Un acuerdo humanitario para fin de año

Comunidades de Putumayo hacen un pedido de paz

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Excombatientes de varios grupos, víctimas, comunidades campesinas e indígenas participaron en un festival de memorias en el que coincidieron en la necesidad continuar trabajando por la paz y la reconciliación.

Mientras adolescentes y jóvenes indígenas, campesinos y algunos citadinos se reunían en una maloca para explicar la situación de las nuevas generaciones en Colombia, varios grupos de adultos intentaban plasmar cuáles eran los principales problemas del país en los últimos cuatro años y qué podían hacer para resolverlos.

En el primer grupo estaban siete personas, y todas las opiniones iban enfocadas al atraso en el cumplimiento del Acuerdo de Paz: el asesinato de líderes sociales y excombatientes de las Farc y la persistencia del conflicto en las zonas más empobrecidas y alejadas. Sin embargo, estas personas no se conocían de mucho tiempo atrás. Allí estaban líderes indígenas, mujeres campesinas, Ubaldo Zúñiga, excomandante de las Farc conocido como Pablo Atrato, y Carolina Charry, hija de Carlos Alberto Charry, diputado del Valle secuestrado y asesinado por esta exguerrilla.

Apenas llevaban dos días compartiendo en el Festival de las Memorias que se realizó en el Fin del Mundo, un sitio turístico en Mocoa (Putumayo) por su vegetación y cascadas, que se desarrolló a finales de noviembre. Ya en ese punto sabían quién era quién y la conversación giró hacia puntos comunes: la defensa de la vida y la posibilidad de tener un país en paz. Y, claro, la necesidad de cesar urgentemente los enfrentamientos.

Al encuentro también asistieron representantes de comunidades de paz en Antioquia, Cauca y Meta, miembros de las Fuerzas Militares y excombatientes de la antigua guerrilla de las Farc y de las Autodefensas Unidas de Colombia. El festival, organizado por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, pretendía que se conocieran como seres humanos y no desde los prejuicios.

Después de subir y bajar la montaña, vino el momento de la escucha. Primero a un grupo de mujeres, entre ellas Carolina Charry, Yuly Cepeda, suboficial retirada de la Armada, y Natalie Mistral, excombatiente de las Farc. Las tres relataron su historia y encontraron puntos en común, como la identidad campesina y, hoy, la lucha por la paz.

“En este tipo de encuentros realmente lo que veo es una convicción muy fuerte de tener un país en paz por parte de quienes han sido generadores de violencia. Me parece chévere discutir con ellos el país que soñamos, la actualidad política del país, cómo ven la economía; cosas que se escapan de los prejuicios”, dijo Carolina.

Yuly, que es magíster en Derechos Humanos y fue enfermera militar, comentó que, aunque no estuvo al frente del combate, le tocó ver la afectación que tuvo el conflicto en los militares: mutilados, muertos o con secuelas psicológicas. Antes que odio, lo que eso despertó en ella fue la convicción de que era necesario parar la guerra, conversar sobre lo sucedido y pedir perdón.

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Yuly hoy es la directora ejecutiva de la Corporación Veteranos por Colombia que agrupó a exmiembros de la fuerza pública que creen en la construcción de paz y en la reconciliación. Alexánder Chala es otro de los integrantes de esta organización. Es sargento retirado del Ejército y asistió al encuentro con su hijo de quince años. Frente a él hizo un reconocimiento que, dijo, debería hacer también la institución militar.

“Si uno quiere generar un cambio en este país, uno tiene que aprender a reconocer sus errores: así como me reclutaron a mí (a los 17 años), yo muchas veces lo hice. Una vez me pasó una situación que, eso lo marca a uno, Beatriz... íbamos en el camión e iba una señora en el camino con su hijo, que llevaba su cantina de leche. Yo paré el camión y le dije:

—¿Cuántos años tiene usted?

—Diecisiete años.

—¿Cuándo cumple los 18?

—En cinco meses.

—Súbase al camión.

Lo hice subir al camión y la señora se fue llorando detrás. Su hijo estuvo atento. Era la primera vez que escuchaba a su padre contar esa historia. Como dijo Alexánder, “los hijos de nosotros, los que fuimos miembros de la fuerza pública, los que participamos de frente, como carne de cañón, estuvieron blindados de todo eso, viven en una burbuja y tienen las comodidades que uno les pudo ofrecer; ellos no saben lo que en verdad pasó. Y yo creo que esa experiencia de llevar a mi hijo allá para reunirse con bastantes jóvenes de su edad que han tenido que vivir una cantidad de atrocidades, como que muchos de sus familiares fueron asesinados o niños que han tenido que educarse de la forma más dura, pues mi hijo al ver eso llegó con una mentalidad muy diferente. Llegó diciéndome: “Uy, papá, es verdad que vivimos en una burbuja, que hay niños de la edad de uno que han tenido que pasar por muchas necesidades en la vida”.

Antonio García definió este proceso como “una integración de las expectativas de varias generaciones”. Este abogado paisa está vinculado a los festivales de la memoria desde hace casi dos años y en 2019 pidió perdón a las comunidades de paz de Cacarica por el actuar de su hermano, el exjefe paramilitar Carlos Mauricio García, Doble Cero. En esta ocasión tuvo un proceso más de escucha que de reconocimiento. “Lo que vemos es la importancia de la educación frente al conflicto y frente a las transiciones”, afirmó.

Los jóvenes campesinos e indígenas resaltaron la dificultad para acceder a la educación superior en territorios en los que el conflicto sigue activo. En Putumayo hay catorce pueblos indígenas y está la Zona de Reserva Campesina La Perla Amazónica. Son quienes llevan todo este año pidiendo el cese al fuego por la pandemia.

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Como lo explican desde la Comisión de Justicia y Paz, “hoy el Putumayo es un escenario de control ilegal por parte del Comando de la Frontera, una estructura conformada por exguerrilleros, exparamilitares y exmilitares, que está en disputa con una fracción de un frente guerrillero (de las Farc) que no firmó el Acuerdo de Paz. La población está totalmente afectada por esa tensión”.

Por esta razón las comunidades han enviado 18 cartas al presidente, Iván Duque, y a grupos armados pidiéndoles parar la violencia. Ahora la petición es hacerlo durante este fin de año, para que las familias puedan estar tranquilas en Navidad y Año Nuevo.

Buscando entender por qué la guerra continúa, la gente lo que les dice a los alzados en armas es que quieren escucharlos, saber por qué están ahí y buscar salidas también para ellos. “La idea es que se sumen estas personas, porque queremos llamarlos a construir un escenario distinto de paz”. ¿Cómo incluimos al Comando Frontera? ¿Cómo incluimos al frente de las Farc? ¿Cómo quitamos la posibilidad de las armas y damos la posibilidad de la vida?”, expresan algunas personas que prefieren no revelar su identidad.

Para despedir el festival los participantes cantaron el himno nacional interpretado con instrumentos de pueblos indígenas.

Al final fue irrelevante el camino que cada uno tomó en la vida. Lo que la gente quiere es que las memorias del conflicto en el Putumayo sean eso: memorias, no reportes actuales de la situación humanitaria. Así, consideran que los jóvenes también podrán pensar que es posible construir la paz y transformar su entorno.

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