“La mata”, la voz testigo del horror en El Salado

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A través de una polifonía de voces y de la historia de una pareja, este poema explora lo que pudo haber sido vivir esa emblemática masacre en los Montes de María. El relato está atravesado por la presencia de un testigo: la naturaleza que permanece a pesar de las actuaciones de los hombres.

“Más que una marcha, se sintió con la fuerza de una estampida, la llegada tardía de una tormenta que en su bochorno absorbe entero el aire. Todo lo querían. Era todo estupefacción: que los unos hablaran pero dijeran solo lo que querían oír, que los animales se callaran, cantar y al mismo tiempo oír la música. Que como machos aguantaran. Debían tener lo que querían, como lo querían, como niños crecidos querían que todos vieran, todos escucharan, que se supiera, se oyera por todos lados. Querían desplegarse frente a todos como se despliega la noche, sin que se pueda hacer nada”.

El horror de los hombres arrasa con todo lo que los hombres construyen. Se lleva cuerpos humanos, animales, objetos preciados, casas enteras que son incendiadas, pueblos enteros que ya nadie habita, y queda la que siempre estuvo: la mata. La naturaleza que vio a familias llegar y construir, y que presenció cómo otros llegaron y destruyeron, y que se queda ahí, volviendo a sembrar lo que encuentre a su paso.

La mata, la naturaleza o el monte. Fue esa la que llenó de ramas y verdín la cancha, las casas, la escuela y los caminos de El Salado (El Carmen de Bolívar), entre 2000 y 2002, cuando la mayoría de los salaeros se fueron de su tierra porque presenciaron la sevicia y la muerte: la masacre de más de 60 personas perpetrada por los paramilitares entre el 16 y 21 de febrero de 2000. Dos años después, cuando varios de ellos regresaron llenos de valentía, encontraron su pueblo mordido por la maleza.

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Esa imagen inspiró a Eliana Hernández, poeta, escritora y antropóloga bogotana a escribir su primer libro: La mata. Un relato poético y polifónico que explora lo que pudo haber sido vivir la masacre de El Salado. La mata, ilustrado por la artista cartagenera María Isabel Rueda, avanza en la historia de Ester y de Pablo, una pareja campesina, como lo fueron los abuelos de la escritora, que viven la zozobra: esa sensación constante de que “algo muy grave va a suceder en este pueblo”, como escribió García Márquez. Y a medida de que su relato avanza, avanza también la mata, que va ganando espacio y que llega, incluso, a ocupar el de las letras. Los límites para ella no existen.

En el poema, como en los hechos muy graves, todos tienen su versión. La historia de la pareja campesina nos cuenta algo. Los testigos vieron más cosas. Los investigadores intentan entender qué pasó, pero hay una verdad a la que no se puede acceder.

“Si a eso se le suma que con ellos entró la noche en las casas, entró y salió la noche como quiso, extendiendo su cielo oscuro como se estira una piel, como Dios cubrió con piel el cuerpo del animal, si se nos permite el préstamo, es decir, envolviéndolo todo, si usted le suma a eso la noche en toda su extensión y envoltura, puede hacerse de pronto una idea”.

La imagen de la naturaleza comiéndose el pueblo llegó a Hernández con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica “La masacre de El Salado: esa guerra no era nuestra” (2009). Después de leerlo quedó envenenada y con un sentimiento de urgencia. Quiso contar esa historia, ya muy contada desde los medios de comunicación y desde la academia, pero de manera íntima y a través de la ficción. Y quería hacerlo pronto, “en un momento en el que en nuestro país hay masacres de líderes todos los días y que el Estado es conocedor de eso y no es capaz de hacer nada, que fue lo que sucedió también en El Salado. Me queda esa sensación de urgencia de pensar que seguimos en las mismas y estamos dejando que destruyan este país, que extingan a los líderes del territorio. Me quedó la sensación de urgencia ante una extinción no necesariamente de la naturaleza, sino de lo que sostiene al territorio, que es la gente”, dice.

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Su obra, esa narración fragmentada, hace un acercamiento oblicuo al horror o, como lo dice el artista Juan Manuel Echavarría, mira por un reflejo, para que el horror no paralice. Para la escritora, esa mirada evita dos posibilidades: narrar la violencia desde el espectáculo y mirar para otro lado, porque “eso les pasó a otros que no tienen nada que ver conmigo”.

Lo que dice Hernández es que los salaeros sí tienen que ver con uno. La fuerza de retornar, aunque se los hayan prohibido, es el alma de miles de sobrevivientes del conflicto armado. Para ella, es la decisión de reafirmar la vida.

Para María Isabel Rueda el libro es también una posibilidad de repensar la muerte. Cuando estuvo caminando los Montes de María, el año pasado, tuvo la sensación de que algo de la violencia aún quedaba ahí, de que la memoria de las 42 masacres, perpetradas en tres años, en esas montañas se podía descargar al caminarlas y ver sus paisajes. Por eso la ilustración está entre lo onírico y lo documental. Al leer el libro lo volvió a sentir. “En esas plantas vuelve a estar vivo todo. El ciclo de la vida y la muerte vuelve a renacer con esas plantas que siguen creciendo”, dice. “Se desbordan por encima de la muerte”.

“En sus huesos,

en sus últimas formas palpables,

se condensan hasta extinguirse

lo que alguna vez fueron:

lunares, masas,

luego humus, tierra, simple tejido

que con el peso de los días

se vuelve poco a poco

una capa de tierra transparente”.

Eliana Hernández Pachón y María Isabel Rueda, las autoras

Eliana Hernández Pachón

Nació en Bogotá en 1989. Es antropóloga y tiene una maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Actualmente vive en Ithaca, NY, donde hace un doctorado en Literatura y enseña español. La mata es su primer libro.

María Isabel Rueda

Nació en Cartagena en1972. Es artista, curadora y es editora de Rosa Lux Press y de Tropical Goth Magazine. Es directora artística del proyecto El Huevo y la Gallina, y del espacio independiente La Usurpadora en Puerto Colombia, proyecto de investigaciones curatoriales y residencias artísticas. Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas, tanto nacionales como internacionales, desde 1999.

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