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Hay un museo en Medellín que resguarda la historia del rock en la ciudad

La nueva muestra del MUROCK recorre 35 años de una escena musical que transformó la ciudad.

Laura Orrego

18 de marzo de 2026 - 08:30 p. m.
Paneles de la exposición Historia del Rock en Medellín. Lado B (1991–2025), en la Casa de la Música del Parque de los Deseos.
Foto: Museo del Rock Medell
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Un mapa en la entrada tiene una particularidad: marca los bares, las tiendas de ventas de discos, salas de conciertos, festivales y academias de música de Medellín, donde perfectamente en un solo fin de semana puede haber hasta 23 conciertos de solo rock. “Medellín es una ciudad donde el rock es un corazón que bombea sangre a la ciudad, que es el gran cuerpo”, dice Santiago Arango, curador de la exposición: Historia del Rock en Medellín. Lado B (1991–2025).

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El museo fue idea del periodista musical Carlos Acosta, quien en la pandemia se preocupó por lo que pasaría con su colección de objetos relacionados con el rock cuando ya no estuviera. Habló con otros coleccionistas y gestores culturales y encontró apoyo. “Hay gente que tiene instrumentos o letras de canciones famosas. He encontrado en ellos la voluntad de participar y contribuir”, dice Acosta, quien añade que es necesario que estas colecciones “queden para la posteridad dentro de la ciudad a modo de legado”.

Uno de los resultados es la exposición Historia del rock en Medellín, que se cuenta desde 1964 hasta 2025, a través de fotografías, documentos, discos, VHS, boletas de conciertos y productos de bandas. La primera entrega, el Lado A, abrió en octubre de 2025 y cubrió hitos como la Batalla de las Bandas de 1985 en la Plaza de Toros La Macarena, donde empezó a tomar fuerza el metal pesado, o la visita de Soda Stereo el 8 de noviembre de 1986.

El Lado B fue montado por los periodistas musicales Santiago Arango y Javier Rodríguez, y arranca en 1991, una década que fue determinante para la expansión del género en la ciudad. Allí llegaron otros géneros como el grunge, el ska y el hip-hop, que conquistaron espacios como las Torres de Bomboná o el Parque del Periodista.

Para Camilo Suárez, vocalista de Bajo Tierra y Parlantes, el museo responde a “un interés creciente entre los museos y las manifestaciones culturales que históricamente no habían estado vinculadas a esos espacios de exhibición”. Para él, la exposición facilita “que alguien diga ‘ahí falta esto, este año no fue’, y eso permite enriquecer el archivo y abrir una discusión o una apreciación de cosas que no se habían oído, o se habían oído fragmentadamente.”

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En el museo hay listas de reproducción construidas desde el medio HagalaU, que hizo encuestas en festivales y en redes sociales, así como consultas a músicos y coleccionistas. Encontraron que la gente siempre volvía a canciones anteriores al 2000. “Notamos que había un vacío ahí”, dice Arango. También hay una lista de discos esenciales, para la que tuvieron que rastrear edición por edición, porque no todas están en plataformas de streaming o con fechas reales; un álbum de 1998 podía aparecer fechado en 2008.

Con el trabajo de archivo, los curadores se preguntaron cómo ha contado Medellín su historia a través del rock. Para Arango, el género ha sido un espejo de las transformaciones. “Fue muy potente hallar que es un género vivo, que sigue hablando, que sigue denunciando, que le canta a la alegría, a los amigos, que le canta a la calle, pero que también nos sigue diciendo que hay muchas cosas que no están bien en el mundo. Que hay que divertirse, pero que hay que decir: esto está fallando como sociedad. Y el rock siempre ha incomodado.”

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Discos, casetes, VHS y cancioneros de bandas como Parlantes, Los Sorners, Lilith y Frankie Ha Muerto, parte del archivo que reposa en las vitrinas del MUROCK.
Foto: MUROCK Medellín

El protagonismo de las mujeres en la escena rockera de Medellín fue ignorado durante décadas. En la exposición aparece el caso de Lilith, banda de mujeres con 26 años de trayectoria. “El solo hecho de que fueran mujeres ya hacía que los manes dijeran, desde el machismo del movimiento: ‘Vamos a ver cómo tocan estas viejas’, de forma despectiva. Eso ha cambiado y ellas se han ganado su lugar, llegando a Rock al Parque y representando el género en otros países”, dice Arango.

Algo similar ocurrió con la comunidad LGBTI cuando, en 2015, la escena empezó a abrirse con bandas como Cuchas, que denuncian las violencias contra la comunidad por medio del punk, o La Bad Band, que se describe como Queer Rock.

El museo también busca hacer contrapeso a los medios y las emisoras comerciales que, según Arango, siguen mirando hacia otro lado. Eso implica visibilizar a bandas que ya giran por el mundo, como La Doble A, o a las de nicho como Margarita Siempre Viva, además de los medios alternativos que cubren la escena o los festivales regionales.

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“Medellín brilla hoy frente al mundo gracias a la música, y el rock sigue siendo protagonista en su propio ecosistema. Aunque para mantener ese resplandor, la ciudad deberá recorrer un camino que no atomice los sonidos, reconociendo su historia y aprovechando las oportunidades del presente”, se lee en uno de los paneles del museo.

Además de exposiciones, el MUROCK ofrece charlas con temas como la historia de I.R.A. contada por sus propios integrantes, las fotografías de Juan Fernando Ospina o el rock en la literatura latinoamericana, así como proyecciones de cortometrajes como Odio al padre, de Erre Mora. Una muestra de que el museo entiende el rock como un todo, no solo música.

Por Laura Orrego

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