Entrevista

El estigma de ser un hombre violentado sexualmente

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Gary Barker, con más de 20 años investigando y trabajando por las masculinidades positivas en más en 40 países, visitó Colombia para hablar del impacto de la violencia sexual en hombres.

En el pasado diciembre, 31 hombres colombianos víctimas de violencia sexual en la guerra denunciaron por primera vez lo que les había pasado. Cada uno llevaba a cuestas un silencio de dos y hasta treinta años. La única motivación que encontraron para, por fin, hablar de lo que les hicieron fue sentirse acompañados y protegidos, no juzgados. Esas tres son las condiciones que, según Gary Barker, permitirían que los hombres víctimas de este crimen por fin puedan contar sus historias y empezar a sanar sus dolores. Barker es el presidente y fundador de Promundo, una organización que trabaja por la promoción de la igualdad de género y la prevención de la violencia, especialmente con hombres, para “transformar normas de género dañinas y dinámicas de poder desiguales”. Barker estuvo en Colombia, invitado por la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP y la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales, para dictar una conferencia en Fragmentos. Este diario habló con él sobre la violencia sexual en hombres.

La tendencia de las víctimas de violencia sexual es al silencio. ¿Por qué los hombres se quedan callados, incluso más que las mujeres?

Los hombres nos quedamos callados sobre muchas cosas: la depresión masculina, el suicidio. Depende del país, pero dos tercios de los suicidios en el mundo son de hombres. No buscamos ayuda porque esos temas se ven como una debilidad, como si no fuéramos viriles, ni fuertes, ni aguantáramos. Desde chiquitos nos dicen: aguanta, no llores. Si cuentas lo que te pasó, ya no eres hombre. Hablar de los sentimientos es como quitarnos nuestra identidad de género, de quién somos, ya no somos miembros del club del macho. Ponemos ahí la cuestión de violencia sexual, y se dicen cosas como: tú no fuiste capaz de defenderte, tú lo provocaste, y pone ahí la homofobia, que dice el mundo, que tanto rechaza: cualquier práctica homosexual te hizo homosexual, con todo el estigma que hay detrás. Entonces es como un pacto completo decir que los hombres no vamos a buscar ayuda ni a hablar sobre eso. No es casualidad que los casos de algunos hombres famosos que empiezan a hablar de esto, atletas, actores, son de incidentes que pasaron hace veinte o treinta años.

¿Cómo ese silencio se vuelve más fuerte en contexto de conflictos armados?

La represión o el poder que tienen los hombres armados tiende a acallar todo, cualquier denuncia. Lo otro es que los hombres en contextos de conflicto, o refugiados, sienten ya que su masculinidad no vale nada, que ya no pueden ser proveedores, que supuestamente ese es mi papel como hombre. Además, no se puede denunciar que también fue víctima de violencia sexual. Va quitando su masculinidad y no le queda nada. Y claro, la imposibilidad del Estado de brindar servicios, de tener personas capacitadas sobre cómo debe ser escuchado ese hombre después de un posible acto de violencia sexual.

¿Cómo juega la familia en ese pacto de silencio?

La gran mayoría estamos en un contexto de familia, como mencioné antes esa cuestión de ser el proveedor y de quién soy si ya no puedo proteger mis hijos. Cuando les preguntamos a los hombres en el mundo entero cuál es tu papel principal en la familia, salen esas dos cosas: ser proveedor y ser protector. Si estás en un contexto donde no se pueden hacer esas dos cosas, es muy difícil para los hombres hablar sobre un abuso, sobre una violencia sexual o de su depresión, su salud mental. Es una espiral de suicidio, abuso de alcohol, encerrarse en sí. En un campo de refugiados en muchas partes del mundo las mujeres están juntas cuidando de los niños, hablando tristes, porque una de cada cinco ha perdido a su marido. Pero siempre están unidas. Si hay hombres en esos campamentos, están solos, intentando salir desesperadamente, buscando un espacio masculino, como jugar cartas o tomando un poco de alcohol, para sentir que “aquí puedo ser macho”.

¿Qué diferencias, respecto a las mujeres, hay en las secuelas físicas y psicológicas que deja este crimen?

Muchas mujeres se quedan calladas, pero vemos que los hombres guardan silencio por más tiempo y no buscan ayuda formal, mucho menos hablar con amigos o compañeros sobre lo que les pasó. También vemos que los hombres víctimas de violencia sexual en ocasiones se convierten en violentadores sexuales dos veces más. Hemos escuchado versiones de chicos que fueron violentados cuando niños y tienden a usar la violencia sexual con otras personas. Piensan que esa es la forma en la que los hombres consiguen el sexo que quieren. Como no buscan ayuda, su rabia se convierte en agresión. Esto no pasa tanto con las mujeres, que son minoría en las cifras de victimarios. Aunque hay que tener cuidado con la estigmatización de los hombres.

¿Cómo midieron eso?

Estas son encuestas domiciliares que aplicamos en más de cuarenta países. Y usamos preguntas reconocidas, que han sido utilizadas con mujeres durante años. En 2008 empezamos con las encuestas sobre uso de la violencia y de haber sido víctimas. También hicimos preguntas de salud mental, bienestar y vida de pareja. En algunos países vemos cero relatos de abuso sexual contra los hombres. En otros creemos que están siendo más honestos. Pero no es una tendencia absoluta.

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Una vez rompen el silencio, ¿qué se encuentran los hombres en el acceso a la justicia?

Las mujeres se encuentran con la dificultad de que les insinúan que hicieron algo para provocar. Lo mismo pasa con los hombres. Les dicen que si han tenido relaciones homosexuales fueron provocadas por ellos. Y la cuestión de ¿por qué no te defendiste? El cuestionamiento de defensa, de que si eres un hombre debes ser fuerte y que cómo te quedaste inmovilizado en ese acto. Entonces aparece esto: ¿cuántos buscan ayuda? Bajo porcentaje; menos aún buscan ayuda profesional; los que lo hacen, menos aún dicen “yo quiero hacer denuncia”; de los que van a hacer una denuncia, muchos desisten en el camino porque “no quiero hablar sobre eso públicamente”. ¿Y hay condenados por esos hechos? Menos.

¿Cómo se cruzan condiciones como la clase y la etnia dentro de la violencia sexual contra hombres?

Es poner capas de estigma. O sea, soy un hombre negro: el mundo ya me ve como violento por naturaleza. Además, la gente clara me ve como viril, idealizado, y ahí encuentro algo positivo en eso, que me permite romper un poco un histórico étnico de ser vendido como esclavo. Y viene la cuestión del sistema judicial y policial: ¿me van a creer? No me van a creer. Muchas veces también se cruza la cuestión de muchas mujeres pobres, a veces afrodescendientes, por ejemplo, en Brasil me acuerdo una vez en la favela una mujer dijo: “No, yo pasé años de violencia de mi marido, pero no quiero denunciarlo. Yo sé que él tiene que parar, porque yo sé cómo el sistema trata a un hombre negro”. Este hombre está en situación de pobreza, y se superpone ahí la cuestión de raza, la cuestión de homosexualidad, por ejemplo. ¿Qué se piensa? Pues “ya no fui hombre, el mundo no me considera hombre, y luego voy a buscar ayuda por algo que me quita más aún la idea de ser macho”. Y bueno, tampoco hay protección.

¿Cómo lograr superar estas situaciones de estigmatización, silencio y falta de acceso a la justicia, teniendo en cuenta también lo difícil que resulta para los hombres asociarse u organizarse como lo han hecho las mujeres?

La cuestión es cómo conseguir que los hombres podamos abrirnos y conversar sobre eso, que romper ese estigma es un proceso largo. Es crear un grupo seguro y decir: “Aquí puedes confesar, aquí no te juzgamos por lo que te pasó, te apoyamos”. Y ahí decir: “Vamos a hablar públicamente, no podemos quedarnos aquí en ese grupo cerrado”. Luego, ¿cómo conseguir líderes locales que dicen que el problema no es de ellos, sino de todos nosotros? Ese problema de trauma es colectivo, no individual. Yo creo que tenemos que dejar de decir que “el individuo tiene su problema”, y empezar a decir que “un acto de violencia de ese tipo es una ruptura de sus redes de apoyo”. O sea, la sociedad, la comunidad, el Estado, tus padres, todos fallamos en ese momento que fuiste víctima de ese tipo de violencia. Y entonces ya no es un estigma hablar en un grupo del que eres sobreviviente. Pero eso no lo puede hacer solo un hombre. Yo no puedo como hombre en una comunidad equis, de Cauca, decir “yo fui víctima”, tiene que ser junto con otros hombres u otras mujeres que dicen “fuimos víctimas”.

(Lea la editorial: Los abusos silenciados en la guerra)

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