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La otra vida del Cementerio San Pedro en Medellín

Fundado en 1842, San Pedro es desde 1998 el primer cementerio museo de América Latina. Hoy conviven entierros con recorridos, arte funerario y pedagogía de la muerte.

Laura Orrego

08 de junio de 2026 - 12:27 p. m.
Tumba perteneciente a José María Amador, en el Cementerio San Pedro de Medellín.
Foto: Cementerio San Pedro
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Cuando Medellín era la Villa de la Candelaria, un poblado pequeño de nueve mil habitantes, se fundó, en 1842, el Cementerio San Pedro, un proyecto impulsado por las familias más adineradas de la ciudad. En 2026, su página web da la bienvenida explicando que “desde sus inicios, el cementerio fue concebido como un lugar de memoria y respeto, vinculado profundamente a la historia social y cultural de Medellín”. Por esta razón, San Pedro hoy cumple una doble función: además de ser uno de los cementerios activos de la ciudad, desde 1998 también es un museo, después de que el ICOM (International Council of Museums) lo declarara el primer cementerio museo de América Latina.

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El reconocimiento se explica, en parte, porque el camposanto resguarda las tumbas de personajes históricos del país como Jorge Isaacs, autor de la novela María; Fidel Cano, periodista y fundador de El Espectador; María Cano, lideresa social; Marco Fidel Suárez, Mariano Ospina y Carlos E. Restrepo, expresidentes de Colombia; Pedro Nel Gómez, muralista y escultor. Además, alberga bóvedas, galerías y monumentos que reflejan más de 180 años de historia: la capilla principal fue diseñada por el arquitecto belga Agustin Goovaerts, en el espacio se distribuye una serie de suntuosos mausoleos neogóticos y las esculturas funerarias de Bernardo Vieco, “Las tres parcas” y “El ángel del silencio”, atraen a los visitantes por su técnica artística y su carga mística.

Daniela Córdoba, auxiliar del área de museo en San Pedro, explica que el cementerio “es un espacio donde convergen la conservación patrimonial, la investigación, la educación, la cultura y la memoria. Sus monumentos, esculturas y arquitectura permiten comprender la evolución de la ciudad”, y por esto San Pedro ofrece, además de visitas guiadas, una amplia programación cultural como talleres de arte y duelo, recorridos temáticos y nocturnos, conversatorios, proyecciones de películas y actividades dirigidas a niños y jóvenes que giran alrededor de la sensibilización y la pedagogía de la muerte.

Diego Herrera, historiador de la Universidad Pontificia Bolivariana, se desempeñó durante tres años, entre 2022 y 2025, como mediador, nombre que reciben los guías del museo. Orientó grupos de niños que llegaban al cementerio en recorridos organizados por sus colegios, estudiantes de criminalística que buscaban profundizar en sus conocimientos alrededor de la muerte y ciudadanos que llegaban en medio del proceso de realización de sus proyectos de vida, pues, menciona Herrera, “la muerte es un elemento indispensable en el ser humano, porque es lo más seguro que tenemos todos”.

Entre la oferta enfocada en la sensibilización y la pedagogía de la muerte destacan las experiencias inmersivas “De la tierra al fuego”, un recorrido nocturno en el que se explora cómo ha despedido Medellín a sus muertos, las prácticas y los modelos de enterramiento en la ciudad, y se abren las puertas del horno crematorio para que los visitantes conozcan los procesos técnicos de la cremación, y el recorrido que se ofrece cada bimestre, “Oficios del más allá”, enfocado en las labores funerarias y en el que se asiste a un proceso real de exhumación de restos de manera guiada. Córdoba enfatiza que estas experiencias “no se tratan solo de mostrar procedimientos técnicos, sino de comprender cómo las sociedades han desarrollado distintas formas de despedir a sus seres queridos”, y que, además, “buscan generar espacios seguros para conversar sobre un tema que hace parte de la vida, pero que muchas veces permanece silenciado”.

El antiguo mediador complementa esta visión del cementerio: “yo era muy enfático en los recorridos en que a los cementerios hay que quitarles esa idea de lugares tristes y tenebrosos, porque los cementerios funcionan también como aulas, en los que uno puede dar, tranquilamente, una clase de muchos temas”. El mismo Herrera, por ejemplo, desde su profesión como historiador ha investigado, junto a Brady Pérez, también historiador de la UPB, la posibilidad de que los restos del presidente de Colombia entre 1841 y 1845, Pedro Alcántara, hayan sido trasladados de Bogotá hasta el Cementerio San Pedro en Medellín, y se encuentren aún allí.

Pero San Pedro no es solamente la última morada de presidentes y personajes ilustres: en el cementerio hay aproximadamente 45.000 tumbas activas, entre fosas y bóvedas, donde descansan los restos de miles de personas de la ciudad. Al respecto, Córdoba explica que “diariamente conviven los servicios funerarios como inhumaciones, exhumaciones y cremaciones con las actividades culturales y patrimoniales”, que aunque sean dos funciones separadas, las une la misma misión: “acompañar los procesos de memoria, despedida y reflexión sobre la vida y la muerte”.

La familia Valderrama Agudelo es una de las tantas en la ciudad que eligió San Pedro para el descanso de sus parientes. Daniela Valderrama explica que a su familia pertenece una bóveda de pasillo, comprada a nombre de su bisabuela fallecida en 1990: “no escogieron el cementerio por cercanía, sino porque era bonito y de renombre”. Allí reposan hoy los restos de sus bisabuelos, su abuela y un tío, asesinado por la violencia de la ciudad en los 90. Daniela asegura que las pocas veces que ha visitado a sus familiares se ha sentido conmovida por la solemnidad y la estética del cementerio, y agrega que “aunque nuestro espacio es una bóveda, el chiste de mi tía es que es tan grande que ahí cabemos todos”.

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Sin embargo, la relación de la familia Valderrama con el Cementerio San Pedro se extiende más allá de la bóveda: Roque de Jesús Valderrama, abuelo de Daniela, fue sepulturero del camposanto en la década de los 80. Siendo uno de los muchos trabajadores que han mantenido en pie el lugar, su nieta explica que, aunque el sueldo era justo, “como era el cementerio de los ricos, las familias adineradas les daban muy buenas propinas a los sepultureros, y terminaban ganando muy bien”.

Córdoba resume entonces el rol de este terreno de 120.000 metros cuadrados como museo, expresando que “el cementerio no solo conserva restos materiales, sino también las historias, los rituales y los relatos que ayudan a entender cómo Medellín ha construido su identidad”.

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En San Pedro conviven distintos mundos: el del camposanto y el del museo, el de quienes reposan allí y el de quienes los visitan. Conviven los que llegan a saludar a sus seres queridos y quienes se adentran entre las tumbas buscando el cenotafio donde alguna vez estuvo el cuerpo de Carlos Gardel, o las tumbas de figuras célebres como el cantante Elkin Ramírez o el presentador Jota Mario Valencia, porque, como lo explica Herrera, “el cementerio es un sitio vivo, que se mantiene en constante actualización para leer una sociedad”.

Por Laura Orrego

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