Ángela Salazar, la comisionada de la verdad de los pueblos negros

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Tras cinco días en cuidados intensivos por las complicaciones que le trajo el COVID-19, murió este 7 de agosto en Apartadó, en el Urabá antioqueño, donde dedicó buena parte de su vida a la defensa de los derechos de las mujeres.

Murió en el corazón de la región en la que entregó su vida a la defensa de los derechos de las mujeres. En la madrugada del viernes 7 de agosto, luego de estar cinco días en cuidados intensivos por las complicaciones que le trajo el COVID-19, María Ángela Salazar Murillo falleció en Apartadó, en el Urabá antioqueño. Allá decidió irse para encontrarse con los suyos en medio de la angustia por la pandemia. Hasta su último día habló con sus compañeros de la Comisión de la Verdad para asegurarse que la verdad de los pueblos negros, bandera que asumió al interior de esa instancia, no quedara huérfana con su partida.

Antes de entrar a la Comisión para asumir esa causa, su lucha se centró en defender a las mujeres. Quienes la conocieron desde los años noventa recuerdan que su papel desde el barrio Obrero en Apartadó, a donde llegó desplazada de Tadó (Chocó), fue fundamental para tratar los dolores que la guerra iba dejando en las mujeres del Urabá. Gloria Cuartas, defensora de derechos humanos y exalcaldesa de Apartadó, recuerda hoy que la Casa de la Mujer de ese municipio existe en buena medida gracias a la labor de Ángela Salazar y otras mujeres que aun medio del conflicto armado pensaron la posibilidad de encontrarse.

“Ángela escuchó el dolor de las mujeres: mujeres violadas, mujeres desplazadas, mujeres que estaban en esa angustia de tener un hijo paramilitar o un hijo en la guerrilla. Tenía esa fortaleza espiritual de entender los silencios, el dolor y las búsquedas políticas de las mujeres”, resalta Cuartas.

Esa reivindicación la había empezado en realidad años atrás, cuando en su trabajo como profesora, alfabetizando en las plantaciones bananeras en las que trabajaba su esposo, se dio cuenta de la violencia que vivían las mujeres. Entonces empezó a enseñar también sobre autonomía, sobre no dejarse maltratar y sobre la importancia de aprender otros oficios. Ángela Salazar ayudó a que las mujeres del servicio doméstico se organizaran en un sindicato, y trabajó desde su plataforma Iniciativa de Mujeres por la Paz (IMP) documentando casos de violencia sexual en el marco de la Ley de Justicia y Paz.

En medio de ese proceso de paz con los paramilitares, promovió encuentros entre mujeres excombatientes de las autodefensas y mujeres víctimas del accionar de esos grupos en la región. Ángela Cerón, una mujer que caminó con ella en el Urabá como parte de la plataforma IMP, recuerda que mostraba orgullosa el mural que habían construido esas mujeres en el parque de Apartadó en un acto de reconciliación, que luego algún alcalde borró.

A pesar de tener encima décadas de trabajo con mujeres víctimas en el Urabá, estaba insegura de postularse a la Comisión de la Verdad, pese a que el grupo de seguimiento a la ley de Víctimas de Medellín la impulsó para que tomara esa decisión. Cerón, que le ayudó a armar su hoja de vida en ese momento, cuenta que no se sentía preparada para asumir esa tarea y se moría de nervios antes de presentar la entrevista ante “los doctores” del comité de escogencia. Días después le avisaron que sería comisionada de la Verdad.

Allí llegó como representante de las víctimas, pero al ser una mujer negra tomó la representación de los pueblos negros. Como le preocupaba que era la única comisionada que no era profesional, se la pasaba estudiando y aprendiendo. En todos los espacios estaba con su libreta y su lapicero, y luego sus apuntes los pasaba juiciosamente a su computador.

Danny Ramírez, la encargada del equipo del Enfoque Étnico de la Comisión, quien viajó con ella en muchas ocasiones, recuerda que “estaba preocupada porque no conocía tanto de la historia de las reivindicaciones de la gente negra, entonces para ella la Comisión fue un espacio de aprendizaje constante y de cercanía a la diversidad de lo negro. Ella no conocía Palenque ni San Andrés y pudimos ir a esos lugares. El tema de la afrourbanidad lo conocía por Medellín, pero se dio cuenta de que eso era más grande. Su compromiso fue creciendo hasta su último día. Pocas horas antes de morirse, su preocupación era que esto no fuera invisible, que las voces salieran y que pudiéramos hablar de las relaciones del racismo y el conflicto armado”.

El reconocimiento de los actores armados era su otro pendiente. "Ella quería que los exmiembros de las Farc y las Auc pudieran reconocer la afectación a la gente negra. Estuvo en dos reuniones conmigo y estaba muy pendiente de que ellos reconocieran el despojo y que por las intervenciones de ellos hubo rupturas en el tejido organizativo y social de las comunidades negras, y eso ocasionó la estigmatización de la gente negra”, dice Danny Ramírez.

Ni en los momentos más dolorosos, perdió la sonrisa. Todos los que la conocieron la recuerdan como una mujer alegre, dicharachera, coqueta y con carácter. Además, para ella no existían las jerarquías. “Ella en la Comisión no comprendía que los comisionados eran jefes. “Siempre decía: “aquí todos somos compañeras y compañeros. Se sentaba en el comedor con nosotros. Llevaba su almuerzo y comía con la gente, y le metía la cuchara al uno y le repartía al otro. Se sentaba con las señoras del aseo, con los vigilantes y bromeaba. Se gozó la Comisión de principio a fin. A todos los viajes quería ir y hablar con la gente. Ella decía “la gente quiere hablar con nosotros y nosotros estamos aquí para la gente”, recuerda Ramírez.

En el homenaje para despedir a Ángela Salazar que organizó este viernes la Comisión de la Verdad, el padre Francisco de Roux cumplió a cabalidad con la última petición que le hizo ella cuando hablaron el jueves. Hizo una oración por ella:

“Misterio del amor y de la vida que nos pusiste juntos al lado de las comunidades y de las víctimas en la lucha por la verdad y la justicia. En ti mismo, en tu misterio que nos es incomprensible, unimos a nuestra hermana Ángela, compañera incansable que nos amarró siempre a la vida cotidiana de nuestro pueblo; gracias porque en ella vimos, oímos y tocamos la verdad del sufrimiento y el coraje que está más allá de toda discusión y de toda teoría porque en ella aprendimos a no tenerle miedo a la cercanía (…) Te pedimos para ella la paz profunda por la que siempre soñó, pero no te pedimos el descanso, porque para Ángela el cielo es seguir desde el corazón de su pueblo y desde lo hondo de nosotros mismos, su comisión, la lucha hasta siempre para que de la verdad pegada al cuerpo de la gente nazca la paz y la justicia y las comunidades afro, indígenas y campesinas puedan poseer y cultivar la tierra y celebrar la fiesta de su dignidad en la maravilla de sus culturas propias.”

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