La Comisión debe ser independiente, incluso de las víctimas: Javier Ciurlizza

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El exsecretario de la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Perú, y actual director de la Fundación Ford para el Área Andina, dice que los desacuerdos siempre van a ocurrir, pero que es importante que la comisión colombiana escuche a todos los sectores, aunque no sean mayoría.

Ante el debate sobre los desacuerdos al interior del pleno de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, las filtraciones a medios de comunicación y ataques políticos externos, Javier Ciurlizza, director de la Fundación Ford para el Área Andina y exsecretario ejecutivo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Perú, dice que los ataques y discrepancias dentro de estos organismos siempre han existido y son numerosos. Después de trabajar también como consultar en las comisiones de Ecuador, Brasil, Kenia, Indonesia y Liberia, afirma que las comisiones más exitosas son las que logran trascender a sus integrantes y convertirse “en una entidad que se beneficia de una diversidad de miradas”.

En esta entrevista, Ciurlizza se refirió a los señalamientos que se han hecho a la Comisión de la Verdad colombiana sobre el supuesto sesgo ideológico que tendría y sobre los desacuerdos internos. También cuenta que en Perú los ataques escalaron al grado de amenazas y que a nivel político la Comisión tuvo poco amigos. Sin embargo, destaca que de esos ataques salió incluso legitimidad constitucional a lo dicho en el informe que hicieron sobre la verdad del conflicto peruano. También es claro en afirmar que la Comisión debe ser independiente de todos, incluso de las víctimas.

¿Es común que las comisiones de la verdad sean cuestionadas?

Esta no es la primera ni será la última vez que una comisión de la verdad sea blanco de estos ataques. Yo diría que ocurren en todas las comisiones que funcionan bien, que trabajan a fondo, investigan y van levantando temas que resultan un obstáculo para ciertas carreras políticas, que levantan heridas que mucha gente no quiere que se levanten, y la reacción suele ser, en lugar de discutir el mensaje, intentar matarlo, descalificarlo de tal manera que todo aquello que salga, en este caso, de la Comisión de la Verdad, sea a priori falso. Es una vieja táctica que ha ocurrido en todos los países.

¿Cómo vivieron desde la Comisión de la Verdad peruana los ataques externos?

La Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú fue blanco de numerosos ataques de muchos frentes, señalándolas de cosas muy parecidas a las que ahora se acusa a la Comisión. Al menos un sector vinculado al fujimorismo descalificó la Comisión desde el inicio como un espacio poco representativo, que no fue legítimo, que representaba la visión de movimientos de izquierda o de oenegés, que sus fondos no eran transparentes, que los sueldos eran muy altos... todas esas críticas las recibimos en todos esos años en un ambiente, yo diría, muy hostil, porque la época en la que la Comisión trabajó el Congreso tenía una mayoría neta del fujimorismo, aun cuando él huyo.

Y eso llevó a que la Comisión fuera citada al Congreso, a que estuviéramos permanentemente respondiendo lo que en Colombia son los derechos de petición o tutelas. Incluso grupos fujimoristas llevaron a la Comisión de la Verdad a unos juicios para exigir que las recomendaciones de la Comisión no fueran vinculantes para el gobierno. El equivalente en el Perú a la Corte Constitucional falló diciendo que efectivamente no eran vinculantes, pero que eran una expresión de buena fe de políticas públicas que el Estado debía considerar, y que la obligación del Estado era decir si sí o si no, que no era obligación del Estado seguirlas, pero tampoco era su facultad ignorarlas. Al final, el camino fue positivo para la Comisión, porque sin haberlo propuesto recibimos una validación del más alto tribunal a partir de los ataques que estábamos recibiendo.

¿Y ataques por parte de otros sectores?

Sendero Luminoso atacó la Comisión duramente, la consideró representante del viejo Estado, de la Burguesía, que no representaba los intereses del pueblo. Algunos grupos económicos atacaron a la Comisión considerando que contribuía a la inestabilidad del país, que perpetuaba una situación de incertidumbre, afectaba la inversión. Los partidos de derecha y de izquierda también la atacaron: Alan García, Toledo, Ollanta Humala, que fue acusado en el informe de la Comisión de violaciones a los derechos humanos. Yo diría que en la política la Comisión tuvo muy pocos amigos. Y mientras más avanzaba hacia el informe final, mientras más revelaba y hablaba publicablemente, los ataques arreciaron, al punto que llegaron al nivel de las amenazas, y al punto que la Comisión necesitó medidas especiales de protección. Especialmente el presidente de la Comisión y yo que era el secretario ejecutivo debimos tener protección especial porque recibimos coronas fúnebres, gatos muertos en la puerta de nuestras casas, varios de nosotros tuvimos que vivir en hoteles en la última parte de la Comisión.

Otro tema es ponerse de acuerdo. Uno de los líos de este momento es que el mayor Carlos Ospina dijo que su posición es minoritaria e insinuó haber sido censurado porque se canceló un foro que estaba organizando sobre el concepto de "persona protegida". Las víctimas dijeron que el mayor quería negar los "falsos positivos". ¿Cómo lee esta discusión?

Desacuerdos en las comisiones de la Verdad siempre han existido y son numerosos, y algunos complejos. Pero mirando para atrás, lo que yo veo es que las comisiones que han sido más exitosas (chilena, guatemalteca, peruana) han sido aquellas que han logrado trascender al individuo, entonces las comisiones se convierten en algo más que sus integrantes: en una entidad que se beneficia de una diversidad de miradas, que es muy importante para mirar la violencia. Y en mi experiencia eso es posible porque hay un ejercicio colectivo de escucha a las víctimas y a la sociedad que va limando esas diferencias individuales y construyendo un sentimiento colectivo. Ahora, sucede que estos desacuerdos en su mayoría son posteriores a la discusión, que lo que vieron todos los miembros de la Comisión puede ser interpretado de manera diferente, o también hay casos en los que las diferencias son previas a la investigación y creo que es el caso de lo que estamos escuchando acá en la Comisión de Colombia.

¿Cómo vivieron ustedes esos desacuerdos?

Nosotros tuvimos exactamente ese caso. Los miembros eran 12, uno de ellos era un general retirado de la Fuerza Aérea (Luis Arias Graziani), que participó poco en la Comisión, no expresó ningún desacuerdo, se comportó con corrección, pero el día en que se tuvo que aprobar el informe final y se entregaba, él dijo que tenía que hacer una reserva a ese informe porque él no estaba de acuerdo con que las Fuerzas Armadas peruanas fueran responsables de violaciones sistemáticas y generalizadas de derechos humanos. No hubo tiempo ni siquiera para discutirlo, sino que simplemente se introdujo la reserva en una nota dentro del informe en físico donde se dijo: el general expresó esa reserva y está de acuerdo con todo lo demás. Este fue un caso de una diferencia a priori. No importa lo que él viera, lo que pasara, él ya tenía la sensación de que eso era lo que tenía que decir, ese era su mandato, no porque alguien lo mandara, sino por un espíritu de cuerpo hacia sus camaradas militares que obviamente no salían muy bien parados del informe de la Comisión.

¿Cómo resolver las diferencias durante la discusión?

Hay que hacer todos los esfuerzos necesarios de parte y parte para lograr incorporar esas divisiones diversas, aun cuando no nos gusten, aun cuando representen una minoría, aun cuando sintamos que desvirtúa la finalidad de la Comisión. Es muy importante que la Comisión de la Verdad no sea el ejercicio de unos cuantos, por más que sean mayoría. Es muy importante que la Comisión sea independiente, pero independiente de todos, independiente de las víctimas. La Comisión no es una Comisión de víctimas. La Comisión es un ente oficial, del Estado, que recoge múltiples voces, que prioriza a las víctimas, obviamente, pero que no puede simplemente sellar lo que las víctimas dicen o quieren, porque además las víctimas son diversas. Es muy importante hacer esfuerzos para limar asperezas, para darle espacio a ese miembro de la Comisión que no se siente cómodo, darle la acogida. De nuevo, si este miembro de la Comisión ya tiene sellada esta verdad en su cabeza, no se va a poder hacer nada para cambiarle la opinión, pero lo importante es que la Comisión demuestre que hizo todos los esfuerzos por darle el espacio que como miembro tiene derecho.

En el foro planteado por el mayor Ospina uno de los invitados era un militar condenado por alianzas con el paramilitarismo que desembocaron en “falsos positivos”. Iba en calidad de conferencista y se hablaría del concepto de “persona protegida”. ¿Considera que la Comisión de la Verdad debe dar espacios públicos con responsables y cómo?

Tengo que responder en partes. Primero, yo creo que cuando las comisiones de la verdad han sido creadas muy cercanas al final del conflicto, durante o con un conflicto que evoluciona y permanece, hacer eso es muy difícil porque la sensibilidad respecto a cómo denominar las cosas es sumamente alta, entonces es muy complejo encontrar un ambiente desapasionado en donde este debate se pueda dar. Por eso se aconseja esperar un poquito. Segundo, sea el caso que fuere, es muy importante darles lugar a todas las voces, porque de nuevo la verdad no es la expresión de un solo sector, ni es una construcción lineal, sino multilineal donde tienen que tener cabida muchas voces, incluidas las de los perpetradores. La manera en que incluyes esas visiones de los perpetradores tiene que ser con tremenda consideración a los derechos de las víctimas, y ese es el tercer elemento. No se trata de dar el micrófono a quien grite más, sino de modular el debate de tal manera que se combine la necesidad del ejercimiento con la necesidad del respeto. Y eso es un arte muy difícil de lograr en los que los trabajos previos, discretos y privados de la Comisión de la Verdad son tanto más importantes que sus exhibiciones públicas. No puede quedar librado al azar. La verdad no es un ejercicio en el que cada uno diga lo que cree, es un ejercicio científico, metódico, intersubjetivo, dialogado, y entonces de esa manera puedes encontrar un punto medio que probablemente no satisfaga a nadie, ni a las víctimas ni al perpetrador, pero cuando estás ahí más o menos estás en lo correcto.

¿Cómo hacer para no maximizar las actitudes negacionistas de los responsables?

La narrativa que sale de un ejercicio como el de la Comisión de la Verdad es un tejido. Tú vas entretejiendo cosas que están inconexas: el contexto, los perpetradores, las víctimas, todos son hechos que al inicio aparecen sueltos. Entonces son falsos positivos por acá, reclutamiento de menores por allá, las Farc por aquí... y el gran reto de la Comisión es darle a eso un sentido social, porque hay obviamente un contexto en que la violencia se produce. Y hay que preguntarse ¿para qué quiero yo al perpetrador hablando? De repente lo quiero para que en ese círculo de perpetradores se haga una reflexión, se produzca una reforma o se adopten ciertas conductas que garanticen la no repetición. Entonces mi diálogo con el perpetrador no es judicial, no es "venga, hable, diga qué hizo y por qué". es un diálogo más social.

La violencia no es una banda de locos que se matan entre ellos por el gusto de matarse, sino que hay razones y lógicas que, por más que no nos guste oír, es necesario agregar en el relato. Es la explicación de la justicia social o la explicación de la seguridad democrática, u otra, que llevó a actitudes violentas respecto al otro. Esos son discursos que son importantes de reconstruir. Y al mismo tiempo la Comisión no puede ser solamente un ejercicio metódico y científico, sino que es un ejercicio ético, y por eso su papel es afirmar la dignidad del ser humano en el centro de ese contexto y valorarla como esencial para la interpretación de lo que pasó. Entonces una vez que yo le doy sentido a esas narrativas, lo que hago es poner la dignidad en el centro. Cuando se logra ese reconocimiento de la dignidad de las personas, las comisiones hacer ese clic con la sociedad que permaneció indiferente, que no le importó o que simplemente se plegó a algún actor armado, o que tiene un montón de culpas encima. En un país como Colombia en el que la complicidad, la tolerancia, el silencio fue tan masivo...

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