Hoy estamos aquí no para despedirnos, sino para brindar un tributo a una gran mujer. Mi mamá, Clarita Duperly Cano, a pesar de haber nacido y crecido en una época en la que sólo se esperaba que las mujeres fueran esposas, madres y amas de casa, decidió ser mucho más que eso y tuvo facetas maravillosas que tal vez ustedes desconozcan. Ella tuvo una profunda sensibilidad social, pero además también fue profesora, escritora, artista y hasta comediante, ¡ella siempre nos hizo reír!
Cuando me senté a escribir estas palabras quise no sólo hacer una reseña cronológica de su vida y sus logros, sino también tratar de transmitir su legado. Al preguntar a mis hijos qué era lo que más les impactaba de su abuela, ellos respondieron sin dudar: “Mi abuela fue la mujer más feliz que hemos conocido”. Yo quisiera que la recordáramos así: ¡feliz! Quisiera que su recuerdo nos produzca una sonrisa y no que nos traiga lágrimas a los ojos.
Mi mamá creció en una familia de siete hermanos, cinco mujeres y dos hombres, de un padre inmigrante pero enamorado de Colombia (Óscar Duperly) y de una madre sabia y amorosa (María Luisa Cano Villegas). Ese clan de siete hermanos, donde cada uno daba un sobrenombre a los otros seis, donde mezclaban idiomas y modismos para saludarse entre ellos y donde construyeron un lenguaje de amor incomprensible para los demás, ella, tal vez la más pequeña y frágil, los sobrevivió y cuidó a todos hasta el final de sus días.
Se enamoró de mi papá, Carlos Alberto Restrepo, cuando sólo tenía 14 años y desde entonces ha estado siempre a su lado. Estoy segura de que su espíritu y su risa estarán siempre con él para acompañarlo en estos difíciles momentos. Ella nunca quiso que nadie sufriera por su culpa.
Mi mamá terminó su bachillerato a los 15 años y, a pesar de que ninguno de sus hermanos fue a la universidad, ella logró matricularse en la facultad de servicio social. Allí estuvo sólo unos meses, pues mis abuelos, temerosos por su seguridad, la hicieron retirar y la mandaron a la escuela de arte y decoración, regida por monjas y a donde iba acompañada de su niñera. Allí se graduó y aprendió a relacionarse con el arte, convirtiendo esas nuevas herramientas en un hobby que practicó toda su vida.
Como esposa y madre vivió a plenitud su matrimonio y nuestra infancia. Pobló nuestros primeros años de historias fantásticas que nos contaba cada día a las cinco de la tarde en lo que ella denominaba “la hora rica”. Se sentaba con nosotros a su lado y con el bebé de turno sobre las piernas a leernos historias y cuentos de la literatura universal. Caminó incansable por las montañas de Antioquia y en compañía de mi papá nos ayudó a sortear la adolescencia y a llevar una vida recta y productiva. Ella fue también el soporte fundamental de mi papá en la creación y el desarrollo de su empresa.
Cuando comenzamos a crecer, ella buscó la forma de usar el tiempo libre que le dejábamos y se vinculó a los cursillos de cristiandad, donde trabajó con pasión y entrega por muchos años. Al mismo tiempo fue profesora de religión del Colegio Sagrado Corazón, donde no sólo transmitía conceptos religiosos, sino que compartía con nosotras, sus alumnas, su visión sobre la vida, la moral y la ética.
La visita del papa Pablo VI a Bogotá, en 1968, marcó otro punto importante en su vida, no sólo porque por primera vez viajó sola para poder verlo, sino porque sintió el deseo de escribir sobre su experiencia y sus emociones. Ese escrito se convirtió en el primero de una serie larguísima de artículos que fueron publicados en la página editorial de El Espectador y luego en su libro Jirones de vida. En sus artículos abordó y opinó sobre los más variados temas, con honestidad, integridad e independencia.
En 1978 tuvo que usar una silla de ruedas a causa de una caída; la imposibilidad de moverse libremente y los obstáculos que tuvo que vencer la llevaron a la fundación de su gran obra Amigos de los Limitados Físicos, hoy Amigos con Calor Humano. Ella, en compañía de 12 de sus amigos, creó un grupo de apoyo para personas con limitaciones de movilidad. A pesar de que siempre se consideró una persona tímida, se convirtió en la vocera de los que no tenían voz. Visitó empresarios, políticos y científicos, reunió personas de todos los grupos sociales y creencias para que fueran voluntarios dedicados al servicio de quienes lo habían perdido todo.
Fue también la abuela más tierna y amorosa. Sus 13 nietos fueron su gran felicidad y su mayor orgullo. Cada uno de ellos conserva anécdotas y recuerdos maravillosos de quien nunca escatimó tiempo para jugar, reír y conversar. Aun en su enfermedad, sus caras sonrientes hacían resplandecer sus ojos.
Como esposa, madre, abuela, bisabuela, tía y amiga siempre ha estado ahí para brindarnos una sonrisa, un consejo y un regazo donde llorar. Su ejemplo y enseñanzas son el legado que debemos conservar y compartir con las generaciones futuras.
El trabajo social de Clarita Duperly