4 Jul 2018 - 2:18 a. m.

Los años del punk en Medellín

Durante los años ochenta, Medellín se vio sacudida por una ola de violencia generada por la desigualdad social y por el narcotráfico. La opción más evidente para los jóvenes era sumarse a esas dinámicas, pero un grupo de ellos decidió resistir e, influenciado por los sonidos que llegaban de Estados Unidos y de Inglaterra, iniciaron una nueva escena musical: la del punk.

Leonardo Botero Fernández - @LeonardoBotero4

Pestes en 1985. / Cortesía - Autor desconocido.
Pestes en 1985. / Cortesía - Autor desconocido.

Durante los años ochenta en Medellín una generación de jóvenes comenzó a hacer punk. Eran tiempos distintos, donde la violencia se hacía más evidente para los habitantes de la capital paisa. Era la Medellín de la guerra, de los carteles, de los paramilitares que comenzaban a pelear por el control de las calles, de los desplazados que no paraban de llegar a los barrios periféricos en busca de algo de estabilidad, pero encontraban una ciudad hostil. Era la Medellín de las balas, los asesinatos, las bombas, los secuestros, la droga, el desempleo, del “no futuro”. Era la Medellín de Pablo Escobar.

También era la ciudad de los jóvenes que no veían en las pandillas una respuesta. Tampoco la veían en una sociedad que les parecía hipócrita y apegada a costumbres anticuadas. Fueron jóvenes que, sin saber cómo, quisieron hacer música. Que empezaron a improvisar guitarras y baterías, a distribuir fanzines entre las personas que formaban sus parches, a salir con pintas que eran criticadas por “la gente de bien”. Que, cansados de ser señalados, insultados y perseguidos, salieron con toda su fuerza a una ciudad violenta.

Diego Londoño -periodista y autor del libro ‘Medellín en canciones’- cuenta que desde hacía casi una década, cuando se realizó el Festival Ancón (La Estrella, 1971), el rock no sonaba con fuerza en la ciudad, pues los principales géneros eran la salsa y el tango. Hasta ese momento, cuando jóvenes influenciados por bandas americanas y británicas comenzaron a formar sus propios grupos, aunque no tuvieran idea de cómo hacer música.

Así surgieron bandas que se convirtieron en un referente local y nacional, que desde sus nombres ya manifestaban su rebeldía en una ciudad convulsionada. En las calles empezaron a sonar I.R.A (Infexión Respiratoria Aguda, o, también, Ideas de Revolución Adolescente), P-Ne (Paranoicos, Neuróticos, Esquizofrénicos), Pestes, Mutantex, Desadaptadoz, Fértil Miseria, KDH (Kaso De Homicidio), GP, entre otras.

La canción 'Dinero' de Pestes hizo parte del soundtrack de 'Rodrigo D: No Futuro', la reconocida película de Víctor Gaviria.

La preocupación de ser famosos no era la principal, lo que importaba era resistir. En ese sentido, Londoño explica que, en la década de los ochenta, el punk fue una válvula de escape de la violencia: “Significó el inicio de un movimiento que constituyó cambios radicales para una ciudad que ha sido tradicionalista, goda y pacata. El punk irrumpió para mostrarle a Medellín y a sus habitantes que hay otras maneras de pensar”.

La terquedad del punk

La llegada de este género a Medellín se corresponde con su carácter “underground”. No llegó a la capital paisa gracias a grandes éxitos musicales o a la difusión en medios, como la radio y la televisión. Lo hizo a pesar de que no había nada de eso. Se popularizó por el voz a voz; por los que iban a New York o Londres y volvían con sus maletas cargadas de longplays (LP) para luego copiarlos en casetes y distribuirlos; por la camaradería que había entre los que disfrutaban de la música.

De igual forma empezaron a surgir bandas, grupos de dos o tres jóvenes que sin formación musical empezaron a tocar. Las tiendas para comprar instrumentos no existían, por lo que echaron mano de su creatividad y empezaron a hacerlos ellos. A falta de micrófonos para los toques, les robaban las bocinas a los teléfonos públicos; a falta de baterías, usaban los mezcladores de cemento.

Un grupo de esa época es I.R.A, que lleva 34 años -desde 1984- haciendo punk. David Viola, guitarrista y vocalista de la banda, resume la ‘precariedad’ de esos años en una frase: “La escena era mucho más unida, porque eran muy pocos punkeros. Con un par de guitarras, un par de baterías y un par de bajos se desarrolló toda la escena”.

Foto: Cortesía - Autor desconocido (1986).

Para esos años, además, el cartel de Medellín ya tenía influencia en todo el país, incluyendo su ciudad natal, por lo que una serie de asesinatos y de atentados se volvieron protagonistas. Como los demás habitantes de la ciudad que no tenían que ver con esa guerra, los punkeros quedaron en medio de los enfrentamientos, con el agravante de que por su forma de ver y comprender el mundo se convirtieron en blanco de todos los bandos.

El punk le tuvo que huir al narcotráfico, a la violencia, al dinero fácil, a Pablo Escobar, a los sicarios y no porque denunciara. Yo no creo que Escobar se sentara a escuchar canciones de punk, simplemente que cuando hay diferencias, una persona intolerante no las acepta y las destruye”, dice Diego Londoño.

A pesar de eso, los punkeros se convirtieron en narradores de su ciudad, en vez de quedarse quietos a la espera de que todo acabara algún día.

“Hubo una estigmatización muy fuerte contra los jóvenes en los barrios populares, todos eran asesinos, ladrones, violentos. Las armas, las motos, las mujeres bonitas y el dinero estaban a la mano, pero la música nos salvó. Creó una mentalidad política que nos alejó de eso tan provocativo. Nos dio una obstinación, porque encontramos en la música la posibilidad de salir adelante”, dice Carlos Alberto David Bravo, ‘Caliche’, integrante de Desadaptadoz.

En ese entonces, asegura Caliche, ser punkero era “riesgoso y peligroso”. Recuerda cómo los jóvenes eran asesinados; cómo se convirtieron en un blanco fácil de la Policía, volviéndose comunes las requisas y las noches en las estaciones, y cómo los combos también los perseguían.

Ese peligro; una crisis política desencadenada por el surgimiento de los paramilitares en el país, así como de las milicias urbanas en Medellín, y  el desempleo entre los jóvenes, dieron paso al “no futuro”. “Los jóvenes se preguntaban ‘¿cómo voy a vivir hoy, si mañana puedo morir?’”, dice Caliche.

La música que recién llegaba a la capital antioqueña se convirtió, entonces, en un escape. Ese ambiente hostil fue una fuente de inspiración que lo hizo el protagonista de las letras. Como explica Londoño, “no hubo una mejor ciudad para hacer punk que la Medellín de los ochenta, los noventa y hasta la de ahora. Los punkeros necesitan es historias reales, no historias de los Grammy y de la farándula. El punk es calle, y el asfalto de Medellín tiene todas las historias”.

Ejemplo de eso fue la canción de I.R.A ‘Atentado terrorista’, escrita por David Viola después de que un carro bomba destruyera su casa. “La compusimos, porque al frente de mi casa activaron un artefacto explosivo muy fuerte” asegura, recordando esa canción que dice: La desgracia nos persigue todo es culpa de la guerra / Qué estallido más violento, me han dejado en la miseria / Aclamamos por la paz, el Estado ni interviene / Autoridad desmedida, la ciudad es destruida.

'Toque' de Desadaptadoz en 1988. Foto: Cortesía - Autor desconocido.

Parte de esas historias fueron contadas también en la película Rodrigo D: No futuro, de Víctor Gaviria, criticada por muchas bandas, pues mostró en un mismo espacio a punkeros y a actores armados. “Muchas de las personas que hicieron parte de la película sintieron que fueron usadas, porque se hizo ver como si ellos fueran los violentos”, señala Londoño.

Le reconocen, aun así, la importancia que tuvo para la construcción de una escena todavía incipiente, porque permitió que se grabara el demo Punk Medallo, donde hay temas como ‘Dinero’ y ‘Nunca triunfé’ de Pestes o ‘No te desanimes, mátate’ de Mutantex. Sobre esto, Londoño afirma que la película de Gaviria ayudó a construir un imaginario del punk colombiano; Caliche asegura que el filme “es el único referente visual que tenemos para mirar sin tapujos cómo era aquel momento histórico”.

Aunque el no futuro era la gran premisa, Viola asegura que Medellín también ofrecía otras historias: “El contenido de nuestras canciones también habla de la música dura, los amigos, la estridencia, el animalismo, la naturaleza, el amor. Que seamos punkeros, tengamos correas de taches y caras de locos, no quiere decir que no nos amemos y no nos respetemos”.

La resistencia que empezaron en los ochentas sigue. Porque el punk, que es un género que no se detiene. En palabras de Caliche, “el punk es una vía de oposición a este sistema excluyente. Hasta que el país no se transforme socialmente, el punk seguirá para hablar, para mostrar, para proponer”.

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