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“Yo me quiero morir, pero mirando a mi hijo. El día que yo mire a mi hijo, me muero tranquila”. Estas fueron las palabras que le dijo Petra García a su esposo Camilo González Moreno cuando fue diagnosticada con cáncer de estómago a los 65 años. Era mayo de 2013. Ya habían pasado 37 años (13.505 días) desde la última vez que abrazó a su hijo, quien llegó al mundo sin piernas ni brazos y viajó a Estados Unidos a recibir apoyo médico.
Mucho tiempo para una mamá. Mucho tiempo para su bebé, su quinto hijo, Benjamín González García, quien nació el 30 de octubre de 1973 en la vereda Charras, en San José del Guaviare. El parto de Benjamín González fue el más doloroso de los seis que tuvo Petra. Las contracciones las sintió como puñaladas en el vientre y solo se apaciguaron cuando Benjamín soltó su primer llanto. Este hijo de los González García nació con una deformidad congénita que en la literatura médica se llama focomelia o dismelia. Quienes la padecen nacen con deformaciones en las extremidades, o les faltan algunas.
La familia se acomodó rápidamente a esta realidad de Benjamín y a la nueva vida con él en casa. Por ser tan diferente a los demás hermanos, se volvió el consentido de la casa, el niño de los ojos de Petra, a quien ella lloró días y noches después de la dolorosa despedida en 1976. “Yo recuerdo tanto que el día que se lo llevaron nos tocó darle droga para tranquilizarla, porque no soportaba el dolor. Duró días que no comía. Se enfermó unos meses. Quedó vuelta nada”, recordó Alexánder, el hijo mayor de los González García.
Petra García dijo adiós a su bebé de casi tres años con la esperanza de volverlo a ver quince años más tarde con prótesis en sus brazos y piernas. Pero el tiempo no le alcanzó y murió peleando contra el cáncer tan solo dos meses después de ser diagnosticada.
Esperanza que terminó en pesadilla
El Shriners Hospitals for Children, con sede en Luisiana, Estados Unidos, fue el centro especializado en rehabilitación de niños discapacitados que recibió a Benjamín y prometió ayudarlo con su tratamiento hasta los 18 años. Benjamín debía someterse a una serie de exámenes e intervenciones quirúrgicas antes de que a su cuerpo le fueran adaptados aparatos ortopédicos (prótesis) que habría que cambiarle a medida que iba creciendo.
Primero recibió la prótesis del brazo izquierdo y más adelante le pusieron la otra. La prueba de fuego para Benjamín llegó casi al año de estar en el centro médico, pues tuvo que aprender a caminar con sus piernas artificiales y muletas.
El periodista Fabio Roca Vidales y el reportero gráfico chileno Víctor Macaya, de la revista Cromos y Vea, fueron quienes conocieron de primera mano el caso de Benjamín y tocaron puertas en Colombia y en el exterior para que el niño tuviera un futuro distinto al que le auguraba la selva. De hecho, Roca acompañó a Benjamín hasta la ciudad de Shreveport, en el estado de Luisiana, para dejarlo al cuidado de las enfermeras Donna Anderson y Annette Burelbach y del pediatra y cirujano Robert Holladay. Además se encargó de mantener informados a los lectores de Cromos sobre el estado de salud del niño. Publicó una de las cartas y fotos que llegaron desde Shriners Hospitals for Children con noticias de Benji, como cariñosamente empezaron a llamarlo las enfermeras estadounidenses que lo atendían.
La primera y única carta que conoció Fabio Roca, que representó un regalo de Navidad para los González García, la envió el Shriners Hospitals for Children a la familia el 28 de diciembre de 1976, unos meses después de la despedida de Benjamín en el aeropuerto El Dorado. Con esta llegaban fotos de Benjamín sonriente, con prótesis, y también, aires de esperanza para la familia. “Recibió su nueva prótesis hace dos semanas y está trabajando en poder usarla cada vez más. Mediante el uso del hombro opuesto puede abrir el gancho y recoger pedazos de papel. Será cuestión de tiempo para que pueda controlar el movimiento del codo”, traduce el primer párrafo de la carta enviada por el hospital hace más de cuarenta años.
Esta comunicación, firmada por el médico y la enfermera Holladay y Burelbach, contenía fotografías en las que se veía al niño tomando tetero, haciendo la siesta, jugando y dibujando con su nuevo brazo mecánico. De hecho, esas fueron las últimas imágenes que publicó la revista. Los reporteros, aunque lo intentaron, perdieron la comunicación con la familia González García.
“Completamente perdidos, no volvieron. Lo último que oí es que el chico estaba en la universidad. Yo traté de averiguar algo más y no fue posible”, dijo Roca, quien a sus 87 años hace un esfuerzo por recordar cada detalle de esta historia que trascendió la sala de redacción de Cromos.
Fue como si se los hubiera tragado la tierra. Ni Fabio Roca y ni Víctor Macaya, quien falleció hace par de años en su país, supieron qué ocurrió con la familia y mucho menos con el “Benjamín de la selva”, que viajó con la promesa de convertirse en un joven independiente pero nunca más volvió a su país.
Roca se enteró hasta el 2019 de que la familia González García se había mudado a Mapiripán, Meta, y que en ese lugar fue desplazada por la guerrilla. Esa tragedia los obligó a salir, sin nada, de la que por varios años fue su casa. “Resulta que entra la guerrilla y matan a mis hermanos menores en la finca de mi papá. Entonces, ¿qué me tocó a mí?, porque iban por mí. Me tocó anochecer y no amanecer, a mí me tocó, así como dice el cuento, salir con la mera ropita que tenía”, recordó Camilo González, padre de Benjamín.
Este desplazamiento quebró el puente de comunicación que había construido durante varios años el hospital con la familia González García: el Shriners Hospitals for Children no obtuvo respuesta de la familia a sus comunicaciones y Camilo y su esposa Petra tampoco supieron cómo ni en dónde buscar a Benjamín.
Años más tarde, Camilo y su esposa, a través de un familiar que vivía en Estados Unidos, intentaron averiguar el paradero de su hijo. Escribieron una carta dirigida al hospital que nunca llegó a su destino. El pariente que se había comprometido a llevarla no hizo la gestión a tiempo y perdió la misiva junto con las fotos que había empacado Camilo González con la ilusión de que lograría tener noticias de Benji.
Una periodista de San Martín, Meta, también intentó encontrar a Benjamín. En su búsqueda encontró datos importantes como las publicaciones de Cromos y Vea sobre el caso del niño, pero se encontró en un callejón sin salida cuando intentó obtener una respuesta del hospital. Ni siquiera la búsqueda que hizo Alexánder González en redes sociales dio frutos. Perdió la cuenta de las personas a quienes les escribió con la esperanza de que fueran su hermano y las veces que le respondieron que no conocían a nadie con ese nombre y apellidos.
Todos los intentos fueron como botellas lanzadas al mar que nunca abrió nadie. No encontraron ningún rastro de Benji y, mientras tanto, Camilo González y Petra García seguían luchando día a día con el recuerdo de su hijo. En la memoria de ambos él nunca dejó de jugar con su baloncito. “Mucha gente me ha dicho que si yo lo regalé. ¿Cómo van a creer que yo iba a regalar a un hijo o que lo iba a dar en adopción?”, se preguntó el papá de Benjamín.
Además de la tragedia que vivían con Benji, también los atormentaba imaginar lo que pudo ocurrirle a Efraín González, el segundo hijo de esta familia, quien fue reclutado por las Farc a los doce años. Alexánder González lo buscó por quince años. Se camufló en la guerrilla, recorrió todas las zonas cocaleras del país y hasta se convirtió en raspachín de hoja de coca. Sentía que su responsabilidad era encontrarlo. “Ese fue otro sufrimiento para mi mamá. Anduve por todas las zonas coqueras, pero nunca lo encontré. A veces me hacía amigo de los guerrilleros y les preguntaba por mi hermano. Nunca, nunca supe nada de él”, recordó con nostalgia.
Además del dolor de haber perdido el rastro de Benjamín y Efraín, Camilo y Petra ya habían perdido años antes a una hija. Se llamaba Rosa y falleció a los seis meses de nacida por una bronquitis que no pudieron tratar, pues se hallaban en medio de la selva del Guaviare. “Yo viví cinco años más en mi casa después de que Petra murió y eso fue un remordimiento muy duro. Todos los días veía las cosas y pensaba por qué uno tiene que pasar por todo esto. Me acordaba del niño, del otro hijo que se me llevó la guerrilla, de mis hermanos que me los mataron y muchas cosas más”, manifestó Camilo González.
Pese al camino espinoso y lleno de incertidumbre que esta familia ha recorrido, Camilo González y sus hijos no pierden las esperanzas de que algún día sabrán qué ocurrió con Benjamín en Estados Unidos. “Nosotros necesitamos saber si él está bien. Necesitamos saber algo de él. Al menos alguna razón, si está vivo o si ya no está”, clamó Alexánder.
El equipo de Los informantes se puso en contacto con el Shriners Hospitals for Children, a través de un enlace en Colombia, para saber si había registros del paso del niño por el hospital. Un grupo de enfermeras de ese centro médico estaría revisando los registros de todos los niños que han sido tratados allí en los últimos cincuenta años para entregarle al programa una respuesta oficial. No obstante, hasta este domingo, día en el que será transmitida la historia de Benjamín González en Los informantes, no había pronunciamiento sobre el paradero del niño.
“Los Informantes”, un programa que se ha convertido en modelo periodístico
Hace nueve años, el programa Los informantes salió por primera vez al aire a través del Canal Caracol y ya cuenta con 1.296 historias y 430 emisiones. Por eso, se ha convertido en un espacio periodístico preferido por los televidentes colombianos en la franja de los domingos en la noche. Dirigido por María Elvira Arango, Los informantes se ha destacado por sus investigaciones y crónicas para las que sus reconocidos periodistas han recorrido el país y el mundo. Han recibido los más importantes premios nacionales de periodismo y destacados en los Premios India Catalina de Tv.
María Elvira Arango habló a la revista Cromos de las entrevistas que más recuerda: “La de Jesús Santrich fue difícil, porque en la casa en que la hicimos entraba y salía gente, era un ambiente con una energía pesada y de mucha vigilancia hacia el equipo periodístico. La entrevista con Max Kirschberg, sobreviviente del Holocausto, fue muy retadora, porque es la historia de un hombre que te cuenta cómo le arrancaron a su mamá en un campo de concentración y cómo pudo seguir”.