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Mujeres danzantes: guardianas de la tradición Kamëntšá


Dentro de la divulgación del Programa de Documentación de Lenguas Nativas, la historia de un grupo de mujeres de Putumayo que a través del baile transmiten aspectos ancestrales de su cultura.

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María Antonia Narváez Agreda* y César Mora Moreau ** / Especial para El Espectador
30 de marzo de 2026 - 03:00 p. m.
La agrupación kamentsá está conformada por mujeres entre los 60 y los 75 años de edad, quienes a través de sus bailes conservan su tradición cultural.
La agrupación kamentsá está conformada por mujeres entre los 60 y los 75 años de edad, quienes a través de sus bailes conservan su tradición cultural.
Foto: Foto cortesía de Rubén Darío Madrid Delgado
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En el municipio de Sibundoy (Putumayo) vive un grupo de mujeres que danzan para mantener vivas las memorias del pueblo Kamëntšá y proteger el idioma, la música tradicional, las plantas medicinales y los tejidos que guardan nuestras historias.


Todas las integrantes de Danzas Vida Or visten tupuyos rojos (blusas) y sus vientres están envueltos por el tsombiash, un cinturón de lana que tiene tejidas las memorias y la cosmovisión de los Kamëntšá. Entre los elementos que componen su vestuario también están los collares elaborados con semillas naturales, que representan la conexión con la tierra, y algunas de ellas portan un sheknaj, un bolso tejido que tradicionalmente se utilizaba para guardar las semillas y los frutos, pero cuyo uso ha ido desapareciendo.
(Lea un ensayo sobre la importancia de preservar las lenguas indígenas en Colombia).

En el marco del Programa de Documentación de Lenguas Nativas del Instituto Caro y Cuervo, el equipo de documentadores Kamëntšá, con el apoyo de Andrés Juajibioy, Luis Felipe Dejoy Narváez y Alex Achicanoy, se reunió con ocho danzantes de esta agrupación, conformada por mujeres entre los 60 y los 75 años, para registrar de manera audiovisual sus bailes y conocer cómo cada una de ellas trabaja por la pervivencia de nuestra lengua, que cuenta con aproximadamente 4.773 hablantes, según cifras del Portal de Lenguas y Literaturas de Colombia (2023).

Al ritmo del luarteskam, conocido como “bambuco tradicional”, las coreografías de las danzantes recrean la siembra del maíz y la manera como antiguamente los miembros de la comunidad se ayudaban mutuamente durante las mengay (mingas), palabra que en su traducción literal significa “prestar la mano”. En estas jornadas era común que una persona pidiera apoyo a otras para trabajar en su jajañ (chagra) y que, como agradecimiento, se compartiera la chicha, considerada la “bebida de los dioses” por ser preparada con maíz, alimento sagrado para nuestros pueblos desde épocas remotas. Estos encuentros también se aprovechaban para intercambiar semillas y productos propios del jajañ, práctica que los mayores llaman jentrócan (trueque).


A través de las danzas tradicionales, interpretadas por esta agrupación —que nació en 2010 por iniciativa de la batá (tía) Antonia Satiaca, quien vio en el baile una manera de proteger los valores del pueblo Kamëntšá—, también se alude a una de las enseñanzas más arraigadas de la comunidad, relacionada con el acto de agradecer y ofrendar a los familiares que aún están vivos. Uno de estos bailes recibe el nombre de janshan, en el que varias mujeres sostienen en sus manos los frutos de la chagra mientras danzan alrededor de otra, sentada en un banco quien sostiene un sbarëk (canasto) donde se depositan, uno a uno, los regalos de la tierra destinados a la persona a quien se agradece.

Pensar en el baile como un mecanismo de salvaguardia de aspectos culturales podría resultar abstracto. Sin embargo, cada una de las danzas realizadas por la agrupación remite a una práctica cultural específica, como el cuidado del jajañ, un espacio fundamental para el aprendizaje, que consideramos como nuestra primera escuela, porque en ella aprendemos a hablar nuestra lengua y conocemos sobre los ciclos agrícolas y la protección de las plantas. En el jajañ están la medicina y los alimentos. También se comparte la palabra y el sentir que nos permite pensarnos en comunidad.


Además del janshan, el luarteskam es otra de nuestras danzas emblemáticas, que representa la siembra del maíz y cuya melodía marca la entrada a una de las festividades más importantes del pueblo: el Bëtsknaté (Día Grande). Según la leyenda que narra el origen de esta celebración, Betiyeguagua, el Hijo del Árbol, fue enviado al cerro de Patascoy por la Madre Tierra como castigo por haber secado la laguna del Valle de Sibundoy. A su regreso, trajo consigo los saberes del baile y el canto. El día de su retorno marca el inicio del Carnaval del Perdón.


Como señala el taita Juan Bautista Agreda Chindoy en el artículo “Bëtsknaté: el Carnaval del Perdón en el Valle de Sibundoy” (2020): “El carnaval es algo muy importante para nosotros porque es el día en el cual nos perdonamos. Se hace un ritual muy bonito, primero dentro de la familia y luego en la sociedad, frente a todas las dificultades que hemos tenido. Con base en eso hacemos esta celebración, nos limpiamos espiritualmente y nos sentimos en paz”.

Tanto en el Bëtsknaté como en el Uakjnaité (Día de las Ánimas), la música y la danza son imprescindibles, con ritmos y coreografías exclusivas para cada festividad. Así lo indica una investigación de José Fidencio Buesaquillo Juajibioy (2019). Durante el Uakjnaité, se ofrendan frutos y alimentos en agradecimiento a los fallecidos, quienes regresan en forma de espíritus para visitar a los seres queridos. Parte de la tradición incluye danzar alrededor de la ofrenda para agradecer a los ancestros y celebrar la vida.

Tanto en el jajañ como en la danza se está siempre en movimiento. Durante la siembra y la cosecha, así como en los encuentros de Danzas Vida Or, se conversa, se aconseja, se enseña, se comparte el alimento y se ríe. Este grupo se reúne entre una y dos veces por semana y sus encuentros sirven como espacios de integración y tertulia, en los que no solo hablan de cómo salvaguardar las prácticas, sino también de temas personales y relacionados con lo cotidiano. Las integrantes participan de manera activa en las actividades organizadas a nivel departamental y nacional para mostrar aspectos de la cultura Kamëntšá a través del baile. Uno de estos espacios es el proyecto “Janshan para la vida, artes para la paz”, una iniciativa del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes para visibilizar y apoyar las iniciativas de formación artística y cultural.


El baile es un aspecto esencial tanto de la vida cotidiana como de la vida espiritual de nuestro pueblo. Se danza durante las mingas, al finalizar la jornada de trabajo y en las celebraciones. Las danzas representan lo que nosotros llamamos ”lo propio”, nuestras costumbres, y también prácticas del diario vivir.

Actualmente, Danzas Vida Or es liderado por batá María Florentina Chindoy Satiaca, hija de la fundadora Antonia. Durante el ejercicio de documentación, cada una de las integrantes compartió distintos saberes desde sus experiencias. Por ejemplo, batá María Esperanza Chicunque España habló sobre el tejido del tsombiash y la importancia de utilizarlo para protegerse el vientre en la vida diaria, durante el embarazo y para fajar a los recién nacidos.

De manera similar, batá Clemencia España Juajibioy, tejedora de esta prenda, contó cómo antiguamente se criaban ovejas y de ahí se sacaba la lana. También mencionó cómo antes las mujeres tomaban plantas medicinales como la caléndula, la manzanilla y el chonduro rojo, para abrigar el vientre desde adentro. Asimismo, relató que en la época del Bëtsknaté se madrugaba a las 4:00 a. m. y se empezaba a tocar la flauta. Luego se visitaba a los familiares y a los mayores como una forma de pedir perdón por las ofensas y se compartían alimentos como el bocoy (chicha).


La medicina tradicional y el jajañ constituyen aspectos fundamentales de la identidad Kamëntšá, como señala Nancy Agreda España (2016), porque permiten el encuentro con el pensamiento, la espiritualidad de los mayores y los conocimientos sobre el territorio y los astros que señalan los días de siembra, poda y cosecha. Precisamente, estos saberes unen a varias de las integrantes de Danzas Vida Or. Conocer el calendario lunar permite saber que cuando la luna está menguante se deshierba para que la maleza no crezca tan rápido. El tercer y cuarto día de luna creciente son buenos para sembrar y en luna nueva no se puede cosechar ni sembrar porque, según los mayores, las plantas no crecen o se dañan. Según dicen, esto tiene que ver con el crecimiento lento de la luna y con la energía del suelo.

Batá María Elena Miticanoy Juajibioy, por su parte, habló de la desaparición de ciertas especies de plantas y de costumbres particulares por el uso de químicos y los cambios en los modos de vida. Plantas que se han perdido y ya no se encuentran en el territorio son la naranjilla, el motilón, el maco, el chilacuan, la ciruela, el tumaqueño, el sigsi y la sandona. Mencionó que antes se trabajaba hasta las 6:00 p. m. y luego se conversaba en la shinyak (tulpa), algo que ha cambiado por el uso de estufas.

Batá Gaudencia Juajibioy, también conocedora de las propiedades de las plantas, compartió saberes medicinales, como el uso del chonduro tigre con la ruda para limpiar el cuerpo por dentro; la hoja de achira para el cuidado de la matriz; el orégano orejón y el orégano pequeño para el dolor de estómago; el orejón para infecciones urinarias y cólicos; el anamu y las milagrosas para el cáncer; el prontoalivio para el dolor de estómago y el vómito; la cebolleta como purgante natural; el ajenjo para el colesterol alto y la yerbadulce y el chonduro rojo para el mal de estómago y la diarrea. También compartió su experiencia cuando estuvo en la escuela, donde la educación era religiosa, con monjas estrictas. Relató cómo había discriminación contra las personas indígenas y contra el uso de la lengua propia.

Asimismo, batá Narcisa Chicunque Agreda habló del conocimiento del jajañ y del yagé, medicina sagrada utilizada por los taitas durante las curaciones y la conexión con el mundo mágico, que constituye un pilar de la espiritualidad kamëntšá y que permite que los pensamientos fluyan para abrir la mente y ver otros seres que nunca se han visto.


Por su parte, Clara Juajibioy, además de enseñar sobre el cuidado del jajañ, evocó las memorias de sus abuelos sobre las mingas y cómo antes se sentaban en la shinyak, lo que permitía mantener la conexión con los mayores. Este espacio sagrado para el encuentro familiar, junto al fogón de piedras, favorecía que la tradición de la chicha, los envueltos y la sopa se mantuviera.


Finalmente, batá Eufrasia Agreda Miticanoy afirmó que para ella la danza era una manera de vivir la tradición y de mostrar lo que se tiene, se siente y se piensa. Compartió su experiencia en la infancia: como antes no había carretera, los trayectos eran largos y de Sibundoy a Pasto se iba caminando para conseguir alimentos. Iban sin zapatos y las profesoras les prohibían hablar su lengua, a la que calificaban de “fea” y cuyos sonidos “se asemejaban a los de los puercos”, por lo que debían hablarla a escondidas. A Eufrasia le gusta componer canciones y se basa en melodías que escucha en la radio para construir sus propias canciones en lengua Kamëntšá.

Cada una de estas mujeres aprovecha las reuniones semanales para compartir y mantener lo que han ido aprendiendo. Danzas Vida Or es más que un grupo de baile: es un ejemplo de iniciativas individuales que se convierten en espacios colectivos de resistencia, en este caso del ser Kamëntšá. A través del baile, estas mujeres demuestran que aún es posible recuperar lo propio y evitar su desaparición. Como señala batá Eufrasia: “Practicaremos nuestra danza con prudencia y respeto, hasta que la vida nos lo permita”.


* Documentadora Kamëntšá del Programa de Documentación de Lenguas del Instituto Caro y Cuervo. **Periodista del Programa de Documentación de Lenguas del Instituto Caro y Cuervo.

Por María Antonia Narváez Agreda* y César Mora Moreau ** / Especial para El Espectador

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