En medio del dolor, San Onofre recordó a sus desaparecidos

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Las personas que siguen buscando a sus seres queridos en este municipio de Sucre visitaron cuatro lugares de memoria, donde se presume que están sus familiares, y entregaron a la JEP un informe con 259 casos documentados de desaparición forzada en el departamento.

Tener una foto colgada del cuello, cerca del corazón, es ya un símbolo de las víctimas de desaparición forzada. Miles de mujeres y hombres que buscan y quieren saber dónde están sus seres queridos, si están vivos o muertos, usan una escarapela con sus rostros, también como una manera de traerlos de vuelta, de decir que no son un número más engrosando, en Colombia, los entre 80.000 y 120.000 desaparecidos que dejó el conflicto armado. En San Onofre, un municipio de Sucre ubicado en la región de los Montes de María, las víctimas tenían colgadas de su cuello una, dos y hasta tres escarapelas: sus hermanos, hijas, padres y madres fueron arrancados de su lado y nunca volvieron.

Por eso, entre lágrimas, una mujer tomó un cofre que representaba a los desaparecidos y se lo entregó a un magistrado de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), y le dijo: “le entrego este cofre, que son todos los desaparecidos de San Onofre, incluyendo a mis hermanos”.

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Este martes 19 de noviembre la comunidad de víctimas de este municipio, y quienes creen que sus familiares podrían estar ahí, se encontraron con la JEP en el territorio. Una cita que estaba planeada para las 9:00 a.m. se concretó a las 2:00 p.m., por causa de una vía cerrada que restrasó la llegada de los magistrados Gustavo Salazar, Alejandro Ramelli y Reinere Jaramillo, de la Sección de Ausencia de Reconocimiento de Verdad de este tribunal. El encuentro tenía dos objetivos: recordar a los seres amados que no están más y entregar al sistema de justicia transicional un informe con 259 casos documentados de desaparición forzada.

Entonces, de manera simbólica, se dio paso al recuerdo, a remover un poco el dolor, pero solo para que permitiera buscar respuestas. En cuatro estaciones, la comunidad y los integrantes del sistema de justicia transicional hablaron de la desaparición forzada como estrategia que usaron los paramilitares para infundir miedo, control y castigo en esta zona. Hubo lágrimas, largos abrazos y palabras de consuelo, especialmente, en la primera estación: la finca El Palmar.

Ubicada en zona rural de San Onofre, pero cerca del pueblo, de esta propiedad se tienen relatos crudos: se dice que fue un centro de operaciones de las Autodefensas Unidas de Colombia, del Frente Canal del Dique del Bloque Héroes de los Montes de María. Ahí, según testimonios de víctimas y confesiones de desmovilizados, torturaron, asesinaron y sepultaron más de 2.000 personas, sin ninguna inscripción o tumba. De hecho, se dice que debajo de un árbol gigante de caucho sucedió la barbarie.

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Luego, todos se trasladaron a la calle del Puerto. Ahí inició una caminata en la que las víctimas entregaron cofres a los magistrados, así como a sus magistrados auxiliares Ana Cristina Portila y Hugo Escobar. La gente cargaba, además de sus escarapelas en el cuello, unos marcos vacíos con el nombre de los ausentes y un gran pendón con los rostros de los desaparecidos de Sucre. La marcha, dirigida hacia el Cementerio central del municipio, estuvo acompañada de pitos y tambores, típicos de la región.

Al salir del cementerio, la caminata se dirigió al parque central, el último lugar para honrar la memoria de los desaparecidos.

Entonces, tres mujeres víctimas de este crimen tomaron en sus manos el informe Exhumando justicia y verdad, sobre la desaparición forzada en Sucre entre 1988 y 2008. Y entregaron uno a cada la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, uno a la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad y otro para la Jurisdicción Especial para la Paz.

Finalmente, mientras víctimas y magistrados sembraban una ceiba, los gaiteros tocaban una canción:

Se perdió, se perdió, y más nunca regresó

Se perdió, se perdió, y más nunca regresó

Para la gente, que nunca había tenido una institucionalidad presente o preocupada por sus desaparecidos, este fue el primer paso para que por fin regresen, o al menos para cerrar el duelo que sigue abierto.

 

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