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Recuerdos del primer viaje al fondo del mar

El 6 de noviembre de 1973, un submarino navegó por primera vez en aguas colombianas. A sus 90 años de edad, el almirante (r) Manuel Avendaño, quien trajo al país el submarino táctico Clase Midget SX 506 ARC Intrépido, fabricado en Livorno (Italia), evoca ese histórico momento.

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Pedro Mendoza
07 de noviembre de 2022 - 02:00 a. m.
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Colombia posee cuatro submarinos oceánicos. Sus tripulaciones, que tienen una preparación especial, están compuestas por hombres que pueden navegar un promedio de treinta días en el fondo del mar, sin contacto con la superficie.

Sonares y otros equipos especializados son operados para el cumplimiento de la misión. Los espacios son perfectamente diseñados. No hay ventanillas, como muchos creen, y solo disponen de dos luces: una blanca, que indica a los 38 tripulantes que es de día; y otra roja, cuando en el fondo del mar ha llegado la noche.

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En la Armada de Colombia los conocen como la Fuerza Submarina, un escenario en donde el silencio en las profundidades es el poder. Se trata de una historia que empezó el sábado 6 de noviembre de 1973, cuando el submarino táctico Clase Midget SX 506 ARC Intrépido, fabricado en Livorno (Italia), navegó por primera vez en inmersión con tripulación colombiana en aguas cercanas a Bocachica, en la salida de la bahía de Cartagena.

“Recuerdo que como colombianos nos invadió un gran orgullo y una alegría indescriptible por haber sido partícipes de la iniciación de la Fuerza Submarina”, dice, en charla con El Espectador, el capitán de navío Rafael Díaz Russi, comandante de ese submarino con el que se iniciaba la soberanía en el fondo del mar.

Los submarinos se caracterizan por ser silenciosos, casi al extremo de ser indetectables, lo cual permite aproximarse a los buques de superficie sin que el objetivo se percate de su presencia. En su armamento de última tecnología se destacan los torpedos y el sistema de armas. Estas unidades, en operaciones conjuntas, han contribuido al decomiso de sustancias del narcotráfico en el país.

“No me traiga problemas, sino soluciones”

En Cartagena, el almirante Manuel Fernando Avendaño Galvis, de noventa años, me muestra las placas que recibió en la Armada Nacional. En una mesa reposan réplicas de los submarinos junto al bastón de mando que usó cuando fue comandante de la Armada. Seguramente en alguna parte estará la resolución n.° 05073 en la que era trasladado para cumplir la misión de crear la Fuerza Submarina, hace casi cincuenta años. Los binóculos, en la mesa principal, le sirven para ver desde su balcón a los submarinos que navegan en la superficie por la bahía.

Muy joven leyó Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, y supo del Nautilus y del capitán Nemo. Luego, cuando era oficial de la Armada, se sentaba los domingos, si las obligaciones lo dejaban, a ver en televisión Viaje al fondo del mar, con las historias del almirante Nelson y el capitán Lee Crane. Pero, de la fantasía, el mar lo llevó a la realidad. En tiempos de la Guerra Fría, el presidente Carlos Lleras Restrepo (1966-1970) tenía clara la necesidad de apoyar a una marina para el fondo del mar.

Avendaño era comandante de un destructor y capitán de Corbeta. Lo llamaron en diciembre de 1970. “Aquí tiene usted una carpeta donde están los documentos que tienen que ver con la adquisición de los submarinos para la marina. Usted se va hacer cargo de llevar a cabo ese proyecto y cuando vuelva a mi despacho ¡no me traiga problemas, sino soluciones!”, fue la orden que recibió del almirante Parra, por entonces comandante de la Armada. “Eso no se me olvida nunca”.

Recuerda que se fue a buscar un escritorio y un pequeño archivador. Se acomodó en un rincón para iniciar su trabajo. Sabía de guerra antisubmarina, había participado en operaciones, y el primer submarino real que conoció fue un Guppy Class, conocido como el Pez Ligero. “Fueron los últimos que sacaron los gringos para la guerra en el Pacífico”, recuerda este viejo lobo de mar.

Había que preparar las tripulaciones y el proyecto recibió el respaldo del gobierno peruano. Allí se fueron los primeros marinos a formarse en otro mundo diferente al de la superficie. Ya había otra carpeta en el archivador.

El tiempo seguía su camino, el joven capitán compartía su tiempo en reuniones y apoyando a las unidades de la Armada. Había un contrato de construcción por cuatro años con el gobierno alemán. En Colombia gobernaba Misael Pastrana Borrero, cuando se presentaron incidentes en el mar Caribe y se puso en marcha un plan de contingencia. Deberían llegar submarinos.

El 7 de agosto de 1972, la motonave Río Amazonas, que pertenecía a la desaparecida Flota Mercante, se fondeó frente al Club Naval y allí llegaron las partes del primer submarino táctico clase Midget-SX-506 y cuatro lanchas submarinas. “En un proceso rápido, estudiado con varias pruebas de efectividad, se logró la adquisición de los primeros submarinos, que llegaron al país. Venían de Italia. Aquí los ensamblaron. Ya teníamos cuatro submarinos: los dos alemanes, que se construían allá, y los italianos, que llegaron y fueron ensamblados en los astilleros de la Armada”, evoca el almirante.

Su responsabilidad seguía en ese escritorio y más carpetas. Acoger los partes de los submarinos italianos, estar atentos a los alemanes y, paralelo a eso recibir las cuatro lanchas submarinas Charriot y el dique flotante Mayor Jaime Arias.

¿Por qué escogió Italia, si la cercanía con el gobierno estadounidense era muy fuerte? ¿No era más fácil traerlos de allá?

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Me dice que hubo un cruce de cartas y el gobierno estadounidense les comunicó que en el inventario de la Armada de los Estados Unidos ya no había submarinos convencionales, todos eran de propulsión nuclear”. El 6 de noviembre de 1973 navegó por primera vez un submarino en aguas colombianas. Ese día el capitán Díaz Russi se embarcó con su tripulación: los marinos entraron por la escotilla. Ya se conocían los manuales administrativos, las tablas de organización y el equipo especializado, así como las funciones y responsabilidades de cada marino.

El almirante los vio zarpar y esperó a que regresaran. Ese día empezaron a usar nuevas palabras en la marina: trimado, compensación, el blanco, torpedos y sonar, entre otras.

Cuando se terminó el ejercicio, el entonces capitán Avendaño le dijo al comandante de la Armada: “Cumplida su orden”.

“Lo que más me pesó a mí fue el no fallar. El plan se escribió de tal manera que toda la organización de la marina tenía una responsabilidad en la construcción de la Fuerza Submarina”.

Hablamos de los submarinistas, su formación y esa especie de logia que los distingue; una réplica de un submarino, al lado izquierdo del uniforme, los identifica en esta especialidad naval. Recitan como un credo las palabras orgullo, profesionalismo y sacrificio, esta última con el significado de aceptar las limitaciones y restricciones en la vida en un submarino en las profundidades del mar.

Sonríe y recuerda que el alma de un submarinista está alineada con la mente y el cuerpo. Navegan en las profundidades, caracterizadas por la presión y la oscuridad.

Espacio para todo, menos para el error

En el mar se lucha en las tres dimensiones: la superficie, debajo y encima de ella. La Fuerza Submarina le otorgó a Colombia un grado disuasivo y amplió sus capacidades para garantizar la protección de líneas de comunicación marítima.

Los submarinistas ingresan a su buque por una escotilla. Algunos miran antes al cielo. Cuando se cierra la escotilla del submarino, la tripulación se alista para las evacuaciones de los tanques de lastre y entrar a inmersión. Se ordena abrir los tanques y el buque inicia su calculado descenso a la profundidad. Empieza una historia en la que dos luces les indican cuándo es de día; en la noche, el organismo compensa los tiempos que se pasan en la superficie.

En una navegación en crucero de guerra, van 38 hombres que desayunan, almuerzan y cenan como si estuvieran en la superficie. Hay dos baños y dos duchas. La expresión “cama caliente” se refiere a que cuando un tripulante se levanta a tomar su puesto de guardia a esa cama llega quien fue a reemplazar.

Todos las marineros saben que “en un submarino hay espacio para todo, menos para el error”. El tubo lateral de un submarino tiene un casco para no ser detectados por radares enemigos, sistemas de guerra electrónica, control de armas, sistemas de lanzatorpedos, minas, sonares, control de tiro, extinción de fuego y posicionamiento satelital GPS, entre otros componentes. No hay ventanas.

Las guardias son cada cuatro horas repartidas en tres turnos. Ver películas, jugar y leer forman parte del descanso cuando están navegando. El movimiento es mínimo y el silencio es fundamental. En el fondo del mar, no saben qué pasa con sus familias y seres queridos. Un mes es el promedio de navegar en cualquiera de los cuatro submarinos. Lo mejor es la camaradería.

Tres estados navales forman parte de su vida. Inmersión, salir a superficie y profundidad de esnórquel, cuando el submarino está en condición de carga de baterías. En estos cincuenta años, cuatro submarinistas han llegado a ser comandantes de la Armada, entre ellos el actual, el almirante Francisco Cubides, quien, frente a la tripulación de los submarinos, les dijo. “Aquí me formé, aquí me hice submarinista; con mucha emoción, regreso a mi buque con una tripulación entrenada y liderada por su comandante, listos para proteger la seguridad y garantizar la defensa”.

En el fondo del mar, un submarino colombiano navega. Seguro, alguno de los tripulantes recordará a Julio Verne cuando escribió que los hombres en superficie pueden “ejercer sus inicuos derechos, pelearse, devorarse todos y transportar los horrores terrestres, pero a treinta pies de profundidad, su poder cesa, su influencia se extingue y su imperio desaparece”.

El almirante Avendaño mira hacia ese mar donde ha pasado toda su vida y dice. “Una vez submarinista, submarinista por siempre”.

Por Pedro Mendoza

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