Temilda Vanegas encontró, desenterró e identificó a su esposo desaparecido

Noticias destacadas de Desaparecidos

Después de la desaparición de Jorge Franco Argumedo, su esposa se metió una noche al cementerio Calancala de Barranquilla y cavó en la tumba donde podría estar enterrado. En su trabajo por los desaparecidos logró identificar 33 cuerpos más.

El 3 de noviembre de 1987 Temilda Vanegas vivió una escena como de película. Su esposo la abrazó y la besó en la calle, en la parada del bus, mientras sus amigos los chiflaban y molestaban, como a una pareja de recién enamorados, como si ese fuera el primer beso y no el último de los 15 años que llevaban juntos. Toda la mañana Temilda había sentido en su corazón que lo que se acercaba no era bueno. En la calle había visto un par de aretes azules que le gustaron. Se dirigía a almorzar con Jorge Franco Argumedo, su amor de vida y de luchas sociales, pero a él no le gustaron los azules sino unos blancos, casi transparentes.

- Son dos goticas de agua, dijo ella.

- Dos lágrimas, dijo él.

¿Pero por qué lágrimas si ella no tenía nada por qué llorar? Se lo dijo, pero él insistió en las lágrimas.

Después del almuerzo en una plaza de Cartagena fueron a esperar el bus que lo llevaría a San Jacinto (Bolívar), donde él iba a comprar artesanías para luego venderlas en otros pueblos. Era comerciante en esa época. El bus llegó y el corazón de Temilda se hizo chiquito, a pesar de que Jorge debía regresar a los dos días, y no le quedaba más que esperar.

***

Temilda Vanegas nunca ha sido una mujer que se queda quieta y callada. Nació en 1955 en San Antero (Córdoba) y, muy joven, se casó con Jorge Franco Argumedo, un estudiante monteriano al que conoció en la Federación de Estudiantes de Córdoba. Vivieron juntos en Montería un tiempo y luego en Cartagena. Jorge era militante del Partido Comunista Marxista Leninista de la época, una en la que buscaron aniquilar la izquierda, y había hecho parte del magisterio, de donde fue destituido por participar en paros docentes. Temilda, por su parte, era la secretaria de la Asociación de Juntas de Acción Comunal de Cartagena. Y juntos trabajaban por los más vulnerables.

Siempre estuvieron pendientes de lo que les faltaba a sus vecinos, a pesar de que a ellos no les sobraba nada. Eran trabajadores con tres hijos pequeños, pero lo que los movía era otra cosa.

Por eso Temilda hoy piensa que tal vez lo que motivó a los asesinos fue ese pensamiento de Jorge, que además hacía trabajo político con su partido. Porque ¿Qué otra cosa iba a mover a un grupo paramilitar y, presuntamente, al Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) rural de Pivijay (Magdalena) a desaparecer a un comerciante de artesanías?

***

El recorrido que Jorge tenía que hacer en el bus era directo. Llegó a San Jacinto y compró, pero después tenía que seguir por varios pueblos de la frontera de Bolívar con Magdalena. La frontera que marca el río Magdalena que, en Tenerife, ya está más o menos cerca de la salida al mar. Jorge llegó al corregimiento Real del Obispo (Tenerife) en chalupa, pero de ella no se bajó, sino que lo bajaron. Y, según dos testigos, un par de hermanos que trabajaban en el puerto del pueblo, lo bajaron a cachetadas. Ahí lo estaban esperando los paramilitares.

- Claro que llegó aquí. A ese muchacho fue al primero que bajaron de la chalupa. Porque él es joven, ¿cierto? Él no tiene 40 años. Lo bajaron a cachetadas de la chalupa y se lo llevaron.

Eso le dijeron a Temilda cuando llegó a Tenerife en busca de su marido, foto en mano, más de una semana después. Jorge tenía que regresar a los dos días, pero no regresó y no tenía cómo localizarlo, así que lo esperó. El 11 de noviembre, presintiendo que si no iba a buscarlo, nunca más sabría de él, tomó el bus a San Jacinto y se propuso hacer toda la ruta que él debía hacer. Así se enteró de que sí compró las artesanías, y que sí llegó a Tenerife, donde fue golpeado. Pero como no sabía qué había pasado luego, siguió buscando. Llegó a Montería a ver si estaría con su familia, pero tampoco. Hasta Curumaní (Cesar) fue a parar Temilda Vanegas.

***

Ahora, cada vez que recuerda lo que hizo en el cementerio Calancala de Barranquilla a finales de noviembre del 87, dice que fue una locura, pero una locura buena.

Había pasado casi tres semanas de incertidumbre. Había recorrido toda la costa y hasta se había trasladado a Bogotá, donde conoció a la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes), quienes la orientaron en su proceso de búsqueda. Temilda estaba tan desesperada que aceptó la propuesta de un tío de su esposo cuando le dijo que la iba a llevar donde una mujer que leía la suerte.

- Su esposo estuvo en una finca donde hay muchas cosas grandes, y estuvo en un cuerpo de aguas.

- ¿De aguas? ¿Dulce y salada?

- Sí

- ¿Barranquilla?

- No sé, porque yo no conozco Barranquilla, le respondió la mujer.

Pero Temilda sí conocía la ciudad. Allá desemboca el río Magdalena, pensó. Llegó a Barranquilla, pero no sabía por dónde empezar a buscar. Si Jorge estaba muerto y su cuerpo había parado en la desembocadura, seguramente eso había sucedido días atrás. Entonces pensó en la prensa y se fue para el periódico El Heraldo, donde pidió ver el archivo de noviembre.

Revisó página por página. Y encontró la noticia. Decía: “Otro ahogado. Su nombre: Jorge Franco Argumedo. Murió por inmersión, estaba pescando en las aguas del río Magdalena, cayó y se ahogó”, decía el periódico. “Pero mi esposo era un tiburón para nadar”, refutó Temilda. Salió de la sede del periódico y fue a la Funeraria Siglo XX, encargada de recoger los cuerpos sin identificar. Allá le confirmaron que lo recogieron y que lo enterraron en el Cementerio Católico Calancala, a la espera de que apareciera un familiar. Estaba enterrado como “N.N”, ningún nombre.

Llegó al cementerio y después de hablar con el sepulturero hizo lo que estaba pensando: fue a la ferretería, compró un palustre y un foco de mano (linterna), fue a una farmacia y compró unos guantes. Entró al cementerio y dijo que no se demoraba, porque le advirtieron que ya iban a cerrar. Pero no se dieron cuenta de que ella no salió. Se escondió en una bóveda.

Cuando salió del cementerio fue a un estadero y se tomó una botella de ron de un solo trago. Y lloró.

***

La muerte ha pasado muy cerca de Temilda Vanegas. Cuando salió del cementerio fue a la Procuraduría, donde había denunciado la desaparición de Jorge, y dijo: anoche me metí al cementerio e hice esto y esto. Si tiene que ponerme presa, hágalo ya. Pero ya lo hice y sé que mi esposo está muerto.

“Más me demoré en ir yo a la Procuraduría que los paramilitares en amenazarme”, dice. La llamaron a su oficina y le dijeron que era una atrevida. Tiempo después, todavía buscando que en la justicia avanzara el caso de Jorge, se le atravesaron en una moto y le dijeron que tenía 24 horas para abandonar la costa. Y, por tercera vez, ocurrió un hecho que ella tomó como una amenaza: asesinaron a un estudiante de la Universidad del Atlántico al frente de su casa en Barranquilla.

Pero la búsqueda de Temilda no se detuvo cuando terminó con la incertidumbre. La muerte le siguió rondando, de hecho, 33 veces más. Junto a Asfaddes, en Barranquilla, ciudad a la que se mudó, empezó a acompañar a 34 mujeres que tenían a sus familiares desaparecidos.

Después de cavar en la tumba de Jorge y de conocer las torturas que había sufrido, se convenció de que tenía que saber cada vez más para ayudar a otras personas, que es finalmente lo que a la pareja Franco Vanegas siempre la había motivado. Se capacitó, incluso, con el Equipo Argentino de Antropología Forense y, trabajando con Asfaddes y la Fiscalía, encontraron e identificaron los cuerpos de 33 de los 34 desaparecidos que buscaban.

***

“Yo lo que quiero es que la desaparición forzada desaparezca”, dice con claridad. Pero en su caso, infortunadamente, no ha sucedido. En diciembre de 2018 Temilda fue al Calancala a visitar la tumba de Jorge, a quien nunca han exhumado legalmente, pero no la encontró. Le preguntó al sepulturero si era que habían quitado la lápida, pero no le supo decir. Dijo sí que Medicina Legal había estado yendo allá a exhumar varios cuerpos y que era posible que el de Jorge se lo hubieran llevado. Podría estar todavía ahí, como también puede que no.

Ella, por su parte, sigue buscando justicia para su gran amor. Después de que a Jorge lo desaparecieron, Temilda nunca se pudo volver a enamorar.

Comparte en redes: