una noche en que Nacional vendió el jugador Humberto Sierra al Medellín, y Guillermo, en medio de la fiesta que compartía con Flórez juró voltearse para el rojo. Aunque al día siguiente se disculpó públicamente. “El mejor hincha de Nacional fue hincha del Medellín... por una noche”, remató el periódico.
El presente
Los problemas de seguridad y convivencia en el fútbol no le son ajenos y hace parte de la mesa de convivencia del Atanasio Girardot como representante de las barras del equipo verde. Pero para Guillermo las barras de UBANAL han mantenido su visión tradicional: nacieron para alentar al equipo y nada más. Desde esa orilla prefiere hablar de lo que las barras pueden hacer con su influencia ante las problemáticas de seguridad en el estadio. Los del Sur, por ejemplo, a través de AN Logística, pusieron a sus propios integrantes a cargo de la logística de la tribuna y la seguridad, función que cumplen hace más de 10 años. “Ya es una nueva generación y, como toda nueva generación, tiene derecho a pensar distinto. La ventaja de Los del Sur, por ejemplo, es que son capaces de resolver un problema social con todos los pelados que los siguen, que son más de 8.000”.
Hoy ya no ve los partidos desde la tribuna Oriental sino desde la Occidental, acompañado de algunos integrantes antiguos de la barra y de su hijo menor. A diferencia de él, sus hijos nacieron hinchas del Nacional. Guillermo, a quien esa pasión le llegó tarde y por casualidad, hizo que esa pasión se volviera una herencia. “Le agradezco a Nacional que un campesino de Rionegro, que no conocía el estadio, haya podido pisar la cancha del Atanasio siempre que le diera la gana. A través del fútbol conocí mucha gente importante, mucha gente buena, y me abrieron los ojos al mundo”.