Contadoras de Historias: relatos de mujeres sobre la construcción de paz

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El libro “Contadoras de historias” es una compilación de 76 relatos, cartas, dibujos y cuentos elaborados por mujeres excombatientes, víctimas y líderes. Son campesinas, afros e indígenas que hablan de cómo sueñan y transforman sus territorios.

La paz, palabra esquiva, es volver a ver a mi madre, poder decirle “gracias por soportar tantos años de angustia sin saber de mí, porque fueron muchas las lágrimas derramadas sin saber qué sería de su hija”; recordar con tranquilidad el día que “al fin sanos y salvos llegamos a la finca, a empezar de nuevo una vida llena de incertidumbres, sin dinero, pero lo más importante, estábamos juntos”; pensar en la vida en la selva ahora, cuando en “nuestro centro poblado desde las 4:00 de la mañana se sienten los ricos aromas del café mañanero, la carne frita que no puede faltar en el lonche y en eso de las 5:30 a.m. invade nuestra tranquilidad el llanto de los niños y el rugir de las motos, que inician a calentar motores para salir a trabajar en los diferentes proyectos y cultivos: plátano, sacha, yuca, maíz, peces, gallinas y cerdos”; y producir nuestro propio café, recordando que “ese momento fue muy triste para nosotras, porque tuvimos que irnos y dejar toda la vida que nuestros padres con tanto trabajo nos habían dado”.

Esa es la paz que construyen las mujeres líderes, excombatientes, víctimas y niñas campesinas, afros e indígenas de Chocó, Antioquia, Atlántico, Norte de Santander, Bogotá, Caldas, Valle, La Guajira y otros departamentos. La paz que se animaron a escribir desde sus territorios, y que buscaron la manera de hacer llegar a Bogotá, para escribir el libro Contadoras de historias: relatos de mujeres para no olvidar.

Lea aquí uno de los relatos del libro: Contadoras de Historias: Recuerdos de mi infancia: 1987

Esta publicación, que produce el Centro de Pensamiento y Diálogo Político (Cepdipo), con apoyo de la Embajada de Noruega y ONU mujeres, recoge 76 relatos en los que hay historias de vida, cuentos, poemas, dibujos e historias de territorios u organizaciones en los que ellas, y algunos niños, respondieron qué les ha significado la construcción de paz.

Esa respuesta, como explica Ximena Correal, coordinadora editorial del libro e integrante del Cepdipo, se da desde las emociones. “Las emociones son el hilo conductor, pero no vistas de una manera peyorativa, de pensar que las mujeres “somos muy emocionales”, sino como una estrategia de lucha y de sacar la paz, la palabra, porque el patriarcado, el sistema como está, nos ha condenado a las mujeres a callar, o a hablar más pasito o a hablar solo de unos temas y no de otros. Ante la pregunta, que es muy general, ¿cómo puede responder uno? Pues desde lo que a uno le motiva, le toca, le motiva o quiere hacer”.

(Puede descargar el libro aquí: Contadoras de Historias)

Sin embargo, cuando empezaron el proyecto de recoger las historias de las mujeres, todavía no sabían eso. Fue en marzo de este año, en el marco de la campaña Somos Movimiento: Mujeres, Paz y Territorio, que visibiliza iniciativas de mujeres en proceso de reincorporación, cuando decidieron lanzar una invitación abierta para contar sus procesos, y qué enfrentan y viven las mujeres cuando aportan a la construcción de la paz.

No esperaban que la acogida fuera tan grande. Durante abril recibieron historias desde los lugares más remotos. Algunas, incluso, llegaron en forma de una foto que se le tomó a un cuaderno donde la mujer contó su historia. Y llegaron otras fotos de dibujos, y otras a través de la vecina que sí tenía cómo acceder a internet. Fueron 76 historias. “Y nos preguntamos qué va y qué no va, y dijimos: no vamos a descartar ninguno”, recuerda Ximena Correal. “Independientemente de cómo lo hayan enviado, es el esfuerzo de una persona que de manera voluntaria decidió escribir, y luego decidimos no interferir en cuestiones que cambien sus escritos. Solamente hicimos corrección de estilo”.

De esta manera, Contadoras de historias es un libro cuyas autoras son las mujeres que se decidieron a escribir o dibujar. Y aparecen historias diversas, como la de una mujer indígena de Nariño que cuenta cómo la violencia sacó a su pueblo del territorio y cómo esto afectó su cultura. O el breve relato de Alejandra González, hija de excombatientes de las Farc, que se pregunta por su futuro, pues sus padres quedaron por fuera de las listas de la exguerrilla.

Relato del libro: Contadoras de historias; Desde el territorio hasta la urbe con esperanza de paz

Para Correal, el valor de este libro es, sobre todo, que las mujeres vean en él su voz, que se atrevieran a enviar su relato y narrar desde adentro la complejidad del conflicto armado, que no está allá lejos, sino que llega a las casas. Además, rescata la posibilidad de dar un micrófono para ellas. “La historia oficial en los libros, los portales web, los medios, ha sido construida utilizando una imagen hegemónica, sexista. Se han marginado los relatos de mujeres anónimas, que no tienen cargos ostentosos, que quizá nunca se habían aventurado a escribir. Servir como plataforma para mostrarlo contribuye a nutrir esas otras narrativas a través de lo que significa la construcción de la paz. A nosotras eso siempre nos interesó y con el tema de la campaña nos sigue interesando: acercar estos temas que parecen tan abstractos. No hay mejor ejemplo que las mismas vivencias y experiencias de las mujeres que quisieron compartir, que se aventuraron a enviarlo a la convocatoria”.

Escogimos algunas partes de tres relatos que aparecen en el libro.

Poesía a la vida, por Noelia Paz, de la Asociación de Mujeres de la Cuenca del Río Jiguamiandó (Asomujigua)

“El desplace fue tristeza

para muchos fue alegría…

Para los que no lo vivieron,

no saben lo que es la vida.

Antes del desplazamiento

vivíamos con dignidades, por eso es que hoy queremos

que nos dejen trabajar.

Mi nombre es Noelia Paz

ya con esto me despido

y es por esto que hoy les pido

que se acuerden de este río”.

ASMUPERIJÁ (Asociación de Mujeres Cafeteras de la Serranía del Perijá)

Después de 12 años del desplazamiento regresamos a Conejo a ver qué podíamos recuperar de lo que habíamos dejado abandonado desde el 5 de julio del año 2000 cuando a las 5 de la mañana aparece un grupo armado con personas vestidas con prendas militares tocando las puertas de nuestras casas e invitando a una reunión en la plaza del pueblo.

Todo el pueblo muy atemorizado fue a ver de qué se trataba. Cuando estábamos allá vimos personas encapuchadas y sentíamos mucho miedo. Después de 4 horas parados y con el sol caliente nos mandaron a dar media vuelta y fue su donde sacaron a siete personas para matarlas. Desde ese momento fue muy triste para nosotras porque tuvimos que irnos y dejar toda la vida que nuestros padres con tanto trabajo nos habían dado. Desde ahí comenzaron nuestros traumas y dificultades.

En el año 2013 regresamos a Conejo cansadas de pasar necesidades en la ciudad, sin tener ni una casa donde vivir. El 17 de mayo del 2013 llegó un funcionario de la Federación Nacional de Cafeteros y nos invitó a una reunión a la que asistimos alrededor de 20 mujeres. En ella nos propusieron recuperar las parcelas y los cafetales. Fueron 6 meses en eso. En septiembre del mismo año nos legalizamos como Asociación de Mujeres Cafeteras de la Serranía del Perijá (ASMUPERIJÁ) y ahí comenzó nuestro proyecto de vida.

Esta es una asociación sin ánimo de lucro donde hoy en día contamos con la maquinaria necesaria para la transformación de nuestro producto el Café Dorado del Perijá, un café con sabor a paz, un producto Por: Integrantes de la ASMUPERIJÁ. 100% natural cultivado en las montañas de la Serranía del Perijá por madres cabeza de hogar, víctimas del conflicto armado. Ahora, después de tener los cultivos recuperados, contamos con registro INVIMA, código de barra y una muy buena presentación del producto. Estamos buscando nichos de mercado para poder venderlo.

Mayor información sobre el Café Dorado del Perijá contactarnos en el correo: maye210674@hotmail.com

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La vida no ha sido fácil

Por: M.V.

Tuve la dicha de tener unos excelentes padres. A ellos toda mi gratitud y admiración porque me formaron con valores y principios de los cuales me siento orgullosa. Desde los ocho años empecé a estudiar, tenía muchos sueños por realizar, pero como en casi todos los hogares de los campesinos pobres de Colombia, por la escasez de recursos no pueden brindar un bienestar social a sus hijos, por lo tanto, esos sueños empiezan a truncarse.

Todos los padres desearían brindarles a sus hijos una mejor educación, pero como mis padres eran de extracción campesina no tenían entradas económicas suficientes para brindarnos apoyo para estudiar. Mi padre, jornaleando de sol a sol, logró conseguir por lo menos dónde vivir para que pudiéramos tener un lugar propio sin temor de que nos desocuparan. Los padres por sus hijos han hecho lo imposible.

Mi padre me sacó del colegio a los doce años porque sus condiciones económicas no eran las mejores, él decía que por lo menos aprendiéramos a leer. Yo no tenía la capacidad de entenderlo, pero había que respetar las decisiones de nuestros padres, y yo, ya sabía leer.

Pasados dos años sin tomar un cuaderno o un lápiz, me di cuenta de que lo que había aprendido en la escuelita de la vereda ya se me estaba olvidando, sentí una gran preocupación porque soñaba con estudiar y convertirme en una profesional y tener la posibilidad de que mi vida cambiara. Pedí a mi padre que me permitiera estudiar y me lo concedió, seguí estudiando y terminé toda mi primaria a la edad de 16. Tenía aspiraciones de seguir estudiando. Empecé a buscar trabajo y así poderme ayudar y costearme los estudios, pero no fue así. No conseguí empleo, era menor de edad y no es permitido según la ley, que un menor trabaje.

Veía que mis padres se esforzaban demasiado. La situación no era fácil para mi padre. Él tenía que educar a mis otros hermanitos y asumir los gastos de toda una familia de siete hijos. No tenía opción. Me tocaría esperar a cumplir los 18 años para poder ser empleada, o conseguirme un novio e irme con él a hacer una nueva vida, como le sucede a la mayoría de las hijas de los campesinos que no tienen la posibilidad de tener una buena educación. Una vez más veía mis sueños lejos de la realidad. Así que tome la decisión del ingresar a las FARC–EP. Hablé con mis padres y les dije que me iba para la guerrilla, lo cual molestó mucho a mi madre, mi padre me respaldó.

—Tú puedes decidir que te conviene y que no —me dijo, y me fui a la guerrilla.

Empecé a recorrer el camino por la vida. No es fácil estar lejos de la familia, pero con el tiempo uno se adapta. No voy a hablar de cómo fue mi vida en la guerrilla porque tendría que escribir muchas páginas y de eso saldrían muchos tomos, pero aprendí con el trasegar de mis años muchas cosas que me sirvieron para formarme y tener un nivel de preparación, que aunque no es está certificado 100% por una institución de educación formal, si está certificado por la exguerrilla, que es sin duda, una gran universidad de la vida, y ese paso que di hacía la insurgencia me convirtió en una mujer con la capacidad de comprender y analizar muchas cosas, pero no todo ha sido fácil.

Estando en la guerrilla perdí a mi padre por una mala información que le dieron. Él tenía una enfermedad en el corazón y se enteró de una noticia que informaba que yo había muerto en un combate. La información lo agravó y eso le ocasionó un paro cardo respiratorio y murió. Él partió haciéndome muerta, eso es algo que aún no supero. Sentí lo que es perder un ser querido y no poder ir a darle el último adiós. No podía ir a despedirlo por mi condición de guerrillera, era perseguida por el Estado y el corregimiento estaba lleno de paramilitares. Lo más probable era, que si llegaba me matarían y prefería evitarle otro dolor a mi familia, debido a que en el sepelio me esperaban para darme captura o matarme. Ese fue el motivo por el cual no pude acompañar a mi padre, ese gran hombre que admiro y que extraño todos los días de mi vida.

Entre las experiencias bonitas que tengo para contar de mi vida en la guerrilla fue la de la gran posibilidad de ser madre. Ese hijo que tengo es mi motorcito para seguir adelante en la lucha por mis sueños. Ahora que estamos en este proceso de reincorporación que se dio tras la firma del Acuerdo de Paz, tuve la posibilidad de reencontrarme con él. Hoy en día está conmigo y quiero brindarle todo lo que esté dentro de mi alcance.

No es fácil tener que empezar de cero sin un lugar propio donde vivir. Me reencontré con mi familia, lo cual ha sido muy bonito después de más de dos décadas sin verlos. Ha sido muy bonito poderlos volver a ver. Estamos esperando que lleguen los proyectos para las personas reincorporadas.

Hay algo que debo mencionar y que no puedo omitir. Los excombatientes vivimos en una incertidumbre constante y esto se debe porque no todo lo firmado se está cumpliendo. Nos están asesinando y hay una persecución sistemática. A pesar de eso seguimos comprometidos con la paz.

Actualmente estoy estudiando y aunque me gradúe, seguiré esforzándome para salir adelante por mis sueños. Quiero ser una mujer con un empleo digno para poder educar a mi hijo y que no le haga falta nada. Quiero un futuro diferente para él. Deseo que mis padres se sientan orgullosos de mí.

Con la firma del Acuerdo de Paz muchas madres están agradecidas por volver a ver sus hijos, por lo que quiero decirle a mi madre: gracias por soportar tantos años de angustia sin saber de mí, porque fueron muchas las lágrimas derramadas sin saber qué sería de su hija. Aquí estoy, nuevamente feliz de verla. A mi padre que, aunque no está conmigo físicamente, todos los días me acompaña en cada paso que doy. Su ejemplo lo mantengo vivo dentro de mí. De ellos aprendí la lealtad, la sencillez, la nobleza y muchos otros valores.

Ahora, desde las estribaciones de la Serranía del Perijá me asemejo al Cardón Guajiro, que canta el gran poeta Leandro Díaz, que no lo marchita el sol y que no tiene su tiempo perdido.

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