En Meta

Caminando por los muertos y los desaparecidos del Alto Ariari

Acompañamos la peregrinación por las víctimas de homicidio y desaparición en el municipio de El Castillo y encontramos una región que busca conservar la memoria y reconstruirse, después del éxodo que vivió a causa de la violencia paramilitar.

Entre 1979 y 2014, la Misión Claretiana ha registrado 354 víctimas de homicidio y 132 de desaparición forzada. / José Vargas Esguerra

Es un círculo grande y hay más de cuarenta personas. Hace calor y en el centro se está consumiendo una figura hecha de cera que, a su vez, consume papeles en los que escribimos un sentimiento, un dolor o una pregunta que queremos dejar ir. Es un momento para recordar, y la gente empieza a hacerlo. Primero fecha, luego nombre y, finalmente, parentesco: 23 de octubre de 1993, Ramiro Guzmán Martínez, hermano, dice un hombre que se levanta de su silla; 28 de abril de 2008, Wilson Vargas, hermano, murmura alguien más (son muchos años de dolor); 6 de febrero de 2004, María Lucero Henao y Daniel Yamid Henao, madre y hermano, dice una mujer. En pocos minutos se escuchan unos 15 nombres, 15 personas asesinadas o desaparecidas en el municipio de El Castillo (Meta) a manos del paramilitarismo. El peregrinaje del que hago parte llegó en la tarde a la vereda La Cima. Es lunes en la noche y el sábado comenzó la marcha por varios lugares sagrados. Vamos a recordar a quienes no conocimos pero recorrieron los mismos caminos que ahora recorremos siendo forasteros.

En La Cima, unos minutos antes de que empezara la lectura de los nombres, el sacerdote claretiano Henry Ramírez Soler había repartido una cartilla por cada familia presente en el acto que tendría lugar en la cancha de microfútbol de la escuela de la vereda. Se llama “Calendario de la memoria: santuario a la memoria de las víctimas”. Están los doce meses del año y en cada uno hay una lista con las fechas y los nombres de las personas que fueron asesinadas o desaparecidas en El Castillo y que la Misión Claretiana de Medellín del Ariari pudo documentar. Entonces, cada familia empezó a leer, a recorrer las fechas y a encontrar nombres conocidos. Eran sus padres, madres, hermanos y amigos, quienes una vez, vivos, respondieron al nombre que ahora está escrito en el papel que ellos leen en voz alta.

Ese día, el tercero de la peregrinación por las víctimas del Alto Ariari, la comunidad de La Cima preparó un sancocho y nos compartió sus recuerdos íntimos de la guerra que atravesó sus llanuras y montes. Hablaron sobre su propia huida para salvar la vida y, claro, sobre sus mártires. Esa escena se repetiría en cada una de las diez estaciones del peregrinaje, porque El Castillo, ese municipio que fue colonizado por desplazados liberales y comunistas del Huila y del Tolima, se niega a olvidar la guerra paramilitar que les llegó en los 80 y se repitió a principios de los 2000.

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La peregrinación continuó, dejamos La Cima y empezamos a caminar hacia Caño Dulce. Cinco horas de caminata bajo el sol inclemente del Ariari, con morrales sobre los hombros y los oídos atentos a las historias del padre Henry y algunos campesinos que acompañaban al grupo de artistas, periodistas, profesores y otros ciudadanos que este año nos sumamos al recorrido. Aparecieron, por ejemplo, las historias de los años 80, cuando, recién conformado el partido político Unión Patriótica y recién estrenada la elección popular de alcaldes, en El Castillo eligieron como su alcaldesa a María Mercedes Méndez, una mujer de la UP.

 
Víctimas y sobrevivientes de Medellín del Ariari caminaron por distintos lugares de memoria en el corregimiento.
Jose Vargas Esguerra

Esto era un hito pues, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, en su informe Pueblos arrasados, “se dibujaron en El Castillo y en el Alto Ariari, así como en el resto del departamento del Meta, zonas y patrones de colonización, cuya homogeneidad estuvo basada en la filiación partidista. De esta forma, el Ariari se dividió así: Alto Ariari-Partido Comunista y Ariari Medio y Bajo-Partido Liberal”. La violencia no paró y cobró la vida de campesinos y dirigentes: en 1992, en Caño Sibao, paramilitares asesinaron al alcalde electo, a Méndez, la alcaldesa saliente, y a otras tres personas. En El Castillo, donde durante años hicieron presencia las Farc, que sembraron minas y a menudo los confinaron, sus habitantes fueron estigmatizados como guerrilleros.

 
En algunos lugares de El Castillo todavía se ven marcas de la guerra, como grafitis o casas completamente destruidas.
Jose Vargas Esguerra

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Las memorias de los pobladores son de miedo y, luego, de desplazamiento.

Después de almorzar y descansar en Caño Dulce, continuamos el peregrinaje hacia Caño Claro, otra vereda que no olvida los cuadros de horror y muerte que vivieron, especialmente a partir de 2002, cuando, con la llegada del Batallón 21 Vargas de la 7.ª Brigada del Ejército, entraron también las Autodefensas Unidas de Colombia. Hasta 2005, con la desmovilización paramilitar, esta vereda, ya para entonces casi desocupada, empezó su proceso de reconstrucción.

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Sin embargo, ese mismo año, el 30 de mayo, desapareció Jaime Moreno Chiquiza, y sus vecinos salieron a buscarlo. “Hubo un grupito que se fue por un caminito y decían que ahí estaba enterrado Jaime. Entonces todos fuimos al sitio, nos estaba cogiendo la noche y dijeron que buscaran una hamaca para sacarlo, que siempre se hacía. Había un huequito pequeño y fuimos a escarbar y encontramos un pantalón verde de gabardina y fuimos a halarla para encontrar el pie y el resto del cuerpo y fue tan atroz que halamos la pierna y así seguimos sacando por parte. A lo último conseguimos dos costales para echar los restos de Jaime ahí”, recuerda Ever Bernal, quien para ese momento era el presidente de la Junta de Acción Comunal e hizo el levantamiento del cuerpo.

Pero no todas las personas fueron halladas. En otros momentos de la caminata surgió un tema que recientemente vienen hablando: las fosas comunes. Mientras caminaba agitadamente, un poblador miro un campo donde había sembrados, y señaló: allá fue donde encontraron los huesitos, dijo. Se refería a que semanas atrás se empezó a trabajar ese lugar y las máquinas removieron la tierra. Entonces aparecieron huesos humanos. ¿Y los guardaron?, le preguntó el padre Henry. No, eso se volvió a perder, dijo el hombre. Pero sabe, él y muchos otros campesinos, que partes de su territorio siguen sembradas de sus muertos. 

 
Los pobladores luchan por reconstruir la memoria del conflicto.
Jose Vargas Esguerra

En cada una de las estaciones que recorrimos a pie hubo historias similares, casi siempre en voz de las mujeres: fueron sus hijos, esposos y padres los que mayoritariamente sufrieron la violencia directa. Salió entonces la muerte de Elías Fajardo, líder comunal de la vereda Malabar o los muertos de masacres que reposan en el cementerio de Medellín del Ariari. También la ventaja estratégica que tenía en la guerra un filo por el que transitamos o la importancia de caminar por la trocha, porque quizás sigue habiendo minas.

Pero esos cientos de relatos, aunque vivos en la memoria, ya solo hacen parte de los años pasados. Lo que ahora hay en El Castillo es una comunidad que celebra la llegada de nuevas personas con ganas de trabajar el campo que quedó desierto a causa del miedo, que no olvida a sus líderes, que busca a sus desaparecidos y que quiere que sus hijos se queden y nunca más tengan que crecer sin los padres o las madres que se llevó una guerra que no pidieron.

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2020-02-18T06:00:00-05:00

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2020-02-19T18:23:09-05:00

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Beatriz Valdés Correa - @beatrijelena

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