“La mentira es el arma de la guerra”, Ingrid Betancourt ante la Comisión de la Verdad

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La política colombo-francesa relató el dolor que vivió durante los casi siete años que fue secuestrada por las Farc. En el marco del espacio virtual “Contribuciones a la Verdad”, le dijo a la Comisión que el secuestro es el peor de los crímenes pues significa la destrucción de la identidad.

Este lunes, en el marco del encuentro virtual “Contribuciones de la verdad", que en su primera edición está realizando reflexiones públicas sobre el secuestro, Ingrid Betancourt, una de las voces más representativas de las víctimas de secuestro durante el conflicto armado colombiano, relató su experiencia de cómo fueron sus días en cautiverio y expuso sus reflexiones sobre la verdad de este flagelo. La política colombo-francesa fue secuestrada en 2002 junto a su asesora Clara Rojas cuando se dirigía a San Vicente del Caguán (Caquetá). Durante seis años estuvo privada de su libertad en las selvas de Colombia y fue liberada tras la Operación Jaque, realizada en 2008 siendo presidente Álvaro Uribe y ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.

El encuentro estuvo mediado por el presidente de la Comisión de la Verdad, padre Francisco De Roux. “Aquí estamos frente al país y miles de víctimas, estamos ante una juventud que se abre a la escucha de lo que plantea la Comisión y de una ciudadanía que desea conocer qué fue lo que nos pasó en el conflicto, hasta donde llegó la vulneración de la dignidad”. Así dio entrada al relato de Ingrid Betancourt, víctima de la guerra y protagonista de la paz.

“Esta Comisión es importante, es la única manera de que la paz avance. Son las instituciones las que permiten que haya paz. Sin un marco institucional solo hay un vaivén de pequeños momentos políticos”, aseguró Betancourt. Resaltó la importancia de que la verdad sea construida desde diferentes memorias, pero no basándose en mentiras: “La mentira es el arma de la guerra, es en lo que se escudan los violentos”, enfatizó.

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Betancourt además relató las secuelas que quedan tras permanecer contra su voluntad durante seis años en la selva: “El secuestro no se acaba el día de la liberación, no tiene fecha de vencimiento, porque es una realidad que se vuelve casi una realidad genética del secuestrado. Cambia nuestra forma de ser, de ver el mundo y comunicarse con el otro”.

Su primera impresión sobre este flagelo fue la siguiente: “El secuestro es el peor de los crímenes porque los une a todos, es el descuartizamiento de la dignidad, la usurpación del nombre y de la voz, es la anulación del ser humano, es, a final de cuentas, una tortura". Con voz fuerte y llena de nostalgia reiteró: "El secuestro es el asesinato de la identidad porque la persona muere lentamente y si tiene la suerte de ser liberada, cuando sale vivo de ese calvario, se da cuenta que es otra persona”.

En esta línea el padre De Roux le preguntó a Betancourt sobre qué pensaba acerca de la reinserción a la vida civil de los responsables y su papel en la construcción de paz. A lo que Betancourt respondió: “Soy una persona de fe, y muy sinceramente el ser humano está llamado a transformarse y a cambiar, esto es valido para quienes me secuestraron."

Y continuó: "Ellos, no todos, tienen una inmensa dificultad en decir que fue un secuestro lo que hicieron y no una retención; algunos tienen la capacidad de maquillar la verdad. Por ejemplo, han dicho que a mi se me puso una cadena en el cuerpo como forma de protegerme para que no muriera en la selva si intentaba escapar, les queda muy difícil reconocer que lo que hicieron fue ponerme una cadena como un animal, ellos me tenían ahí para ser una cosa canjeable, para disponer de mi vida. La aproximación de la toma de conciencia pasa por la negación, para ellos tiene que ser muy violento verse en el espejo del posacuerdo para darse cuenta que todos esos abusos amparados supuestamente en el conflicto ideológico, todo eso con lo cual trataron de maquillar el horror, hoy en día eso se cayó”.

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Ingrid Betancourt denominó la selva y los territorios pobres, donde se cometían actos de violencia, como “espacios herméticos” donde no había ley ni presencia del Estado, lo cual era terreno fértil para cometer cualquier tipo de atrocidades. “Por la ausencia de un marco legal, uno está ahí aislado del mundo, sin derechos, en una relación de poder sin límites de unos sobre las vidas de otros”.

Al preguntarle si algún miembro o vocero de las extintas Farc la había llamado para ofrecerle un encuentro de reconciliación y perdón, Betancourt confesó que sí, pero que ella les dijo que debería ser un acto privado y no mediático. La reunión jamás se dio. Ella aseguró que hasta que no se haga una declaración sincera, sin fotos y con la certeza de que no va a ser una instrumentalización “electorera” del sufrimiento de las víctimas, no se va a reunir con ellos. “Habrá algunos valientes que sin darse justificaciones dirán «esto fue lo que sucedió y así fue como sucedió, si pudiera revertirlo lo haría y me arrepiento», pero eso cada quien lo tiene que hacer solo. Nosotros no podemos obligarlos sino darles las condiciones para que lo hagan", agregó.

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De igual forma, confesó con dolor que ha sido víctima de la mentira, de la deformación de los hechos lo cual ha sido devastador para ella y su familia. Recordó con lágrimas que el crimen del secuestro ha tenido efectos e impactos diferenciales en las mujeres. “A ningún hombre le dicen que se buscó que lo secuestraran, ¿por qué a mí sí? Esas mentiras fueron las que rondaron durante años mi secuestro. El sufrimiento de la mentira está por encima de todos".

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En este evento también se recordó una de las facetas más importantes de la vida de Betancourt y fue su lucha contra la corrupción, especialmente durante la presidencial de Ernesto Samper Pizano. Frente a esto, aseguró: “El proceso 8.000 no es la investigación en la que se demuestran los vínculos del Cartel de Cali con la campaña presidencial de Samper, el proceso 8.000 es el fracaso del mismo. Eso corta la historia de Colombia. Claro, antes de esto teníamos la corrupción política, porque ese es el fenómeno que lo engendra todo”.

La guerra es un extraordinario instrumento de impunidad para los corruptos. Con la paz entramos a ver el problema real, el problema no es que la guerra creó la corrupción sino que la corrupción creó la guerra, es la corrupción la que necesita la guerra. La paz es importante porque poco a poco podemos aliviar la carga emocional para ver la gangrena de la corrupción”, concluyó.

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