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Paredes que hablan en el graffitour en Medellín

Entre las muchas y distintas voces que nacen de la comuna 13, se destaca la de Casa Kolacho, un colectivo independiente que se dedica a enseñar parte de su historia a través de los graffitis.

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Juan Manuel Valencia*
24 de mayo de 2016 - 11:02 p. m.
Al pasar el puntero sobre la imagen verá las indicaciones para explorar la galería. / Santiago Gallón Vargas
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—Calidad, ¿sabe cómo llegar a las escaleras eléctricas?

—Las escaleras…. Pana, ya se pasó. Mire, dé la vuelta y baje tres cuadras, ahí coge a la izquierda, va a ver una cancha. Sube y voltea a la derecha. De ahí ve las escaleras.

Voy de parrillero en una motocicleta por las extraviadas calles de la comuna 13 de Medellín. Mi conductor, un joven artista de Casa Kolacho, apenas parece conocer el sector un poco mejor que yo.

—Parcero, las escaleras eléctricas. ¿Cómo llego allá?

—No es por este lado, las escaleras son para allá. Por el barrio Independencias. Todavía le falta, siga por esa cuadra y voltea.

El sol arde en el pavimento y en las cabezas, en el caucho de los neumáticos y en la piel descubierta. Subimos, bajamos, al norte, al sur, derecha, izquierda, pausa. Después de divagar un rato mi conductor se detiene en medio de una calle, saluda a un muchacho de bermudas y camiseta negra. “Aquí es”. Me bajo, me quito el casco, me despido del viejo guía esperando que el nuevo conozca mejor la ruta a seguir.

—Mucho gusto, yo soy Ciro y hoy los voy a acompañar. Vamos a hacer un recorrido social, político e histórico, que tiene una duración de entre dos y tres horas. Hablaremos de los diferentes periodos de violencia de la Comuna y de cómo el arte empieza a ocupar un espacio. De aquí para arriba vamos a ingresar al barrio Independencias I, donde está el ángel y el demonio de la 13: las escaleras eléctricas. También vamos a hacer un ejercicio de fortalecimiento de piernas y tonificación de glúteos. Acá empieza el Graffitour.

Casa Kolacho, Comuna 13. Treinta minutos antes

Cuatro jóvenes sentados en sofás pequeños. Gorras, tatuajes, pantalonetas, barbas de tres días, botellas de cerveza en el suelo, un cartón de aguardiente en una esquina.

—Buenas tardes, estoy buscando a Jeihhco —digo.

El más robusto me saluda.

—¿Qué más, parcero? ¿Vos de dónde sos? ¿Por qué tan tímido? ¿Mucho calor o qué? Traigámosle un vaso de agua, ¿o mejor una cerveza?

Recibo la botella agradecido. Ese es Jeihhco, artista y cofundador de Casa Kolacho, un “centro cultural de hip hop enfocado en el rap, el break dance, DJ, el graffiti y la producción audiovisual; liderado por C15, un colectivo de artistas”.

Mientras él habla yo observo el lugar. Una vivienda color azul con un antejardín, ubicada a unas cuadras de la estación San Javier del metro. Afuera, en lugar de plantas, hay una gran tabla de madera recostada contra una de las paredes. Adentro, varias habitaciones: la primera pieza es una sala con sofás, más allá hay otra con varias mesas de DJ y otros instrumentos musicales, al fondo hay una estantería de dos metros ocupada enteramente por latas de pintura en aerosol, una tienda donde venden camisetas, sombreros, CDs y demás artículos de Casa Kolacho, dos neveras y una cocineta desordenada.

La voz de Jeihhco se oye calmada por sobre las demás voces de la habitación. Él me explica que “el objetivo de este lugar es hacer hip hop, y tenerlo como un estilo de vida. Nosotros repartimos arte, desde vainas divertidas hasta vainas que tienen que ver con la memoria, con la historia de la 13”. Mientras tanto los otros charlan: “Yo no he dado el graffitour”, “¿vos has sido guía?”, “yo tengo el verbo, lo que no tengo es la melanina para ese hijueputa sol”. Y Jeihhco sigue: “Mucha gente viene a la 13 por muchas razones, algunos por morbo, otros por gusto, para ver la transformación. En el 2009 vino un congresista norteamericano, un demócrata. El man venía a revisar el Plan Colombia, y entre esas visitas tenía programada una a la comuna. Desde la fundación Mi Sangre, que es la fundación de Juanes, nos invitaron a recibirlo. A nosotros nos interesaba mucho mostrar el graffiti, contar lo político y lo social a través de esto, así que nos ideamos un recorrido”.

Hablamos un rato corto. Él me avisa que hay un Graffitour saliendo en ese preciso momento, que si quiero hacerlo debo ir ya, que él va a llamar al guía para que me esperen y que coja un casco y me suba a la moto de alguno de los muchachos de la casa.

Comuna 13, barrio Independencias I. 3:25 p.m.

En este sector todas las fachadas son de colores. Las esquinas están rayadas, las paredes pintadas, el paisaje tiene las firmas de los artistas que ayudaron a crearlo. En todos lados hay contrastes: morados con naranjas, blancos con negros, rostros y aves, figuras geométricas. Cada trazo tiene un significado, eso es lo que uno comprende a medida que hace el recorrido. Cuando un artista toma una brocha o una lata de pintura lo hace con una intención, una idea, algo que finalmente queda plasmado en un muro. En la 13 hay paredes con caras, hay lechuzas con pañuelos blancos, hay manadas de elefantes, hay mujeres derramando agua de sus manos, hay raíces ancestrales, negras, indígenas, blancas, hay árboles que escalan el concreto, hay un oso panda sosteniendo una banderita.

“Este lugar es el parque infantil Sergio Céspedes Serna”, dice Ciro, tras él tres lisaderos vinotintos. “En el 2012, cuando se estaban inaugurando las escaleras eléctricas, un niño llamado Sergio Céspedes fue impactado por una bala perdida, producto del enfrentamiento entre la policía y un grupo armado de este sector”. A la derecha un muro. Rayado, por supuesto. “Tras este hecho, por la iniciativa de líderes comunitarios y la administración, se construyeron estos toboganes. No para recordar el hecho trágico, sino para celebrar la vida”. En el recorrido me acompañan una muchacha y un joven, no aparentan mucha edad. “El día de la apertura del parque, un artista local conocido como ‘El Perro’ decidió venir acá a hacer un graffiti. A él se le acercaron unos niños y le pidieron que los dejara participar en la obra. Él les dio vinilos y pinceles”. Mis dos acompañantes son estudiantes, cada uno va con su respectiva cámara fotográfica. “Después de terminada la obra, los niños firmaron con un ‘Gracias, Perro’. La invitación de hoy es a celebrar la vida tirándonos por los toboganes”.

Vamos arriba.

Comuna 13, barrio 20 de julio. Un día después

Doña Socorro tiene un vestido de flores amarillo y una boina roja, camina despacio entre las personas con su bolso de mano. Sube las escaleras, saca las llaves y procede a abrir la puerta de la sede del servicio médico AMI. En un lado de la fachada está pintado el rostro de una mujer morena. Después de mirarlo un par de veces comprendo que su cara es la que está sobre esa pared. En la reja hay un funcionario de EPM que pasa por el lado sin saludar. Entramos. En la sala hay una mesa con un par de sillas de plástico dispuestas para sentarnos.

María del Socorro Mosquera Londoño es la presidenta de la Asociación de Mujeres de las Independencias, un colectivo barrial dedicado a la defensa de los derechos humanos a través de actividades pedagógicas y artísticas con niños, jóvenes y madres cabeza de familia. Su trabajo es cercano al de Casa Kolacho. “Yo creo mucho en los chicos que hay ahora allá, ellos saben realmente qué es un recorrido porque han vivido la violencia y la historia de esta comuna”. La sede es amplia, adentro hay mesas y salones donde dictan clases de inglés a los niños del sector. “A mí me gustan las tomas que ellos hacen, los conciertos que organizan, me gusta el tour”. Cuando habla de los muchachos del colectivo no puede evitar ser fraternal. “El Perro a veces hace unos graffitis que… Yo le dije que no me gustaban porque no los entiendo. A mí me gusta algo que yo pueda leer”.

Doña Socorro se enorgullece de decir que tiene una buena relación con Casa Kolacho, que su cara fue pintada por alguien de ese colectivo y que cuando el graffitour pasa por la esquina donde está AMI el guía dice: “Ahí trabaja doña Socorro, acá en la comunidad dicen que ella no le tiene miedo a nada porque es capaz de decirle las cosas de frente a cualquier persona sin importar quién sea. Acá en la comunidad dicen que ella es una heroína”.

Comuna 13, barrio Independencias II. 4:20 p.m.

Hacemos un alto en el camino, y nos sentamos a ver y escuchar cómo Ciro va trayendo la historia con sus palabras: “Durante los años 2001 y 2002, la comuna 13 sufrió alrededor de veintiún operaciones militares: Anzuelo, Amanecer, Antorcha, Contrafuego, Potestad, Otoño I, Otoño II, Mariscal y Orión. Esta última ocurrió el 16 de octubre del año 2002”. Las operaciones de las que habla Ciro buscaban eliminar a las guerrillas urbanas de la zona; sin embargo, las investigaciones recientes han demostrado que en dichas intervenciones no solo participaron militares y policías, sino grupos paramilitares que dejaron a su paso montones de muertes y desapariciones forzadas. Inocentes, vecinos, jóvenes. La influencia de los grupos paramilitares llegó a ser bastante alta en este sector. De acuerdo con María Victoria Fallon, representante del caso de la Comuna 13 ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, estos grupos al margen de la ley llegaron a tener un control profundo en la base social, a tal punto que dictaban normas de cómo debían vestirse los jóvenes, prohibiendo el uso de accesorios como piercings o faldas en las niñas. Los rezagos de operaciones militares siguen presentes en el territorio, el graffitour los recoge e intenta resignificarlos a través del arte.

Hoy se realizan unos tres recorridos diarios con los distintos guías de Casa Kolacho, y son visitados por nacionales curiosos y turistas extranjeros.

Caminamos con el sol sobre nuestras cabezas. En las calles de la 13 aparecen los niños con uniformes de colegio subiendo los escalones hasta quién sabe dónde. El recorrido incluye una parada para degustar “las mejores cremas de mango biche de Medellín”, en palabras de Ciro, “las originales son las de doña Consuelo”. Fácilmente podrían ser las mejores a pesar de su pequeño tamaño. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de las supuestas “mejores empanadas de Medellín” que probamos unas cuadras más abajo.

Casa Kolacho, Comuna 13. 5:33 p.m.

A esta hora de la tarde el sol es más clemente con los caminantes. Después de haber andado unas dos horas y media llegamos a Casa Kolacho. Poco después llega otro grupo que también estaba haciendo el Graffitour. El otro grupo estaba compuesto de unos ocho turistas estadounidenses, un traductor y el guía Kbalahh. Ya vamos llegando al final; sin embargo, los guías nos mencionan que antes de terminar hay algo más por hacer: “Hoy van a dejar su marca en la comuna”, dicen. Kbalahh trae una lata de aerosol, nos acercamos a la tabla de madera que yace recostada en la parte de afuera. “Van a escribir lo que quieran, algo que los represente”. Todos escuchamos con atención, mientras el traductor termina de explicar a los turistas. “Es importante estar seguros de lo que van a hacer”. Hay miradas inquietas entre la multitud, risitas ansiosas. “Deben acercar mucho la boquilla de la lata a la pared, para que salga nítido”. Kbalahh hace la demostración: “Si lo hacen muy alejado, simplemente no va a quedar nada”. Presiona la lata, deja su firma clara sobre el tablón. Los demás lo hacemos con torpeza, la boquilla es más dura de lo que aparenta y los trazos no salen definidos como uno quisiera. Lentamente todos dejamos algo sobre la tabla letras chuecas, símbolos ilegibles, algunos rescatables de entre el montón. Todos dejamos algo. “Les damos la bienvenida oficial a la 13”, dice Kbalahh. “Cuando éramos chicos nos dijeron que tuviéramos cuidado con lo que decíamos, que las paredes tenían oídos”, agrega Ciro. “Hoy queremos decir que acá en la comuna 13 las paredes hablan”.

*Este artículo fue publicado en el periódico "De la Urbe", de la Universidad de Antioquia

Por Juan Manuel Valencia*

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