Día de la Madre: exguerrillera y mamá, los desafíos del cuidado en tiempos de posacuerdo

Luz Villamil* comenzó su proceso de reincorporación a la vida civil en 2016, luego de la firma del Acuerdo de Paz. Es madre de tres “hijos de la paz”, como ella los llama. Hoy celebra su tercer día de la madre en la vida civil y cuenta los retos de la maternidad en tiempos de posacuerdo.

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Valentina Parada Lugo
10 de mayo de 2020 - 10:00 p. m.
Día de la Madre: exguerrillera y mamá, los desafíos del cuidado en tiempos de posacuerdo
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Luz Villamil* es madre de uno de los “hijos de la paz” que nacieron en medio del auge de la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y la extinta guerrilla de las Farc. Asiara nació en junio del 2017, cuando sus padres estaban en el espacio de reincorporación del corregimiento de Carrizal (Antioquia). Asiara es la menor de tres hijos y a quien menos le ha tocado vivir la violencia.

Su primer hogar fue el espacio de reincorporación, donde sus padres comenzaron el retorno a la vida civil después de la dejación de armas. Allí acompañó todo el proceso de miles de excombatientes que estaban dispuestos a comenzar de cero. En palabras de su madre, "es la humanización de la paz".

Antes de Asiara estaba Fernando, un joven de 15 años que desde sus primeros meses de edad fue entregado a su familia paterna. Luego llegó Said, un niño de seis años que nació cuando el proceso de paz comenzaba a dar sus primeros pasos. Ese embarazo lo vivió estando en las Farc y su nacimiento fue casi una profetización maternal: "Yo apenas había podido ir a dos brigadas médicas rurales en el embarazo porque no había más. Un día simplemente sentí que ya iba ser momento de dar a luz, pero no tenía dolores. Me fui para un centro médico y preciso, ese día lo tuve".

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A los tres días de haber nacido Said, Luz fue detenida por las autoridades. La condenaron a dos años en prisión, pero le otorgaron la detención domiciliaria por ser madre lactante. Los primeros años de vida del bebé trascurrieron en una pequeña habitación en Medellín (Antioquia). Cuando cumplió la condena, no tuvo más opción que llevárselo con ella. "Fue una locura pero me llevé a Said para las Farc conmigo. Allá todo el mundo lo quería mucho, porque allá si un guerrillero tenía un hijo es como si fuera hijo de todos", cuenta.

Lo primero que Luz hizo cuando retornó a la vida civil fue dedicarse a lo que más le gusta en la vida: la pintura, la cómplice que descubrió estando en la guerra. Su mayor herramienta contra el olvido y el dolor de la violencia fueron los retratos. Cada vez que moría un compañero en algún combate, ella lo retrataba en hojas de block para que su imagen perdurara para siempre. En su uniforme nunca faltó una hoja blanca y algunas pinturas que cargaba.

También las usaba cuando veía un paisaje que le gustaba. "Como uno no tenía forma de tener una cámara o un teléfono para inmortalizar esos paisajes que veíamos, intentaba pintarlos para que no se me olvidaran nunca. Así plasmaba mis sentimientos", recuerda. Sin embargo, desde hace tres años sus motivos para pintar son distintos. Lo hace cuando tiene tiempos libres, cuando quiere enseñarle algo a sus hijos o cuando alguien le encarga un cuadro para comprárselo.

Luz nunca ha dejado el amor por el arte. Uno de los primeros cuadros que retrató después de la guerra fue uno con sus hijos. "La pintura me llena de vida, la gente dice que me volví hippie porque ahora soy solo paz y amor, pero siento que el arte es todo lo contrario a esta sociedad".

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A sus 31 años menciona que nunca imaginó tener la vida que tiene hoy. Vive con su pareja y dos hijos en el campo. Dice que antes que comenzara la cuarentena, estaba organizando todo para reencontrarse con Fernando, su hijo mayor, y llevarlo a vivir con ella. Es estudiante de segundo semestre de la carrera tecnológica en Manejo de Recursos Ambientales en las Unidades Tecnológicas de Santander.

Su vida siempre ha girado en torno a ser mamá: a todas sus clases, antes de la pandemia, la acompañaba Asiara, su bebé de tres años. "A veces no tenía con quién dejarla o simplemente no quería despegarme de ella y la llevaba conmigo", narra entre risas, mientras asegura que estudiar becada es uno de sus mayores logros.

En la institución hace parte del grupo de arte y pintura. En la vereda donde vive, vende sus cuadros y hace retratos personalizados. Vive del arte para sanar las heridas de la violencia y para tener un ingreso económico adicional.

Durante sus 10 años como combatiente no pasó un día en el que no pensara que podría ser el último día de su vida. Esa idea la atormentaba por sus hijos, por el futuro que tendrían. Siempre quiso regresar a la vida civil pero nunca lo vio posible. El Acuerdo Final fue como un sueño hecho realidad que le permite, este domingo, celebrar su tercer Día de la Madre en paz.

*Nombre cambiado por seguridad de la fuente

Valentina Parada Lugo

Por Valentina Parada Lugo

Comunicadora Social - Periodista de la Universidad Autónoma de Occidente, con experiencia en cubrimiento de conflicto armado y crisis humanitaria. @valentinaplugo vparada@elespectador.com

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