En apoyo a la Comisión de la Verdad

La verdad que aflora en el vientre de la naturaleza

A través de talleres de varios días con víctimas, excombatientes y líderes, la iniciativa Reconectando busca aportar a la reconciliación de Colombia con un enfoque ecopsicosocial.

Abrir la herida para encontrar la medicina es uno de los pasos que propone este taller. / María Milena Zuluaga Valencia

La primera vez que Aurora Pulgarín habló abiertamente sobre su pasado lo hizo porque algo adentro de ella se disparó. Llevaba cuatro días compartiendo un espacio tranquilo, lleno de mar y selva en Necoclí (Antioquia), con personas que recién conocía. Estaba cómoda, porque en ella había hermetismo. Estaba más o menos tranquila porque, como en los últimos 28 años de su vida, hablar de lo que había adentro nunca había sido una opción. Pero ese día, en medio de su silencio, escuchó una mentira. Alguien dijo que los grupos armados no habían reclutado niños, u otro crimen, ya no recuerda tan claramente. Entonces la palabra salió. Ella, una mujer pequeña, alzó su voz para decir que no era cierto, que los alzados en armas sí secuestraron, torturaron, desaparecieron y reclutaron. Y que ella lo sabía porque estuvo diez años de su vida en el Ejército Popular de Liberación (Epl).

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Aurora recordó esta historia mientras caminábamos en un espacio parecido: un camino rural en la Reserva Natural San Cipriano, en Buenaventura (Valle del Cauca). Acabábamos de terminar el tercer día de la actividad que nos convocaba y el día anterior había contado su historia por segunda vez. Ambas llegamos a San Cipriano sabiendo qué iba a pasar, cosa que los otros participantes no sabían. Ella, porque ya lo había vivido. Yo, porque me lo contaron. Estábamos en el último taller de la iniciativa Reconectando: Laboratorios de reconciliación en el vientre de la Madre Tierra, que es un apoyo al mandato de la Comisión de la Verdad.

Esta vez en el Pacífico, la invitación a mirar hacia adentro en conexión con la naturaleza convocó a líderes y víctimas de toda la región. Veinticinco personas que venían desde lugares como Buenaventura, Tumaco (Nariño), Timbiquí, Guapi y López de Micay (Cauca), y que no se conocían, llegaron hasta San Cipriano. En avión, luego en bus y por último en brujitas, esas tablas con asientos que, sobre las vías del tren, son haladas por motos. Y llegó también el equipo de Reconectando.

Helena Ter Ellen, directora de esta iniciativa, es una politóloga y traductora holandesa que durante más de 20 años ha sido “militante de la paz y de las grandes causas”. Llegó a Colombia en 2001, como parte de las Brigadas de Paz, a acompañar el retorno de la población de Cacarica, en Riosucio (Chocó) a su tierra, después de la operación Génesis, en la que se cometieron graves violaciones a los derechos humanos. “Me enamoré tanto de la gente de Cacarica, de su alegría, de su capacidad de bailar vallenato en medio de las amenazas. Se sembró una semilla en mí, de decir: yo quiero de alguna manera acompañar el dolor de este país y contar al mundo la belleza de su gente, de su naturaleza”, dice. Luego se fue a Palestina y a otros lugares, y en cada uno de ellos sintió que “la parte interior, la más espiritual, había sido negada”.

 
 

De ahí, de conocer la ecología profunda, el trabajo de reconecta y la teoría de los sistemas vivos de Joanna Macy, nació Reconectando. Primero fueron talleres aislados, en 2014, pero en 2018, antes de que la Comisión de la Verdad empezara a funcionar, Ter Ellen bromeó con la posibilidad de apoyarla desde este ángulo, y al padre Francisco de Roux, ya elegido presidente de la Comisión y quien había participado en el primer taller, le pareció una gran idea.

Este año se materializó la idea de apoyar el buen vivir, la convivencia, la no repetición y el esclarecimiento de la verdad a través de talleres con enfoque ecopsicosocial. Suena etéreo, hasta que sucede.

En Buenaventura, como pasó en los talleres anteriores en Norte de Santander, Cauca, Caquetá y Urabá, el llamado a los participantes se hizo a través de la Casa de la Verdad, despliegue territorial de la Comisión en cada sitio. Fueron convocados líderes, excombatientes, víctimas y empresarios. En cada lugar fue distinto: mientras en Urabá hubo seis excombatientes de la región, en Buenaventura no fue ninguno. Aurora, que vive en Urabá, fue invitada como semilla, una manera de continuar el proceso y seguir el trabajo que reconecta.

Ya rodeados de naturaleza, conociéndonos sin presentarnos, nos integramos. Héctor Aristizábal, hombre de teatro y víctima del conflicto, propuso dinámicas desde la corporalidad, y surgieron risas y hubo cercanía. Una mañana, por ejemplo, conformamos parejas. Una persona se vendó los ojos y la otra la guío por un sendero o por una quebrada, acercándola a plantas, a frutos, a tierra, pidiéndole que tocara, oliera y reconociera. Y luego, cambio de roles. Nuestra aldea se llenó de gratitud.

 
 

“Todo ese primer día nos prepara para honrar el dolor, que es el momento en que realmente hacemos el espacio para sacar nuestras verdades y donde el dolor humano, el dolor y el clamor de la tierra se van entretejiendo”, dice Ter Ellen. El dolor llegó entonces en forma de círculo, de mandala de las verdades.

Nada más que una tela. En el centro había un cojín, una piedra, un trozo de árbol y hojas secas. Alguien entra y se conecta con un sentimiento, mientras los demás contienen los suyos desde afuera. No es una conversación; se trata de escuchar el dolor, la vergüenza o la culpa del otro.

La primera en pasar fue Solany Loango, una lideresa de Timbiquí (Cauca) que ha sufrido el desplazamiento forzado y otras violencias. Su objeto, el trozo de árbol, la ayudó a hablar de la rabia: la ocupación de los actores armados a su territorio, verse obligados a salir y a hacinarse en un lugar extraño, el hambre, la imposibilidad de salvar una vida, los niños que de repente cargaron un fusil, las mujeres a las que la violencia les atravesó el cuerpo, su madre, que todavía se niega a regresar a Timbiquí, el camino de perdón que no se cree capaz de recorrer.

Así aparecieron historias de violencia y dolores vivos. Y luego pasó Marcos*, un hombre negro de Buenaventura, líder de múltiples procesos comunales, que dudó en sentarse en el centro. Casi se devuelve a su silla. Él lo dijo desde el principio: iba a contar algo que nadie sabía, que nunca había dicho y que no estaba escrito en ninguna parte. Marcos fue víctima de violencia sexual por parte de un grupo armado y a raíz de eso, del trauma, lo perdió todo. Lloró como un niño mientras ponía en palabras lo que había vivido.

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Después de más de cuatro horas de historias de rabia, tristeza y dolor, pasó entonces Aurora. Estaba impaciente. Caminó dentro del mandala y finalmente se arrodilló sobre el cojín. Empezó a hablar, muy ansiosa, sobre cómo a veces uno está convencido de algo, de cómo quería cambiar el mundo, de cómo lo quiso hacer a través de las armas. Y lo dijo por segunda vez frente a quienes no sabían quién era ella: “Yo estuve diez años en el Epl. Sí, hicimos daños. Sí, no dijimos la verdad. Sí, ustedes tienen razón. Sí, entiendo si no quieren volver a hablar conmigo. Les pido perdón. Espero que puedan perdonarme”.

Y se sentó. Hubo silencio. Entonces Wílmar, un líder de López de Micay (Cauca), tomó la palabra, pero ya no desde dentro del mandala, y le dijo a Aurora que todos nos equivocábamos, pero que era muy importante hacer lo que ella hizo, que era muy valiente y que por eso él ahora la admiraba más. La miró y, con una sonrisa gigante en su rostro, le dijo que para él no había cambiado nada.

Vinieron abrazos. No solo para Aurora, sino para todos. Una admiración mutua y un compartir de cargas. De repente, el pasado no fue tan grave. Nuestra aldea honró el dolor.

Parecía que no iba a ser fácil continuar, pero pasó lo contrario. Al ir a comer ya no fuimos cuatro o cinco mesas separadas, sino una gran mesa que los mismos participantes hicieron. En la noche, después de un necesario reposo, vino la cosecha: palabras de cada uno sobre qué los marcó o impresionó durante la jornada.

Al llegar el turno de Marcos, su voz ya no se cortó más y se escuchaba tranquilo. “Me llamó mucho la atención cómo empezamos, que la ceremonia de iniciación fue dedicada al agua, y entonces yo me conecté con Yemayá, la orisha del agua. No sé si notaron, me produjo llorar, botar lágrimas, agua, esa conexión que tengo con mis orishas, porque me permitía sanar. Me gustó mucho. Yo nunca había contado en público lo que conté. Yo lo conté en la Secretaría de Convivencia, en la Alcaldía menor de Chapinero, y lo borré. Hoy necesitaba hacerlo porque uno siempre está con eso. Pero necesitaba escuchar una voz que me sanara y la voz que permitió como que ¡fuuu! fue la de ella (Aurora). Yo quería escuchar la voz de alguien que estuviera en la otra orilla, porque escuché la voz de todas las orillas y me identifiqué, y cuando escuché la voz de la otra orilla me confirmó, mi corazón era distinto y yo por eso sé que ella dudó de hacerlo, pero me rescató”.

El tercer momento de este laboratorio se llama “Seguir adelante”. Seguir significa caminar con confianza en el otro. Por eso, en un río, en una sola fila y con los ojos vendados, caminamos nada más tomados de un hilo de lana y guiados por Héctor Aristizábal. Pasamos bajo ramas, sobre piedras, nos mojamos hasta el pecho y llegamos a un ojo de agua. Ahí escuchamos el final de una historia que empezó a contar Aristizábal cuando llegamos al río. Después, para quitarnos la piel de la guerra, tomamos arcilla y la untamos. Lo que removió esa piel fue el agua de una cascada, que fue también una especie de premio a ese proceso doloroso y sanador.

“Hoy se nos olvidó decir que detrás del odio está el deseo de justicia, detrás de la rabia, detrás del miedo, está el valor, y hoy vimos muchas muestras de eso. Detrás del dolor está el amor porque a uno no le duele lo que no ama y detrás de la ausencia y del no saber qué hacer está el encontrar qué hacer, y hoy vimos muchos caminos, vimos personas dando pasitos hacia un nuevo camino, de dejar de torturarnos con lo mismo”, dijo Héctor.

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Como la revelación que tuvo Helena hace algunos años, cuando pensó que si colombianos y colombianas querían reconciliarse, no podía ser solo entre humanos, “sino que debía haber una reconciliación, una reconexión con su tierra”, la tierra del Pacífico abrió sus puertas. Al conversar, resultó que todos tenían una historia que partía del territorio y que, por algún motivo, habían olvidado. El vientre del Pacífico volvió a recibir a sus hijos.

* Este nombre fue cambiado para proteger la identidad del participante.

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Beatriz Valdés Correa - @beatrijelena

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