Tres golpes con un martillo en la madera que llevan sobre los hombros: el primero es para acomodar el peso sobre sus espaldas, el segundo, para levantar las figuras de los santos y con el tercero empiezan a caminar. Siempre con el pie izquierdo para no perder el ritmo. Así, la Cofradía Pasionista de la Parroquia El Calvario inicia las procesiones de Semana Santa en el barrio Campo Valdés, en Medellín, donde llevan 39 años cargando en hombros hasta casi una tonelada de imaginería religiosa por las calles del nororiente de la ciudad.
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La Cofradía Pasionista nació en 1987, por un grupo de jóvenes que no querían dejar la parroquia cuando crecieron. Carlos Mario López Correa, su fundador, era acólito, mientras que César Arroyo. Octavio Gallego y Mauricio Uribe venían de grupos juveniles de la misma parroquia. Gallego cuenta que empezaron siendo cinco o seis jóvenes que, con el respaldo del párroco de esa época, Julio Jael Álvarez, se interesaron por armar los pasos en Semana Santa.
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Su compañero Carlos Mario López falleció en 2022, pero la Cofradía se ha mantenido. “A medida que ha pasado el tiempo, ya se van adhiriendo más personas al grupo, al ver que se iban mejorando los pasos y salían andas más bonitas”, explica Gallego. Hoy el grupo tiene 65 personas, hombres y mujeres, desde niños hasta adultos mayores, y funciona todo el año como grupo laical al servicio de la parroquia. Aunque su actividad más visible es la Semana Santa.
“La cofradía es un cofre que cuida, que preserva, que mantiene la tradición viva en el tiempo”, dice Johny Bedoya. En esa definición coincide la historiadora Gloria Mercedes Arango, de la U. Nacional, quien señala que estas organizaciones: “eran congregaciones formadas por personas devotas para ejercitarse en prácticas de caridad o de simple devoción, cuyo propósito era el acrecentamiento del culto público”.
La tradición tiene una gran influencia española. “Carlos Mario me contaba que él veía televisión española y ponía a grabar en Semana Santa en VHS. Con base a lo que veía, empezamos a imitar en el barrio lo que se hacía por allá”, cuenta Bedoya. Pero, en Medellín se adaptaron ciertas costumbres. Por ejemplo, quienes usan capirote y alzan los santos se llaman cargueros, pues cargan la historia bíblica en hombros. En España son los costaleros, originalmente jornaleros contratados los que levantan los santos en las procesiones. “Eso ya no es así. Nadie cobra. Nosotros nos llamamos cargueros y la función del carguero es llevar el evangelio en hombros”, dice Bedoya.
El traje que visten, una túnica amarrada con un cinturón y un gorro en forma de cono que les cubre la cara, es la tradición. La túnica puede ser blanca, que representa el triunfo; negra, el luto; o roja, la pasión de Jesucristo. El cíngulo es el cinturón y significa servicio.El capirote, el cono puntiagudo que cubre la cabeza y hace su presencia llamativa a la vez que solemne, comunica al penitente con el cielo. “Cuando los cofrades nos revestimos, sentimos muchas veces que nos transformamos porque empezamos a configurar nuestra vida con Dios”, dice Sergio Vásquez, líder del grupo. En la procesión, algunos fieles tocan los vestidos de los cargueros y se echan la bendición.
Las imágenes y el templo
Según Santiago Ocampo, imaginero de El Carmen de Viboral, las imágenes que la cofradía carga en las procesiones son imaginería tradicional antioqueña del siglo XX, talladas en madera,obras de escultores de la región que copiaban prototipos de figuras españolas y francesas que circulaban por las parroquias de Antioquia. La parroquia que las custodia, El Calvario, fue construida en estilo neorrománico, inspirada en la Catedral Basílica Metropolitana de Medellín, y en 1993 el Congreso la declaró Monumento Nacional.
Con el tiempo, la cofradía ha encargado imágenes nuevas. La más reciente es el Cristo Atado, esculpido por Ocampo, quien lidera un taller conformado principalmente por jóvenes escultores. “Ellos están muy orgullosos de que nuestras piezas estén en la calle procesionando. Es una labor pensada en el arte del pasado, pero hoy por hoy la hicimos contemporánea y la tenemos vigente”, dice el artista.
La figura fue modelada en casi 180 kilos de plastilina sobre una estructura de metal, vaciada luego en resina de poliéster y pintada con óleos franceses. Cuando se la entregaron a los cofrades, Ocampo incluyó “una pequeña reliquia, que es un fragmento de una piedra en Jerusalén”, perteneciente según la tradición a la columna en la que fue flagelado Jesús.
La tradición
El interés por pertenecer a la cofradía es algo que, generalmente, se pasa entre generaciones de una misma familia. Bedoya entró a los doce años como acólito y a los catorce ya estaba cargando. En su familia la herencia funcionó al revés: fue él quien llevó a su papá, quien aún pertenece a la comunidad. Sin embargo, el caso más común es el de Gallego, cofundador, quien tiene hoy a su hijo Simón en la cofradía. “Lo natural es que el hijo herede la pasión del papá por ser cofrade”, dice Bedoya.
La Semana Santa no empieza el Domingo de Ramos. Para la cofradía empieza meses antes. Este año, por ejemplo, la preparación empezó en enero, pero “hay ocasiones en que la Semana Santa se vive todo el año. Por ejemplo, en 2025 el proyecto era ambicioso porque queríamos conseguir los recursos para la imagen nueva del Cristo atado a la columna o siervo doliente, y lo logramos con el apoyo del párroco, pero también vendiendo tamales, haciendo rifas y eventos durante todo el año”, explica el cofrade.
En los días previos a Semana Santa, la iglesia se llena por las noches de los integrantes de la Cofradía; se distribuyen en todo el templo para cumplir distintas tareas de preparación para las procesiones. Por el pasillo central y los corredores laterales cargan las andas que ya están listas; los niños ensayan la marcha coordinada mientras sus padres los guían, algunos miembros pulen y cortan madera de los objetos que van en los pasos como postes o mesas, mientras algunas jóvenes pintan, bajo la mesa del altar, detalles de las andas.
Otros se encargan de mover y cargar los santos, al mismo tiempo que en la sacristía visten otras figuras, todas organizadas en filas dentro de la sala. Todo hace parte del rito: mientras estas actividades suceden, suenan cantos gregorianos en el templo y se prende incienso desde braseros en el suelo.
El barrio
Campo Valdés está en el nororiente de Medellín, una de las zonas más golpeadas por el conflicto armado urbano de los años 90 y 2000, cuando bandas armadas disputaron el control de los barrios. Al respecto, Bedoya menciona: “Hemos tenido la alegría de que ha entrado mucho joven y se ha quedado con nosotros, pero también algunos ya están tras las rejas. Algunos, lamentablemente, ya fallecieron por estar metidos en ese mundo”.
La cofradía lleva casi cuatro décadas siendo parte de la vida del barrio. “Hasta lo hacen llorar a uno de ver las cosas con las que creció y ama”, dice un vecino del barrio, y otro agrega: “Aún recuerdo las rifas puerta a puerta para recoger plata para construir el trono, que fue un gran hito para la cofradía. Han sido grandes tiempos y batallas para llegar a donde están ahora, que son una de las cofradías más importantes de la ciudad y ejemplo para otras”.
Así, cada Semana Santa, cuando suenan los tres golpes del martillo y aparecen los niños entre el humo del incienso y los tambores de la banda, se escuchan a sus padres explicarles lo que ven. “El papá que lleva al niño a una procesión le lee la biblia en las procesiones: ‘ahí en estos momentos Jesús le está lavando los pies a los apóstoles; ahí en esos pasos va una señora que le dio agua a Jesús’”, explica Bedoya sobre cómo la cofradía sigue cumpliendo lo que desde su fundación se propuso, guardar y mantener viva la tradición religiosa en el barrio.