Le llamaban Las Camelias y le llamaban también La Curva del Bosque y era un lugar periférico de la Medellín de ese final del XIX y comienzos del XX, al cual llegaban a buscar clandestinidad los malentretenidos de entonces que encontraban amores momentáneos y mercenarios.
No digo que fuera una zona totalmente de putas, pero casi. Era que había otra muy cerquita, Lovaina, que sí era toda una universidad del aprendizaje sexual a donde concurrían los ávidos olfateadores de carnes disponibles, muchos de ellos alumnos de la Universidad de Antioquia que quedaba en la vecindad. Entonces esa Medellín tan monacal pintó de rojo burdel todo ese sector y por esas calles corría la descripción de que tanta casa de putas había y tan cerca de la universidad quedaban que esa en realidad era el Alma Meter.
Después de toda esa vida de mujeres con sobrenombre y con labios pintados, y de bares de milongas y de humos, la zona del Bosque se aquietó y se volvió el límite imaginario del sur opulento y del norte necesitado. Un Muro de la Infamia invisible pero muy grueso atravesaba por ese lugar y Medellín parecía partida por un machetazo y durante muchos años las leyes de la urbanística condenaron a la marginalidad a ese norte de Medellín que nada más que problemas emitía.
Entonces llegó el Metro con su impetuoso viaducto. Una mole de concreto se metió en el vientre de este sector y el factor integrador que es un Metro incorporó a ese norte deprimido al desarrollo integral y ahí me tienes que como si hubiera obrado una mano prodigiosa fue apareciendo una ciudad ni siquiera soñada hasta completar hoy el polo de conocimiento y de entretenimiento que voy a contar.
Hay aquí, en donde antes había putas y cuchilladas que ya dije, en donde después en el vecindario quedó una montaña oprobiosa de basura, hay aquí ahora un parque que se llama Los Deseos, que es una fina explanada a la que le han ido creciendo las sombras de los almendros a las cuales acuden miles de personas, cientos emparejadas, a esperar el fresco de los atardeceres o a oír conciertos que se dan allí cada rato. Un parque rematado por piletas y duchas públicas de aguas que fluyen y que usan mucho los niños de los barrios de arriba de la montaña. Al pie de esos torrentes se levanta el Planetario, remozado, un recinto científico que permite a miles todos los días hacer excursiones más allá de la Vía Láctea y asistir a cursos y oír conferencias sobre el infinito y sus orificios negros.
Sigue extendido por ahí mismo el campus de la Universidad de Antioquia, siempre en ebullición, siempre tan sabia, y ha edificado ahora un edificio nuevo, el de Extensión Cultural, que es la sede de los beneficios que la Universidad le ofrece a la ciudadanía toda. Estás ahí, en la zona sur de esta estrella norte, y después de pasar la estación del Metro se te abre otro mundo. El mundo de la ciencia y del entretenimiento, así:
Las construcciones como cajas rojas que te encandilarán son el Parque Explora, recintos amplios y bien dotados para poner la ciencia y la tecnología al alcance de todos. Todo allí es tocable. Todo para el uso de la curiosidad de niños que acuden desde los colegios de toda la ciudad a constatar que la ciencia existe más allá de los tableros y de las tizas. Todo es tocable, dije, pero dije mal porque ese todo no incluye un gran acuario de agua dulce que es asombroso. Son tres niveles de puesta en escena del hábitat tropical, plantas incluidas y especies rarísimas de peces que están ahí vivos cuando antes sólo estaban pintados en las láminas de los libros. Eso es Explora más conferencias y más demostraciones y unos aparatos para aprender de inercia y de sonido y de frío y de calor.
Y allí, el Jardín Botánico. Remodelado físicamente y, sobre todo, reconceptualizado, es ahora un lugar usado. Van a las consultas botánicas para saber más de la fotosíntesis, claro. Y van a caminar por entre senderos y a disfrutar de la magnificencia del Orquideorama, un recinto luminoso que tiene unos techos que parecen unos gajos, que parecen unas ramas, que parecen unos árboles y que es tan bello que cualquier visita vale para sentir el impacto que produce la belleza. No exagero.
No acaba allí este desarrollo de una Medellín que no existía sino para los necesitados. Hay una zona de diversiones que se llama Parque Norte, bien surtida de esos aparatos que te sobresaltan; los toboganes que te quitan el aire y las montañas rusas de las que te sientes sobreviviente. Y lago para remar. Y bosque tropical para recorrer. Y unas terrazas en madera en las que quisieras que te cogiera el anochecer con una novia en los brazos con quien hablarás del mundo y a con quien anhelarás que se repitan las prácticas que conducen al comienzo de la vida. Uf.
Todo eso —y un estadio de fútbol con tribunas y todo— todo eso hay en esta parte de Medellín que queda lejos del Medellín del estereotipo comercial, del muy trillado El Poblado. Queda donde he dicho. En el norte. En donde por años alumbraron unos faroles que gritaban pecados de esos, pecados de siempre. •
* Columnista.